Salía a la calle, iba por el monte, descendía el valle, entraba en las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. Un día, Francisco se ausento. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, torno a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña. Otra vez sintiose el temor, la alarma entre los vecinos y entre los pastores; colmaba de espanto los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio treguas a su furor jamás, como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás.


Estadísticas en un mundo de 100 personas

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Todo se ve mucho más claro si reducimos los habitantes de este planeta a la cantidad de cien personas, en vez de perdernos entre millones de ellos.

Imaginemos un planeta donde sólo existieran 100 personas. En un mundo así, dos niños nuevos nacerían cada día, y una persona moriría. Datos como estos son los que encontrarás en estos dibujos.

Espero que este artículo sirva para despertar conciencias, aunque lo dudo.

Sentir la vida

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Por Jacopo Fo

Os habrá sucedido que os despertáis por la mañana con una sensación dulcísima. De inmediato pensamos que este bienestar responde a un sueño hermosísimo. Tratamos de recordarlo y prolongar este placer, pero no lo logramos. Por muy hábiles que seáis en recuperar el recuerdo de los sueños, no conseguiréis recordar éste. Simplemente porque no hay ningún sueño. Lo que ha pasado es que por casualidad habéis estado más tiempo de lo habitual suspendidos entre el sueño y la vigilia: aún no despiertos, ya no dormidos.

En este nivel de conciencia, vuestras defensas psicológicas y vuestras costumbres mentales aún no se han activado, y por lo tanto podéis sentir la bendita sensación de vivir, de forma incondicional. Pero de repente, tratando de prolongarla, pensáis que está causada por un sueño, tratáis de aferrar el sueño y esta actividad hace que estropeéis la sensación.

Cuento para Rolf Carlé

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Había una vez una mujer cuyo oficio era contar cuentos.

Iba por todas partes ofreciendo su mercadería, relatos de aventuras, de suspenso, de horror o de lujuria, todo a precio justo.

Un mediodía de agosto se encontraba en el centro de una plaza, cuando vio avanzar hacia ella un hombre soberbio, delgado y duro como un sable. Venía cansado, con un arma en el brazo, cubierto del polvo de lugares distantes y cuando se detuvo, ella notó un olor de tristeza y supo al punto que ese hombre venía de la guerra.

La soledad y la violencia le habían metido esquirlas de hierro en el alma y lo habían privado de la facultad de amarse a sí mismo.

¿Tú eres la que cuenta cuentos?, preguntó el extranjero.

Para servirle, replicó ella.

El hombre feliz

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Por Bertrand Russell

(fragmentos del capítulo XVII de La conquista de la felicidad)

Es evidente que la felicidad depende, en parte, de las circunstancias y, en parte, de uno mismo. En este libro [La conquista de la felicidad] nos hemos ocupado de la parte que depende de uno mismo, y hemos llegado a la conclusión de que la receta para la felicidad es muy sencilla. Muchos creen, y entre ellos mister Krutch, de quien he hablado en un capítulo anterior, que es imposible la felicidad sin un credo más o menos religioso. Muchos que son desgraciados creen que su infortunio es de raíces complicadas y muy intelectuales. Yo no creo que sean éstas las causas de la felicidad ni de la desgracia; creo que no son más que síntomas. El hombre desgraciado tiende a adoptar un credo desgraciado y el hombre feliz un credo feliz: cada uno atribuye su felicidad o su desgracia a sus ideas, cuando ocurre todo lo contrario. (…) Cuando las circunstancias exteriores no son definitivamente adversas, el hombre debería ser feliz siempre que sus pasiones se dirijan hacia afuera, no hacia dentro. Nuestro esfuerzo debiera, pues, tender, tanto en la educación como en las relaciones sociales, a evitar las pasiones egocéntricas y la adquisición de afectos e intereses que impidan a nuestro pensamiento encerrarse perpetuamente dentro de sí mismo. Los hombres no son felices en una prisión, y las pasiones encerradas dentro de nosotros mismos constituyen la peor de las prisiones. (…)

De los placeres de cagar

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De los placeres sin pecar, el más dulce es el cagar,
con un periódico extendido, y un cigarrillo encendido
queda el culo complacido, y la mierda en su lugar.
Cagar es un placer; de cagar nadie se escapa:
caga el rey, caga el Papa, caga el buey, caga la vaca
y hasta la señorita mas guapa, hace sus bolitas de caca.
Viene el perro y lo huele, viene el gato y lo tapa.
Total, en este mundo de caca, de cagar nadie se escapa.
Qué triste es amar sin ser amado, pero más triste es cagar
sin haber almorzado. Hay cacas blancas por hepatitis,
las hay blandas por gastritis, cualquiera que sea la causa
que siempre te alcanza, aprieta las piernas duro
que cuando el trozo es seguro, aunque esté bien fruncido el culo,
será, por lo menos, pedo seguro.

