Nuestros hijos los brujos

el . Publicado en Bailando con lobos

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HABÍA una vez un niño de cuatro años, absolutamente normal, que veía y hablaba con alguien a quien los demás no alcanzaban a ver ni oír.

Sentado en el suelo, frente a un sillón vacío, parecía entablar divertidas conversaciones con la nada.

El personaje quizá inexistente debía conocer muchos chistes, y sin duda tenía mucha gracia para contarlos, ya que el pequeño se desmadejaba de la risa. Y, como siempre que un niño se ríe sin motivo aparente, los envidiosos mayores empezaron a preocuparse por lo que tomaron como una recurrente fantasía. Y lo llevaron a una psicóloga.

No se trata de un cuento para niños, sino de un hecho misterioso, pero verdadero, cuya moraleja encierra una lección de humildad para los mayores:

El padre, la madre y la abuela paterna del niño se presentaron con el pequeño en el despacho que la psicóloga Irene María Bueno tiene en la plaza de San Francisco de Zaragoza.

La psicóloga le pidió al niño que describiese al personaje con quien hablaba.

- "Es muy mayor -dijo-, tiene una pipa apagada en la boca y está vestido con una bata de cuadros azules. Siempre está sentado en el sillón con unas zapatillas rojas que parecen de lana".

Al oírlo, la abuela se quedó de piedra. Nadie hasta entonces había hablado al pequeño de su abuelo, muerto muchos años atrás, ni existía en la casa ninguna fotografía suya. Pero el niño lo estaba describiendo con impresionante exactitud. En un aparte, la abuela informó de ello a la psicóloga, e Irene María Bueno decidió que sería muy interesante continuar el interrogatorio en el lugar de los hechos.

 

Las escrituras perdidas

Fue mucho más que interesante; cuando llegaron a la casa, el niño volvió a sentarse frente al sillón vacío y entabló una nueva conversación con el personaje que los mayores habían creído identificar; la abuela, entonces, pidió al pequeño que preguntase a su amigo sobre el paradero de las escrituras perdidas de una finca que la familia poseía en Calatayud (el abuelo se había llevado ese secreto a la tumba) y de la que no podían tomar posesión legal por falta de esos documentos;

- "Me dice que están en el doble fondo del baúl que sabe mi abuela", contestó el niño.

Lo que la abuela no sabía era que aquel viejo baúl tuviera doble fondo. Las anheladas escrituras aparecieron, gracias al "amigo invisibles del niño, quien después de este episodio no volvió a entablar conversaciones con nadie que sus mayores no pudieran ver, oír y tocar.

Irene María Bueno tuvo una curiosidad, y después de que el niño hablara posó su mano sobre el sillón vacío; me asegura que "estaba tibio". Estuviera tibio o no, lo cierto es que casos como el descrito son mucho más abundantes de lo que se supone, y abren fantásticas interrogantes sobre las ignoradas capacidades psíquicas de los niños.

¿Qué son en realidad estos pequeños taumaturgos, o a qué mundos inimaginables están conectados, qué benéficos "poderes" pueden llegar a ejercer sobre la materia y sobre nosotros mismos, o por qué son capaces de ver o prever cosas de las que los mayores no tenemos ni la menor idea. Pero también cómo debemos tratar a nuestros hijos (absolutamente todos, en mayor o menor grado, poseen facultades extrasensoriales) para que esa conexión con el lado mágico de la vida pueda constituir un elemento creativo más en su desarrollo, y no un trauma que deje hondas secuelas cuando se conviertan en adultos: un motivo de gozo y no de culpa.

Tenemos mucho que enseñar a los niños, pero es mucho más lo que podemos aprender de ellos. Por ejemplo, que no existe una realidad, sino tantas realidades como formas de verla; y que el simple hecho de desearlo intensamente puede modificar esa realidad en nuestro provecho.

Cuando nos hacemos mayores, nuestros juicios sobre la realidad se han solidificado, y por eso nos parece que cada vez somos menos capaces de transformarla. Pero en la mente de un niño todavía no hay prejuicios, de manera que sus deseos cambian las cosas de una manera natural y directa que a nosotros nos parece maravillosa.

 

El misterio de las cometas

Las tonalidades amarillas de las hojas son infinitas en esta tarde otoñal de Washington.

Por encima de los árboles que rodean al monumento al general Washington sobrevuelan decenas de cometas multicolores que fascinan a Tatiana, una niña de dos años.

