Murió Dios

el . Publicado en Frases, citas y proverbios

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Por Friedrich Nietzsche

Sinopsis: Selección de textos recopilados, que reúne grandes temas y facetas del filósofo alemán. La antología de textos se divide en tres partes: Educación, cultura y trabajo; Dios, cristianismo, amor al prójimo, creencia; Genio, espíritu libre y superhombre

“Cuatro parejas de hombres no han rechazado mis sacrificios: 
Epicuro y Montaigne, Goethe y Spinoza, Platón y Rousseau, Pascal y Schopenhauer” 
(Nietzsche Miscelánea de opiniones y sentencias, §408).

EDUCACIÓN, CULTURA Y TRABAJO

EL FUTURO DE LAS INSTITUCIONES DE ENSEÑANZA.

Sobre el futuro de nuestras instituciones de enseñanza, primera conferencia:

“Les describiré a continuación las características que he encontrado en estas cuestiones sobre la cultura y la educación, que son hoy invocadas de la manera más viva y más urgente. Me ha parecido necesario distinguir entre dos direcciones primarias. Dos corrientes aparentemente contrarias, paralelamente nefastas en sus efectos, y reunidas finalmente en sus resultados, dominan actualmente nuestras instituciones de enseñanza: por un lado, la tendencia a extender y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a reducir y a debilitar la cultura misma. Por diversas razones, la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible; esto es lo que exige la primera tendencia. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y que se ponga con modestia al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo el Estado.

Creo haber señalado de dónde procede con mayor claridad la exhortación a extender y a difundir lo más posible la cultura. Esa extensión va contenida en los dogmas preferidos de la economía política de nuestro tiempo. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible -y por lo tanto producción y necesidades en la mayor cantidad posible-, felicidad en la mayor cantidad posible; ésa es la fórmula, poco más o menos. En este caso vemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad, o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible. Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como el discernimiento, con el que se mantiene uno <a la altura de nuestro tiempo>, con el que se conocen todos los caminos que permiten enriquecerse del modo más fácil, con el que se dominan todos los medios útiles al comercio entre los hombres y los pueblos. Por eso, el auténtico problema de esta cultura consistirá en educar a cuantos más hombres <corrientes> posibles, en el sentido en el que se llama <corriente> a una moneda. Cuantos más hombres corrientes haya, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas contemporáneas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permita llegar a ser <corriente>, desarrollar a todos los individuos de tal modo que a partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la mayor cantidad posible de felicidad y de ganancia. Todo el mundo deberá estar en condiciones de valorarse con precisión a sí mismo, deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La <unión entre inteligencia y posesión>, defendida por estas ideas, se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, hay que odiar a toda cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y la ganancia, que necesite mucho tiempo; se acostumbra a descartar estas otras tendencias culturales como <egoísmo elitista> o como <epicureísmo inmoral de la cultura>. La moral aquí triunfante exige indudablemente algo opuesto, es decir una cultura rápida, con la que convertirse en un ser que rapidamente gane dinero, y, aun así, una cultura lo suficientemente fundamentada para que pueda llegar a convertirse en un ser que gane incluso muchísimo dinero. No se concede cultura al hombre más que en la proporción que demanda el interés de la ganancia, pero es también en esa misma proporción que la exige él mismo. En resumen, la humanidad tiene necesariamente una pretensión a la felicidad terrenal, para eso es necesaria la cultura, ¡pero sólo para eso!” (Friedrich Nietzsche Ueber die Zukunft unserer Bildungsanstalten, 1. Nietzsche Werke. Kritische Studienausgabe Herausgegeben von Giogio Colli und Mazzimo Montinari in 15 Bänden. Walter de Gruyer. Berlin-New York, 1967. Band 1 (KSAI), S.666-668).

LA EDUCACIÓN DEL HOMBRE COMO FRUTO DE LA FORTUNA.

