Salía a la calle, iba por el monte, descendía el valle, entraba en las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. Un día, Francisco se ausento. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, torno a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña. Otra vez sintiose el temor, la alarma entre los vecinos y entre los pastores; colmaba de espanto los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio treguas a su furor jamás, como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás.


Ante la ley (Franz Kafka)

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Ante las puertas de la ley hay un guardián.

Un campesino se llega hasta este guardián y le pide le permita entrar en la ley, pero el guardián le dice que por ahora no se lo puede permitir.

El hombre reflexiona y entonces pregunta si podría entrar después.

- Es posible —dice el guardián—; pero no ahora.

La puerta de entrada a la ley está abierta como siempre. El guardián se hace un lado. El hombre se agacha para mirar hacia adentro. Cuando el guardián lo advierte se ríe y dice: —Si tanto te atrae intenta estar a pesar de mi prohibición. Soy poderoso, y soy solamente el último de los guardianes, pero ante la puerta da cada una de las sucesivas salas hay guardianes siempre más poderosos; yo mismo no puedo soportar la vista del tercer guardián.

El lobo

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El Lobo nació sereno sin malicia…
sus ojos azules y su piel suave
son como los de cualquier otro animal,
más hermosos, seguramente.

Un dia, el Lobo salió y quiso plantar un árbol, y tres dias después, nació un mundo triste y amargo. Resulta que el diablo cambió aquellas semillas, y el lobo que hizo el bien, fue juzgado por envidias.

Y tumbado sobre lo helado mano sobre mano, muriendo inquieto pero quieto si es posible, en cada noche mágica de calor independiente… bajando al corral a por uvas le culparon de asesino, y tuvo que huir, sol a la espalda, llevando atras la luz, sin gozarla.

El valor de la Confianza

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Es frecuente oir a personas de nuestro entorno exclamar indignadas: “¡Esto me pasa por haber confiado en él ! ¡ Parezco un crío!” consideran que confiar representa debilidad y abre las puertas de par en par a las traiciones, disgustos y engaños. Optan por la desconfianza, por la prudencia, por la reserva considerándose inteligentes. Confiar siempre en todas las situaciones posiblemente no sea muy aconsejable porque la ceguera tampoco es muy recomendable, sin embargo, el que desconfía de los demás quizá nadie le perturbe, nadie le “muerda” pero tampoco nadie le amará, vivirá día a día en un estado continuo de miedo y de sospechas sin llegar a ser libre.

Las sospechas, la desconfianza, las dudas, el miedo generan fuerzas negativas y destructivas que transforman la vida de la persona en una esclavitud continua: ” ¡Cuidado me puede engañar! ¡Seguro que me está mintiendo! ¡Tras esa cara de niño bueno se esconde un tiburón! ¡No ha quedado conmigo y se ha ido con otra!

El mundo en miniatura

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Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes en la actualidad, seria algo como esto:

  • Habría 57 asiáticos, 21 europeos, 14 personas del hemisferio oeste (tanto norte como sur) y 8 africanos
  • 52 serian mujeres
  • 48 hombres
  • 70 no serian blancos
  • 30 serian blancos
  • 70 no cristianos
  • 30 cristianos
  • 89 heterosexuales
  • 11 homosexuales
  • 6 personas poseerían el 59% de la riqueza de toda la aldea y los 6 (si 6 de 6) serian norteamericanos.

La verdad,… ¿es la verdad?.

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El rey había entrado en un estado de honda reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se hacía muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran mejores. Sin poder resolver este último interrogante, pidió que trajeran a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que llevaba años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y ecuánime.

Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.

- Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.

- He oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no gustas de honores ni placeres, que no haces diferencia entre un trozo de oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.

- La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.

- A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?

Chismes en el trabajo

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Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea.

Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias.

El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido!. Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.

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