Tatiana corre de un lado a otro del parque persiguiéndolas a carcajadas de puro gozo. Se fija de pronto en una cometa determinada, e interrumpe bruscamente su carrera...

El asombro paraliza a su madre, la periodista María C. Siccardi, porque cada vez que Tatiana se queda quieta, la cometa suspende su vuelo y cae al suelo, a pocos metros de donde se encuentra la niña.

Saltando y riendo, Tatiana corre hacia la cometa caída para hacerla volar de nuevo... simplemente mirándola.

- "Cada vez que mi hija ponía su atención en una cometa -afirma la periodista norteamericana-, caía tan cerca de ella que la podía tocar, y mirándola la hacía ascender de nuevo. La sexta o séptima vez que una cometa hizo lo que mi hija deseaba, no hubo ninguna duda, ¡Tatiana hacía caer las cometas!".

El problema era saber cómo lo conseguía. Para María C. Siccardi,

- "Lo único que hacía mi hija era no dejar de pensar en lo que quería. En su cabeza sólo tenía que desear que la cometa cayera, no albergaba dudas de ninguna clase. Creo que esa seguridad absoluta era la causa de que las cometas suspendieran y remontaran el vuelo, según la voluntad de Tatiana".

Muchos padres tendrán anécdotas que contar similares a la de Tatiana; padres normales y corrientes de hijos igualmente normales y corrientes; y muchos otros simplemente no se han dado cuenta de lo que los niños pueden llegar a hacer -ni de hasta qué punto pueden ser valiosas esas capacidades extrasensoriales para establecer relaciones afectivas- porque "apenas tienen tiempo" de estar con sus hijos.

Si empezamos a prestar más atención a nuestros niños, nos darán ejemplos del increíble poder mágico de que disponen, y del que nosotros también podríamos disponer si fuéramos capaces de contemplar el mundo desde una perspectiva distinta a la que nos han enseñado.

Son los niños quienes marcan el compás de la magia y quienes nos dirigen por senderos maravillosos.  

Isabelita García Peláez, una niña vallisoletana de tres años, está muy triste en la guardería infantil donde semanas atrás la han ingresado sus padres; hace media hora que solloza sin parar y la profesora le pregunta el motivo. La explicación que da la niña es que el pez de colores que hay en clase le ha dicho que estaba muy cansado y que iba a morir. La profesora hace lo que puede para convencerla de que el pez es muy feliz nadando en la pecera, como todos los días. Pero a la mañana siguiente encuentran al pez muerto, tal y como la niña había profetizado.  

¿Por qué no podemos hacer caer a nuestros pies las cometas, hablar con los peces o realizar nuestros deseos? Porque siempre hemos pensado que estos hechos no son posibles.

Algunos de nosotros empezamos a creer que podríamos hacer esos mismos "milagros" que los niños realizan de una forma natural y espontánea, pero estas nuevas afirmaciones no van a cambiar tan fácilmente las creencias para las que ha sido programado nuestro subconsciente.

Los niños nos llevan una ventaja: todavía no están suficientemente culturizados.

Vivimos en una sociedad donde lo que se premia es la razón, y eso nos obliga a dejar de lado ciertas herramientas psíquicas que no son de la razón, pero sí igualmente útiles para enfrentarse a los problemas de la vida.

Los niños de nuestra cultura, como los adultos de otras culturas, están más cerca de la naturaleza que nosotros, y la naturaleza no es de ningún modo "razonable". No, al menos, cuando toma cuerpo en aquellos "niños prodigio" de las artes psíquicas que, dotados de poderes extrasensoriales fuera de lo común, confirman por exceso la sospecha de que mundos desconocidos se introducen a veces en el de los sentidos para rompernos todos los esquemas.

- "A los tres o cuatro meses yo levitaba en la cuna", afirma el vidente Octavio Aceves, de 43 años, rememorando su prodigiosa infancia. - "Seguramente me molestaban sus barrotes de madera, y ese era el simple motivo de mis levitaciones. Yo no recuerdo ese episodio, que me contó mi madre, pero sí que a los cuatro años rompía jarrones a distancia para llamar la atención de mi tía, y que hacía girar los cuadros delante de las narices de la asistenta, sin tocarlos, para asustarla".

Siendo un poco más mayor, Aceves asegura haber realizado hazañas psíquicas más productivas; por ejemplo, "introducirse" en la mente de un compañero para copiar las respuestas en los exámenes, sin necesidad de estudiar.