Humano demasiado humano I, §242 (KSA2):

Educación-milagrosa. El interés por la educación no cobrará toda su fuerza hasta el momento en que se renuncie a creer en un Dios y en su providencia; lo mismo que el arte de curar pudo florecer cuando se dejó de creer en las curaciones milagrosas. Pero hasta ahora todo el mundo sigue creyendo en la educación milagrosa: puesto que se ha visto al mayor desorden, a unos objetivos confusos y a unas circunstancias hostiles, dar nacimiento a los hombres más poderosos y fecundos: ¿Cómo podría entonces ser esto posible con las cosas correctas? Si en adelante, examinamos estos casos más de cerca y los sometemos a un examen más severo: no se descubrirá milagro alguno. Bajo idénticas condiciones numerosos hombres perecen continuamente, mientras que, por el contrario, el único individuo que las supera, logra una superabundancia de energía, al haber soportado esas circunstancias desfavorables gracias a una indomable fuerza innata y al hecho de haber ejercido y acrecentado esa fuerza: ésta es toda la explicación del milagro. Una educación que ya no crea en el milagro tendrá que plantearse tres cuestiones: primera, ¿cuánta energía se hereda?, segunda, ¿cómo se puede llegar a suscitar nuevas energías?, tercera, ¿cómo puede el individuo llegar a adaptarse a las exigencias tan numerosas y diversas de la cultura, sin que éstas turben y destruyan la unidad de su ser?. -En suma, ¿cómo situar al individuo en el contrapunto de la cultura personal y de la vida pública?, ¿cómo podrá ser a un tiempo la melodía y su acompañamiento?”.

CONSECUENCIAS DE NO SABER QUÉ HACER CON EL OCIO.

Humano demasiado humano I, §283:

El grave defecto de los hombres activos. Lo que les falta ordinariamente a los hombres activos es la actividad superior, es decir, la actividad individual. Actúan en calidad de funcionarios, de hombres de negocios, de expertos, es decir, como representantes de una categoría, y no como seres únicos, dotados de una individualidad muy definida; en este aspecto, son perezosos. La desgracia de los hombres activos es que su actividad resulta siempre un tanto irracional. No cabe preguntar al banquero, por ejemplo, el objetivo de su compulsiva actividad, porque está desprovista de razón. Los hombres activos ruedan como lo hace una piedra, según el absurdo de la mecánica. Todos los hombres, tanto de hoy como de cualquier época, se dividen en libres y esclavos; pues quien no dispone para sí de las tres cuartas partes de su jornada, es un esclavo, sea lo que sea: político, comerciante, funcionario o erudito”.

DAR UN SENTIDO A LA EXISTENCIA.

De la utilidad e inconvenientes de la historia para la vida. (Segunda Consideración Intempestiva), 9:

“Pero, pregúntate para qué existes tú, el individuo, y si nadie puede decírtelo trata de justificar el sentido de tu existencia, en cierto modo, a posteriori, fijando una finalidad, una meta, un ‘para esto’, un para esto elevado y noble. Sucumbe realizándolo -yo no sé que exista mejor finalidad de la vida que sucumbir a lo grande e imposible”.

Nachgelassene Fragmente KSA7: UII2, verano-otoño 1873, 29 [54]:

“No nos debería concernir en absoluto la pregunta de por qué el ser humano existe, por qué ‘el ser humano’ existe: ¡pero pregúntate a ti mismo por qué existes tú: y si no encuentras respuesta, entonces construye tus propias metas para ti mismo, elevadas y nobles metas, y sucumbe en el intento de alcanzarlas! No conozco mejor propósito en la vida que el de perecer en el intento de alcanzar algo grande e imposible: animae magna prodigus”.

EL TRABAJO EN GRECIA.

Der griechische Staat. (El estado griego, 1871).

“Los modernos tenemos respecto de los griegos dos prejuicios que son como recursos de consolación de un mundo que ha nacido esclavo y, que por lo mismo, oye la palabra esclavo con angustia: me refiero a esas dos frases la dignidad del hombre y la dignidad del trabajo. Todo se conjura para perpetuar una vida de miseria, esta terrible necesidad nos fuerza a un trabajo aniquilador, que el hombre (o mejor dicho, el intelecto humano), seducido por la Voluntad, considera como algo sagrado. Pero para que el trabajo pudiera ostentar legítimamente este carácter sagrado, sería ante todo necesario que la vida misma, de cuyo sostenimiento es un penoso medio, tuviera alguna mayor dignidad y algún valor más que el que las religiones y las graves filosofías le atribuyen. ¿Y qué hemos de ver nosotros en la necesidad del trabajo de tantos millones de hombres, sino el instinto de conservar la existencia, el mismo instinto omnipotente por el cual algunas plantas raquíticas quieren afianzar sus raíces en un suelo roquizo?