Gracias y desgracias del ojo del culo

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Por Francisco de Quevedo y Villegas.

Gracias y desgracias del ojo del culo, dirigidas a Doña Juana Mucha, Montón de Carne, Mujer gorda por arrobas.

Escribiólas Juan Lamas, el del camisón cagado

Quien tanto se precia de servidor de vuesa merced, ¿qué le podrá ofrecer sino cosas del culo? Aunque vuesa merced le tiene tal, que nos lo puede prestar a todos. Si este tratado le pareciere de entretenimiento, léale y pásele muy despacio y a raíz del paladar. Si le pareciere sucio, límpiese con él, y béseme muy apretadamente. De mi celda. etc.

No quiero quejicas a mi lao

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Debiera enseñarse a los niños el arte de ser feliz. No el arte de ser feliz cuando os cae encima la desgracia -eso lo dejo a los estoicos- sino el arte de ser feliz cuando las circunstancias son pasables y toda la amargura de la vida se reduce a pequeñas dificultades y pequeñas indisposiciones.

La primera regla sería ésta: no hablar nunca a los demás de nuestros problemas, presentes o pasados. Debiera considerarse como una falta de educación describir a los demás un dolor de cabeza, una náusea, un ardor de estómago, un cólico, aunque fuera con términos escogidos.

Y otro tanto con las injusticias y los desengaños. Habría que explicar a los niños y a los jóvenes, y también a los adultos, algo que me parece suelen olvidar: que las lamentaciones sólo pueden entristecer a los demás, es decir, disgustarles, incluso si son ellos quienes buscan esas confidencias, incluso si parecen complacerse ofreciendo consuelo. Porque la tristeza es como un veneno: puede gustarnos pero no sentarnos bien, y lo que termina imponiéndose es el sentimiento más profundo.

El agobiante reloj de cuarzo

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¿Os habéis preguntado alguna vez por qué la moda de los relojes digitales, en los que las cifras aparecen directamente en la esfera, no ha cuajado? No sólo porque esas cifras son feas, sino porque son agobiantes.

Los relojes, que se llevan desde hace trescientos años, jamás fueron tan amenazadores. Las agujas hacen girar el tiempo en la esfera lo mismo que un domador hace girar a su caballo sujeto por la soga. En esta circunstancia de los minutos y de las horas, la duración da la impresión de repetirse, como si fuera inmutable.

Los primeros relojes de cifras, luminosas o no, aparecieron en la década de los años sesenta. Marcaban las horas y los minutos en planos fijos, lo mismo que los relojes de aeropuerto. No hay más cambio que el puntual de la última de las cuatro cifras una vez por minuto. El tiempo da la impresión de cambiar menos que en una esfera redonda.

Los gansos

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La próxima temporada, cuando veas los gansos inmigrar dirigiéndose hacia un lugar más calido, para pasar el invierno, fíjate que vuelan en forma de V, de V corta.

Tal vez te interesa saber por que lo hacen de esa forma, lo hacen por que al batir sus alas, cada pájaro produce un movimiento en el aire que ayuda al pájaro que va detrás de él, volando en V, la bandada de gansos, aumenta un 71% más su poder de vuelvo, en comparación de un pájaro que vuela sólo.

Las personas que comparten una dirección en común, y tienen un sentido de comunidad pueden llegar a cumplir sus objetivos más fácil y rápidamente, por que ayudándonos entre nosotros, los logros son mejores.

La ventana

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Por Francesc Miralles

Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba.

Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus esposas y sus familias, de sus hogares, del trabajo, de su estancia en el servicio militar, de los lugares donde habían estado de vacaciones. Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde ella.

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