Salía a la calle, iba por el monte, descendía el valle, entraba en las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. Un día, Francisco se ausento. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, torno a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña. Otra vez sintiose el temor, la alarma entre los vecinos y entre los pastores; colmaba de espanto los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio treguas a su furor jamás, como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás.


Odio

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Cuenta la historia del mundo, que un terrible día en el que el Odio (rey de los malos sentimientos, los defectos y las malas virtudes), convocó una reunión urgente a todos ellos. Todos los sentimientos negros del mundo y los deseos más perversos del corazón humano, llegaron a esta reunión con curiosidad de saber cual era el propósito. Cuando estuvieron todos, habló el Odio y dijo: "los he reunido aquí a todos, porque deseo con todas mis fuerzas matar a alguien".

Los asistentes no se extrañaron demasiado, pues era el Odio el que estaba hablando y siempre quería desquitarse de alguien. Sin embargo, todos se preguntaban entre sí quien sería tan difícil de asesinar, para que el Odio los necesitara a todos.

"Quiero que maten al amor", dijo. Muchos sonrieron malévolamente, pues más de uno le tenía ganas.

La elección en el amor

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Fragmento

Al hombre (…) le «gustan» casi todas las mujeres que pasan cerca de él. Esto permite destacar más el carácter de profunda elección que posee el amor. Basta para ello con no confundir el gusto y el amor. La buena moza transeúnte produce una irritación en la periferia de la sensibilidad varonil, mucho más impresionable -sea dicho en su honor- que la de la mujer. Esta irritación provoca automáticamente un primer movimiento de ir hacia ella. Tan automática, tan mecánica es esta reacción, que ni siquiera la Iglesia se atreve a considerarla como figura de pecado. La Iglesia ha sido en otro tiempo excelente psicóloga y es una pena que se haya quedado retrasada en los dos últimos siglos. Ello es que, clarividente, reconocía la inocencia de todos los «primeros movimientos». Así, este de sentirse el varón atraído, arrastrado hacia la mujer que taconea delante de él. Sin ello no habría nada de lo demás -ni lo malo ni lo bueno, ni el vicio ni la virtud-. Sin embargo, la expresión «primer movimiento» no dice todo lo que debiera. Es «primero» porque parte de la periferia misma donde se ha recibido la incitación, sin que en él tome parte lo interno de la persona.

El gran dictador

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Charles Chaplin – [fragmento del discurso final del barbero judío]

Lo siento, pero no quiero ser emperador. No es lo mío. No quiero gobernar o conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todo el mundo -si fuera posible-: a judíos, gentiles, negros, blancos. Todos nosotros queremos ayudarnos mutuamente. Los seres humanos son así. Queremos vivir para la felicidad y no para la miseria ajenas. No queremos odiarnos y despreciarnos mutuamente. En este mundo hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer a todos.

El camino de la vida puede ser libre y bello; pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y a la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella. La maquinaria, que proporciona abundancia, nos ha dejado en la indigencia. Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá.

Las bendiciones del aumento

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Fábulas prohibidas de Félix María Samaniego

Primera bendición: la mujer satisfecha

Reñía una casada a su marido
porque no estaba bien favorecido
por la naturaleza,
y a gritos le decía:

“Fue grande picardía
que con tan chica pieza
pensaras casarte y engañarme,
puesto que no puedes contentarme;
marcha, marcha de casa,
pues tu fortuna escasa
te dio para marido sólo el nombre
y eres en lo demás un pobre hombre”

Mira a lo lejos

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Al melancólico sólo puedo decirle una cosa: “Mira a lo lejos”. El melancólico es, casi siempre, un hombre que lee demasiado. El ojo humano no está hecho para esa distancia; su reposo son los grandes espacios. Cuando miráis las estrellas o el horizonte marino, vuestros ojos están completamente relajados. Si los ojos están relajados, la cabeza está libre, el paso se hace más firme, todo se relaja y suaviza hasta las vísceras. Pero no trates de suavizarte mediante la voluntad; tu voluntad, ejercida sobre ti, aplicada en ti, lo hace todo al revés y acabará por estrangularte. No pienses en ti, mira a lo lejos.

Es cierto que la melancolía es una enfermedad. El médico puede, en ocasiones, adivinar la causa y recetar el remedio. Pero ese remedio lleva de nuevo la atención al cuerpo, y la preocupación que tenemos por seguir un régimen destruye precisamente el efecto. Por eso el médico, si es un hombre sabio, te manda al filósofo. Pero ¿qué te encuentras cuando estás en clase de filosofía? A un hombre que lee demasiado, que piensa miopemente y que está más triste que tú.

Estreddo y Aaccoloo

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Fábula de Esopo

Estaba un zorro llamado aaccoloo caminando por el bosque, tranquilo y feliz como una, cuando de repente una tormenta se avecino y logro causar el miedo y la huida del pobre.

Buscando un hogar donde lo puedan atender, aun con el diluvio presente, encontro una gran cueva donde vivia un puma feroz y violento de nombre estreddo. Sin el saber eso, entro y le pidio de rodillas al puma que lo dejara vivir ahi por un tiempo ya que el no tenia donde ir y con la tormenta se le habia roto una pata. El puma hecho una gran carcajada y lo hecho antes de tentarse a comerselo.

El arte de no dar golpe

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Entre hacer y no hacer, mejor no hacer. Sobre la pereza intrínseca de la materia.

La materia viva tiende a la pereza. Entre hacer y no hacer, mejor no hacer. Hacer no sólo significa gastar una energía muy difícil de ganar, también supone un alto riesgo de ser víctima de las necesidades energéticas ajenas.

Para vivir hay que resolver la pereza inherente a ciertas funciones fundamentales: respirar, comer, beber, procrear, cuidar de uno mismo, cuidar de la prole, aprender… ¿Cómo se consigue tal cosa? ¿Por qué tengo que abandonar mi confortable guarida para salir por ese mundo incierto en busca de comida, bebida, remedios para la salud, o incluso de una pareja a la que convencer de una vida en común? ¿Por qué justamente ahora y no luego? ¿Por qué desvivirnos por unos descendientes en lugar de comérnoslos, lo cual sería, por partida doble, más económico? Un truco para que la materia venza su pereza intrínseca es recurrir al estímulo.

En busca del éxito

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Cómo Tener Éxito – Las 10 reglas de Stephen Downes

Guy Kawasaki la semana pasada escribió un artículo describiendo “diez cosas que deberías aprender este año escolar en el cual los lectores eran aconsejados a aprender a escribir emails en cinco oraciones, a crear presentaciones de PowerPoint, y a sobrevivir reuniones aburridas. Eran, en mi opinión, consejos sobre cómo sostener un negocio hoy en día.

Mi punto de vista es que las personas valen más que eso, que complacer a tu jefe debería ser la menor de tus preocupaciones, y que aprender algo genuinamente significa más que el ser exitoso en un entorno de negocios.

¿Pero Qué Deberías Aprender?

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