En esta horrible lucha por la existencia sólo sobrenadan aquellos individuos exaltados por la noble quimera de una cultura artística, que les preserva del pesimismo práctico, enemigo de la naturaleza como algo verdaderamente antinatural. En el mundo moderno que, en comparación con el mundo griego, no produce casi sino monstruos y centauros, y en el cual el hombre individual, como aquel extraño compuesto de que nos habla Horacio al empezar su Arte Poética, está hecho de fragmentos incoherentes, comprobamos a veces, en un mismo individuo, el instinto de la lucha por la existencia y la necesidad del arte. De esta amalgama artificial ha nacido la necesidad de justificar y disculpar ante el concepto del arte aquel primer instinto de conservación. Por esto creemos en la dignidad del hombre y en la dignidad del trabajo.

Los griegos no inventaban para su uso estos conceptos alucinatorios; ellos confesaban, con franqueza que hoy nos espantaría, que el trabajo es vergonzoso, y una sabiduría más oculta y más rara, pero viva por doquiera, añadía que el hombre mismo era algo vergonzoso y lamentable, una nada, la sombra de un sueño. El trabajo es una vergüenza porque la existencia no tiene ningún valor en sí: pero si adornamos esta existencia por medio de ilusiones artísticas seductoras, y le conferimos de este modo un valor aparente, aún así podemos repetir nuestra afirmación de que el trabajo es una vergüenza, y por cierto en la seguridad de que el hombre que se esfuerza únicamente por conservar la existencia, no puede ser un artista. En los tiempos modernos, las conceptuaciones generales no han sido establecidas por el hombre artista, sin por el esclavo: y éste, por su propia naturaleza, necesita, para vivir, designar con nombres engañosos todas sus relaciones con la naturaleza. Fantasmas de este género, como dignidad del hombre y la dignidad del trabajo, son engendros miserables de una humanidad esclavizada que se quiere ocultar a si misma su esclavitud. Míseros tiempos en que el esclavo usa de tales conceptos y necesita reflexionar sobre sí mismo y sobre su porvenir. ¡Miserables seductores, vosotros, los que habéis emponzoñado el estado de inocencia del esclavo, con el fruto del árbol de la ciencia! Desde ahora, todos los días resonarán en sus oídos esos pomposos tópicos de la igualdad de todos, o de los derechos fundamentales del hombre, del hombre como tal, o de la dignidad del trabajo, mentiras que no pueden engañar a un entendimiento perspicaz. Y eso se lo diréis a quien no puede comprender a qué altura hay que elevarse para hablar de dignidad, a saber, a esa altura en que el individuo, completamente olvidado de sí mismo y emancipado del servicio de su existencia individual, debe crear y trabajar.

Y aún en este grado de elevación del trabajo, los griegos experimentaban un sentimiento muy parecido al de la vergüenza. Plutarco dice en una de sus obras, con instinto de neto abolengo griego, que ningún joven de familia noble habría sentido el deseo de ser un Fidias al admirar en Pisa el Júpiter de este escultor; ni de ser un Policleto cuando contemplaba la Hera de Argos; ni tampoco habría querido ser un Anacreonte, ni un Filetas, ni un Arquiloco, por mucho que se recrease en sus poesías. La creación artística, como cualquier otro oficio manual, caía para los griegos bajo el concepto poco significado de trabajo. Pero cuando la inspiración artística se manifestaba en el griego, tenía que crear y doblegarse a la necesidad del trabajo. Y así como un padre admira y se recrea en la belleza y en la gracia de sus hijos, pero cuando piensa en el acto de la generación experimenta un sentimiento de vergüenza, igual le sucedía al griego. La gozosa contemplación de lo bello no le engañó nunca sobre su destino, que consideraba como el de cualquiera otra criatura de la naturaleza, como una violenta necesidad, como una lucha por la existencia. Lo que no era otro sentimiento que el que le llevaba a ocultar el acto de la generación como algo vergonzoso, si bien, en el hombre, este acto tenía una finalidad mucho más elevada que los actos de conservación de su existencia individual: este mismo sentimiento era el que velaba el nacimiento de las grandes obras de arte, a pesar de que para ellos estas obras inauguraban una forma más alta de existencia, como por el acto genésico se inaugura una nueva generación. La vergüenza parece, pues, que nace allí donde el hombre se siente mero instrumento de formas o fenómenos infinitamente más grandes que él mismo como individuo.