Pero todo ello no le hizo feliz, - "Al contrario, me complicó la vida y me fastidió bastante, ya que me tocó vivir la infancia en una época en la que el mundo de la paranormalidad no estaba aceptado".

El de Octavio Aceves es un caso extraordinario; si su hijo manifiesta poseer facultades extrasensoriales, no espere que de la noche a la mañana se ponga a levitar, a copiar exámenes en cabeza ajena o a romper con la mirada valiosos jarrones.

Más adelante veremos qué otras cosas mucho más positivas cabe esperar de ellos.

 

Lazos asombrosos

Por otra parte, y afortunadamente, el grado de tolerancia de la sociedad es hoy mucho mayor que hace tres o cuatro décadas, cuando la paranormalidad infantil era rechazada por prejuicios religiosos y culturales.

Ahora no solamente crece el número de personas que acepta la realidad natural de estas facultades en los niños, sino que existen grupos de investigación que se valen de ellas para fines prácticos.

Tal es el caso del instituto zaragozano Delta, dirigido por la ya mencionada psicóloga Irene María Bueno, donde se cuenta con los lazos telepáticos que se establecen entre la madre y el feto para lograr, entre otras cosas, que los partos se desarrollen con toda felicidad cuando se presentan casos difíciles. Y ocurren allí cosas asombrosas. Como la experimentada por la propia Irene María Bueno durante su primer embarazo.

- "Mi hijo y yo -relata a Año Cero- nos comunicábamos mentalmente una determinada hora al día antes de que naciera. Después de realizar determinados ejercicios de relajación mental, el hemisferio derecho de mi cerebro comenzaba a emitir ondas alfa que yo dirigía telepáticamente a mi pequeño, transmitiéndole de esta forma una serie de mensajes emocionales positivos. La verdad es que no estaba muy segura de que el feto los recibiera; pero un día del cuarto mes en que ciertas obligaciones me impidieron transmitir el mensaje, mi hijo comenzó a producir violentas contracciones, exactamente a la hora en que de ordinario se producía la comunicación; el mismo hecho se repetía invariablemente cada vez que yo faltaba a mi cita telepática, como si el niño me diera a entender que las estaba necesitando".

De esta forma, según la señora Bueno, se producen lazos psíquicos indisolubles entre madre e hijo, a la vez que se favorece el hecho de que el niño, cuando nazca, "esté mucho más despierto, tanto a las realidades del mundo de los sentidos como a las realidades extrasensoriales".

Su hijo, efectivamente, nació más que despierto. No habla cumplido aún los tres años cuando una madrugada se despertó mucho antes del amanecer, despertó a su madre y fue corriendo hacia la puerta de la casa mientras gritaba

- "¡Llega papá!".

Su madre lo volvió a meter en la cama pensando que había sufrido una pesadilla, dado que el padre se encontraba desde hacía tiempo en Indochina y no había dado noticia alguna de su regreso. Pero unas horas después llegó.

- "Nos dimos cuenta -asegura Irene María Bueno- de que la visión de mi hijo coincidió con el momento en que su padre estaba sobrevolando Europa".  

Dos alumnas de los cursillos de transmisión mental de esta psicóloga, Ana María Trasovares, de 28 años, y la médica María Teresa Álvarez, de 38, también han vivido experiencias similares de comunicación telepática con sus hijos respectivos, Daniel, de cuatro meses, y Paula, de tres años, antes y después de que nacieran.

Durante el embarazo, Ana María Trasovares transmitía a su hijo imágenes telepáticas de carácter religioso, y apenas unos días después de nacer, "el niño comenzó a juntar sus manitas como si estuviera rezando".

-Si alguna vez se le cae el chupete estando yo en otra habitación y le oigo llorar -añade Ana María-, me basta con pedirle telepáticamente que no llore para que se calle de inmediato y se quede tranquilo.

Es más que probable que el niño disponga de acusadas capacidades extrasensoriales desde el momento mismo de nacer, especialmente si la madre ha establecido una relación telepática con él mientras se estaba gestando.

Durante sus ejercicios de transmisión mental previos al nacimiento, Ana María había visualizado repetidamente los colores blanco y azul, con el objeto de transmitir al feto sensaciones de serenidad y placidez que, al parecer, están asociadas con dichos colores. De entre los muchos que se le ofrecieron, el primer objeto que el pequeño Daniel cogió en su vida fue un sonajero blanco y azul.