Y con esto hemos conseguido apoderamos del concepto general dentro del que debemos agrupar los sentimientos que los griegos experimentaban respecto del trabajo y de la esclavitud. Ambos eran para ellos una necesidad vergonzosa ante la cual se sentía rubor, necesidad y oprobio a la vez. En este sentimiento de rubor se ocultaba el reconocimiento inconsciente de que su propio fin necesita de aquellos supuestos, pero que precisamente en esta necesidad estriba el carácter espantoso y de rapiña que ostenta la esfinge de la naturaleza, a quien el arte ha representado con tanta elocuencia en la figura de una virgen. La educación, que ante todo es una verdadera necesidad artística, se basa en una razón espantosa; y esta razón se oculta bajo el sentimiento crepuscular del pudor. Con el fin de que haya un terreno amplio, profundo y fértil para el desarrollo del arte, la inmensa mayoría, al servicio de una minoría y más allá de sus necesidades individuales, ha de someterse como esclava a la necesidad de la vida a sus expensas, por su plus de trabajo, la calase privilegiada ha de ser sustraída a la lucha por la existencia, para que cree y satisfaga un nuevo mundo de necesidades.

Por eso hemos de aceptar como verdadero, aunque suene horriblemente, el hecho de que la esclavitud pertenece a la esencia de una cultura; ésta es una verdad, ciertamente, que no deja ya duda alguna sobre el absoluto valor de la existencia. Es el buitre que roe las entrañas de todos los Prometeos de la cultura. La miseria del hombre que vive en condiciones difíciles debe ser aumentada, para que un pequeño número de hombres olímpicos pueda acometer la creación de un mundo artístico. Aquí esta la fuente de aquella rabia que los comunistas y socialistas, así como sus pálidos descendientes, la blanca raza de los “liberales” de todo tiempo, han alimentado contra todas las artes, pero también contra la Antigüedad clásica. Si realmente la cultura quedase al capricho de un pueblo, si en esta punto no actuasen fuerzas ineludibles que pusieran coto al libre albedrío de los individuos, entonces el menosprecio de la cultura, la apoteosis de los pobres de espíritu, la iconoclasta destrucción de las aspiraciones artísticas sería algo más que la insurrección de las masas oprimidas contra las individualidades amenazadoras; sería el grito de compasión que derribara los muros de la cultura; el anhelo de justicia, de igualdad en el sufrimiento superaría a todos los demás anhelos. De hecho, en varios momentos de la historia un exceso de compasión ha roto todos los diques de la cultura; un iris de misericordia y de paz empieza a lucir con los primeros fulgores del cristianismo, y su mas bello fruto, el Evangelio de San Juan, nace a esta luz. Pero se dan también casos en que, durante largos períodos, el poder de la religión ha petrificado todo un estadio de cultura, cortando con despiadada tijera todos los retoños que querían brotar. Pero no debemos olvidar una cosa: la misma crueldad que encontramos en el fondo de toda cultura, yace también en el fondo de toda religión y en general, en todo poder, que siempre es malvado; y así lo comprendemos claramente cuando vemos que una cultura destroza o destruye, con el grito de libertad, o por lo menos de justicia, el baluarte fortificado de las reivindicaciones religiosas. Lo que en esta terrible constelación de cosas quiere vivir, o mejor, debe vivir, es, en el fondo, un trasunto del entero contraste primordial, del dolor primordial que a nuestros ojos terrestres y mundanos debe aparecer insaciable apetito de la existencia y eterna contradicción en el tiempo, es decir: como devenir. Cada momento devora al anterior, cada nacimiento es la muerte de innumerables seres, engendrar la vida y matar es una misma cosa. Por esto también debemos comparar la cultura con el guerrero victorioso y ávido de sangre que unce a su carro triunfal, como esclavos, a los vencidos, a quienes un poder bienhechor ha cegado hasta el punto de que, casi despedazados por las ruedas del carro, exclaman aún: ¡dignidad del trabajo! ¡Dignidad del hombre!”.

NIETZSCHE PROFESOR EN BASILEA.

Carta a su madre, Basilea, 16 de junio de 1869:

“Déjate contar de nuevo algo de tu hijo, el suizo libre, y por cierto, sólo cosas agradables y alegres, pura «leche y miel virgen», una comparación traída de la mano por nuestro acostumbrado desayuno suizo. Desde luego, es una vida muy distinta la que aquí vivo; nada de aquella disposición soberana, del desprecio del día y de la semana. Más bien echo de ver con toda claridad que toda actividad, incluso la más deseada, cuando es realizada «oficialmente» y «por profesión» constituye una cadena contra la cual nos debatimos a veces impacientemente. Y entonces envidio a mi amigo Rohde, que vaga por la Campagna y por Etruria, libre como un animal del desierto. Lo más pesado para mí, como puedes imaginarte, es la masa terrible de los «respetados» colegas, los cuales, cumpliendo su deber, se esfuerzan en invitarme noche tras noche; de tal suerte que me he hecho ya inventivo en el arte de rechazar invitaciones hábilmente. Por lo demás, la gente me mira con simpatía. Y si había alguno que acogió con disgusto mi llegada aquí, ahora o bien se ha inclinado ante lo inevitable o bien ha sentido desaparecer el fundamento de su disgusto al conocerme más de cerca. De gran importancia en este aspecto ha sido mi lección inaugural, pronunciada por mí con el salón de actos insólitamente lleno y que ha versado «sobre la personalidad de Homero». Con esta lección la gente de aquí ha sido convencida de varias cosas, y gracias a ella mi posición –como veo muy bien- ha quedado asegurada. Mucho más contento estaría si tuviese aquí a mi amigo Rohde, pues es molesto tenerse que procurar de nuevo un consejero y amigo íntimo.

Por lo demás, ya te he señalado como personas con las que merece la pena el trato al profesor Burckhardt, un historiador del arte muy inteligente, así como al profesor de Economía política Schonberg.

De máxima importancia es que tengo en Lucerna al anhelado amigo y vecino, desde luego no lo suficientemente cerca, pero sí a una distancia que permite aprovechar todos los días libres para encontrarnos. Este amigo es Richard Wagner, igual de grande y singular como hombre que como artista. Junto con él y con la genial señora von Bülow, la hija de Liszt, he pasado ya varios días felices, por ejemplo, una vez más, los últimos sábado y domingo. La villa de Wagner, a orillas del lago de los Cuatro Cantones y al pie del Pilatus, en una maravillosa soledad, está, como puedes imaginarte, perfectamente instalada; allí lo pasamos juntos en la conversación más sugestiva, en medio de una familia deliciosa, y completamente al margen de la acostumbrada trivialidad social. Ello es para mí un gran hallazgo”.

UNA CULTURA SUPERIOR REQUIERE UNA INFERIOR.

Humano demasiado humano I, §439:

La cultura y la casta. No puede nacer una cultura superior más que en aquellas sociedades en donde existan dos castas claramente diferenciadas: la de los trabajadores y la de los ociosos, capaces de verdadero ocio; o, con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre. El reparto de la felicidad no es un punto de vista fundamental cuando se trata de crear una cultura superior; pero el hecho es que la casta de los ociosos tiene una mayor capacidad de sufrimiento, que sufre más, que su alegría de vivir es menor y que su tarea es más pesada. Si se produce un intercambio entre las dos castas, de forma que los individuos más obtusos y menos inteligentes de la casta superior sean relegados a la casta inferior, y a su vez los seres más libres de ésta tengan acceso a la otra, se logra un estado más allá del cual no se ve más que el mar abierto de las aspiraciones ilimitadas. -Esto es lo que nos dice la voz agonizante del pasado: pero ¿habrá oídos que la oigan?”.

PEOR QUE EL ESCLAVO EL OBRERO.

Humano demasiado humano I, §457:

Los esclavos y los obreros. Concedemos más valor a la satisfacción de nuestra vanidad que al resto de cosas que constituyen nuestro bienestar (seguridad, puesto de trabajo, placeres de todo tipo), como se evidencia hasta extremos ridículos en el hecho de que todo el mundo (al margen de razones políticas) desee la abolición de la esclavitud y rechace con horror la idea de reducir a alguien a ese estado: pero todo el mundo debiera reconocer que los esclavos llevaban una vida más segura y feliz en todos los aspectos que el obrero moderno, que el trabajo servil era poca cosa en comparación con el del “trabajador”. Se protesta en nombre de la “dignidad humana”, pero lo que se encuentra debajo de este eufemismo es nuestra querida vanidad que nos lleva a considerar que no hay peor suerte que no ser tratado como igual, que ser considerado públicamente inferior. -El cínico piensa de otro modo en este aspecto, porque desprecia el honor -de ahí que Diógenes fuera durante un tiempo esclavo y preceptor doméstico”.