Lucrecia Pérsico, redactora de Año Cero, tuvo una curiosa experiencia con su primer hijo, Martín, tres días después de que naciera:

-Descubrí que cuando le "hablaba" internamente, mi hijo hacía una mueca muy particular que se podía tomar como una sonrisa. Se supone que a esa edad los bebés no sonríen, pero puedo constatar que mi hijo sí lo hacia. A la gente que venia a visitarme les decía "¿Queréis verle sonreír?". Entonces me comunicaba telepáticamente con Martín y el niño respondía invariablemente con una sonrisa.

 

Hallazgos e investigaciones

La investigación científica en este fascinante terreno apenas ha hecho otra cosa que comenzar, por más que en China, hace casi cuatro mil años, se creara la primera clínica prenatal dedicada a la educación de los fetos, clínica que ya había establecido "lecciones" de transmisión telepática.

El doctor Dominick Púrpura, director de la revista médica estadounidense Brain Research, sitúa el comienzo de la conciencia entre las semanas veintiocho y treinta y dos del embarazo.

Señala que, en ese momento, los circuitos neuronales del cerebro están tan desarrollados como en un recién nacido. Aproximadamente en la misma época, la corteza cerebral madura lo suficiente como para sustentar la conciencia.

Algunos investigadores sostienen que el niño puede recordar a partir del sexto mes.

El doctor norteamericano J. H. Muzil, un investigador del sueño, considera que el feto "puede sintonizar con los pensamientos o sueños de su madre, de modo que los sueños de ella se convierten en los suyos".

Por su parte, el doctor Tom Verny, un psiquiatra de Toronto (Canadá), mantiene en su célebre libro, "La vida secreta del niño antes de nacer", que los sentimientos y pensamientos de las madres embarazadas "afectan directamente al feto por medio de un fenómeno desconocido que no puede ser explicado en términos de comunicaciones psicológicas y conductistas".

Ese "fenómeno desconocido", que se prolonga durante toda la infancia y al parecer desaparece con la pubertad, tiene muchas vertientes que ya han comenzado a estudiarse.

La parapsicóloga norteamericana Louise Rhine, que ha analizado centenares de casos de percepción extrasensorial en niños, cree que esta capacidad es más activa entre los tres y los cuatro años de edad.

En su libro Telepatía entre padres e hijos, el psiquiatra Berthold Schwarz, de Nueva Jersey, aporta muchos ejemplos de telepatía en niños de esa edad.

Otro investigador norteamericano, Ingo Swann, cree que si los niños poseen facultades extrasensoriales mucho más desarrolladas que los adultos, ello se debe a que estamos programados para reprimir nuestras reacciones parapsicológicas a través de la atmósfera racional y pragmática en que nos educamos.

"El mundo extrasensorial de los niños -escribe Swann en su autobiografía- no casa bien con los parámetros celosamente defendidos que rigen la vida social y respetable de los adultos. A nadie le importan las percepciones psíquicas de los niños, sólo el que crezcan en medio de unos condicionamientos y respeto adecuados. Cualquier cosa extraordinaria en que se vea implicado un niño se atribuirá a su viva imaginación o fantasía. Lentamente, de modo contumaz, reprimido por los padres, profesores, religiosos y finalmente por el propio tejido social, el niño es integrado en el sistema. Nadie sabe a lo que podría llegar un ser humano libre de todo condicionamiento y aprendizaje... Uno debe degradar su conciencia psíquica natural de modo considerable para participar en la vida y en la sociedad, tal y como está estructurado en este planeta".

No hay mejores consejeros que nuestros hijos, los brujos, podrían ayudarnos a comprender hasta qué punto es la sociedad, y no nosotros mismos, la que piensa a través de nuestro cerebro.

También podrían ser nuestros mejores consejeros, porque son capaces de atravesar con naturalidad el espejo de Alicia y traernos del otro lado evidencias que nuestra "razón" de adultos jamás alcanzaría.

Su mundo es un lugar de magia donde casi todo es posible.

No son monstruos ni seres anormales, pero señalan el camino del paraíso a quienes logran parecerse a ellos.

¿Cuáles son las claves de esa magia? ¿Qué maravilloso mensaje nos ofrecen? Descúbralo usted mismo, sencillamente prestándole a su hijo un poco más de atención: le aseguro que jamás tocará su mágica flauta por casualidad.

José León Cano - (Artículo originalmente aparecido en el núm 12 de Año / Cero)

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