INDEPENDENCIA DEL TRABAJO ESCLAVO.

Humano demasiado humano I, §291:

“La prudencia de los espíritus libres. Los hombres de espíritu libre, que no viven más que para el conocimiento, llegarán pronto a la meta externa de su existencia, a su situación definitiva ante la sociedad y el Estado; se declararán con gusto satisfechos cuando cuenten con un pequeño empleo o con lo suficiente para vivir; pues se las arreglarán para vivir de forma que un gran cambio de las finanzas públicas o incluso una profunda conmoción del orden político, no les arrastre al mismo tiempo a la ruina. Dedican a todas estas cosas la menor energía posible, para sumergirse con todas sus fuerzas reunidas y con todo el aire que quepa en sus pulmones, en el océano del conocimiento. Así pueden esperar descender lo suficiente y quizás incluso ver el fondo. (…). Conoce también los días laborables con su falta de libertad, su dependencia y su servidumbre. Pero necesita de vez en cuando ver llegar un domingo de libertad, ya que en caso contrario no soportará la vida. (…). En su forma de vivir y de pensar hay un heroísmo refinado que desdeña ofrecerse, como hace su hermano más vulgar, a la veneración de las masas, atraviesa el mundo tan silenciosamente como sale de él”.

TRABAJO Y PLACER.

La Gaya Ciencia, §42:

Trabajo y aburrimiento. -Buscar trabajo por el salario -en esto se parecen hoy día casi todos los hombres en los países civilizados; para todos ellos el trabajo es un medio, no el fin en sí mismo; por lo tanto, son poco exigentes en la elección del trabajo, siempre que proporcione buenas ganancias. Hay, empero, hombres excepcionales que prefieren hundirse a trabajar sin experimentar placer en el trabajo: esas personas quisquillosas, difíciles de contentar, a las que no les basta con crecidas ganancias si el trabajo mismo no es la ganancia de todas las ganancias. A este tipo humano excepcional pertenecen los artistas y contemplativos de toda índole, mas también esa gente ociosa que se pasa la vida cazando, viajando, o bien corriendo lances de amor y aventuras. Todos ellos quieren el trabajo y el esfuerzo, siempre que se asocien con placer, e incluso si es necesario el trabajo más rudo y difícil. Faltando esta condición, son de una decidida indolencia, aunque traiga consigo empobrecimiento, oprobio y peligro para la salud y para la vida. Más que al aburrimiento temen al trabajo cumplido sin ganas: hasta han menester mucho aburrimiento para que les salga bien su trabajo. Para el pensador, y todos los espíritus sensibles, el aburrimiento es esa desagradable «calma» del alma que precede al viaje feliz ya los vientos briosos; tiene que soportarla, esperar a que produzca en él su efecto -¡esto es precisamente lo que las naturalezas inferiores no son en absoluto capaces de hacer!. Ahuyentar por cualquier medio el aburrimiento es vulgar: así como es vulgar trabajar sin placer. Lo que eleva acaso a los asiáticos sobre los europeos es el hecho de que son capaces de un reposo más prolongado y profundo; hasta sus narcóticos son de acción más lenta y requieren paciencia, a diferencia del repugnante efecto fulminante del tóxico europeo del alcohol”.

DOS CLASES DE TRABAJO.

Nachgelassene Fragmente 1881-1882, KSA 9.508:

“¡Trabajo de esclavos! ¡Trabajo de libres! El primero es todo trabajo que no ha sido hecho por motivo de nosotros mismos y que no posee en sí ninguna satisfacción. Todavía hay mucho espíritu por descubrir para que a cada uno le resulten satisfactorios sus trabajos”.

LA EDUCACIÓN COMO EJÉRCITO, ESCUELA Y ESTADO.

Humano demasiado humano II. Miscelánea de opiniones y sentencias, §320:

Llevar lechuzas a Atenas. Los gobiernos de los grandes estados tienen en sus manos dos medios para tener al pueblo sometido, para hacerse temer y obedecer: un medio más burdo, el ejército; un medio más sutil, la escuela. Con ayuda del primero ponen de su parte la ambición de las clases superiores y la fuerza de las clases inferiores, al menos en la medida en que estas dos clases, poseen hombres activos y robustos, mediana y mediocremente dotados. Con la ayuda del segundo medio se ganan la pobreza dotada y sobretodo la semipobreza de pretensiones intelectuales de las clases medias. Se crean, ante todo, por los profesores de todas las categorías, una corte intelectual que aspira a “subir”; acumulando obstáculo sobre obstáculo contra la escuela privada o la educación particular que el Estado odia de modo especial, se asegura la disposición de un número muy grande de plazas que se codician, constantemente por un número sin duda cinco veces superior al que sería suficiente, de ojos ávidos y devoradores. Pero estas situaciones no deben alimentar a sus hombres sino muy congruamente; así es como el Estado mantiene en ellos la sed febril del progreso, ligándoles más estrechamente aún a las intenciones gubernamentales. Pues es mejor mantener un descontento benigno, muy preferible a la satisfacción, madre del valor, abuela de la libertad de espíritu y de la presunción. Por medio de este cuerpo docente, material e intelectualmente sujeto por las bridas, se eleva entonces, bien que mal, a toda la juventud del país, a un cierto nivel de instrucción útil al Estado, y graduado según la necesidad; ante todo, se transmite casi imperceptiblemente a los espíritus débiles, a los ambiciosos de toda condición, la idea de que sólo una dirección de vida reconocida y estampillada por el Estado conduce inmediatamente a desempeñar un papel en la sociedad. La creencia en los exámenes de Estado y en los títulos conferidos por el Estado va tan lejos, que, incluso hombres que se han formado de una manera independiente, que se han elevado mediante el comercio o el ejercicio de una profesión, guardan un ápice de amargura en el corazón, mientras su situación no se haya reconocido arriba mediante una investidura oficial, un título o una decoración: hasta que puedan “hacerse notar”. Por último, el Estado, asocia el nombramiento a las mil y mil funciones y plazas retribuidas, que dependen de él, al compromiso de hacerse educar y estampillar por los establecimientos del Estado, pues de otro modo esta puerta les permanecerá cerrada para siempre; honores sociales, pan para sí mismo, posibilidad de una familia, protección de arriba, espíritu de cuerpo en los que han sido educados en común: todo esto forma una red de esperanzas en la que quedan prendidos todos los jovenes; ¿De dónde, pues, podría venir un soplo de desconfianza? Si, a fin de cuentas la obligación para cada uno de ser soldado durante unos años se ha convertido, al cabo de unas generaciones, en un hábito y una condición que se cumple sin reserva, en vista de la cual se arregla de antemano su vida, el Estado puede arriesgar aún el golpe maestro de encadenar, mediante privilegios, la escuela y el ejercicio, la inteligencia, la ambición y la fuerza; es decir, de atraer hacia el ejército a los hombres de aptitudes y de cultura superiores y de inculcarles el espíritu militar de la obediencia voluntaria, lo que tal vez les arrastre a prestar juramento a la bandera, para toda su vida, y a proporcionar, por sus aptitudes, un nuevo esplendor al oficio de las armas. Entonces ya no hará falta más que la ocasión de grandes guerras; y se puede prever que, por su profesión, los diplomáticos envejecerán con toda inocencia, así como los periódicos y la especulación, pues el “pueblo”, cuando es un pueblo de soldados, tiene siempre buena conciencia cuando hace la guerra, y es inútil sugerírsela”.

MAESTROS Y ALUMNOS.

Humano demasiado humano II. Miscelánea de opiniones y sentencias, §357:

Infidelidad, condición de maestría. -Es inevitable: cada maestro no tiene más que un solo alumno- y este alumno le llega a ser infiel, pues está predestinado a la maestría”.

EL PENSADOR NO ES UN EDUCADOR.

Humano demasiado humano II. El viajero y su sombra, §267:

No hay educadores. Como pensador éste no debería hablar más que de la educación de sí mismo. La educación de la juventud dirigida por los demás es o una experiencia emprendida acerca de algo desconocido e incognoscible, o una nivelación por principio, para producir el ser nuevo, cualquiera que éste sea, conforme a las costumbres y a los usos reinantes; en ambos casos se trata de algo que es indigno del pensador, es la obra de los padres y de pedagogos a quienes un hombre leal y audaz llamó nuestros enemigos naturales. Cuando, después de mucho tiempo, hemos sido educados según las opiniones del mundo, acabamos un día por descubrirnos a nosotros mismos: entonces comienza la tarea del pensador; entonces es el momento de pedir su ayuda, no como educador, sino como alguien que se ha educado a sí mismo y tiene experiencia”.

EL PROFESOR COMO MAL NECESARIO.

Humano demasiado humano II. El viajero y su sombra, §282:

El profesor es un mal necesario. También es de desear que exista el menor número posible de personas entre los espíritus productivos y los espíritus sedientos de recibir. Pues los intermediarios falsifican casi involuntariamente el alimento que transmiten; además, en recompensa de su mediación, piden demasiado para ellos: interés, admiración, tiempo, dinero y otras cosas, de las que se priva por consiguiente a los espíritus originales y productores. Hay que considerar siempre al profesor como un mal necesario, como hacemos con el comerciante: un mal que hay que reducir todo lo posible. Las condiciones defectuosas que encontramos hoy en Alemania tal vez tienen su origen en el hecho de que hay demasiadas personas que quieren vivir, y vivir bien, del comercio (y que tratan, por consiguiente, de rebajar todo lo posible los precios del productor y elevar los del consumidor, para obtener beneficio del mayor perjuicio posible que sufren estos dos). Igualmente podemos buscar una de las razones de la miseria de las condiciones intelectuales en el número exagerado de profesores: a causa de ellos se aprende tan poco y tan mal”.

FILOGENIA Y ONTOGENIA EN LA FORMACIÓN INDIVIDUAL. EXCEPCIÓN DEL GENIO.

Humano demasiado humano I: Fases cíclicas de la cultura individual, §273:

“(…) A los treinta años, la mayoría de los jóvenes cultos retroceden a partir de este temprano solsticio de su vida y pierden desde entonces el placer de seguir nuevas orientaciones intelectuales. (…) Los hombres muy ricos en energía, como Goethe, por ejemplo, recorren ellos solos tanto camino como puedan hacerlo cuatro generaciones detrás de ellos: pero también avanzan con demasiada rapidez, hasta el punto de que los demás no les alcanzarán hasta el siglo siguiente, e incluso no del todo, porque esas frecuentes interrupciones han debilitado la unidad de la cultura y la continuidad de su evolución. —En cuanto a las fases normales de la cultura intelectual adquirida, los hombres las atraviesan cada vez más deprisa unos detrás de otros. Actualmente, empiezan abordando la cultura a través de las emociones religiosas de la infancia, y hacia los diez años esos sentimientos habrán alcanzado su mayor grado de calor, para pasar luego a formas atenuadas (panteísmo) al acercarse a la ciencia; dejan muy atrás a Dios, la inmortalidad y otras cosas por el estilo, pero para dejarse cautivar por el prestigio de una filosofía metafísica. Esta acaba pareciéndoles indigna de creer; el arte, en cambio, parece ofrecerles ciertos beneficios, y durante algún tiempo sólo queda y sobrevive de aquella metafísica lo que puede transformarse en arte o un estado anímico impulsado a las transfiguraciones estéticas. Sin embargo, se va imponiendo cada vez más el espíritu científico, el cual conduce al hombre maduro a las ciencias naturales, a la historia y sobre todo, a métodos de conocimiento más rigurosos, mientras que se atribuye al arte una importancia cada vez más secundaria y humilde. Actualmente, esto ocupa los treinta primeros años de una vida, pero es la recapitulación de una tarea a la que la humanidad ha consagrado quizás treinta mil años de trabajo agotador”.

COMUNIDAD Y JUSTICIA

Humano demasiado humano, El viajero y su sombra, §22: Principio del equilibrio. KSA 2.555:

“La comunidad es, al principio, la organización de los débiles para equilibrar los poderes que le amenazan”. (Ibidem): “El equilibrio es la base de la justicia”.

HEROÍSMO Y AGONISMO.

Humano demasiado humano II: segunda parte: El Viajero y su sombra §337:

“Lo heroico consiste en esto, en que se hacen cosas grandes (o, de manera grande, ‘no’ se hace algo) sin sentirse en competición ‘con’ los otros y ‘ante’ los otros. El héroe lleva siempre consigo el desierto y la sagrada e insuperable zona fronteriza dondequiera que vaya”.

DIOS, CRISTIANISMO, AMOR AL PRÓJIMO (FREUD, NIETZSCHE), CREENCIA: APARIENCIA Y VERDAD

“Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal” (Friedrich Nietzsche Más allá del bien y del mal. §153).

EL AMOR AL PRÓJIMO SEGÚN FREUD.

“Quizá hallemos la pista en uno de los pretendidos ideales postulados por la sociedad civilizada. Es el precepto «Amarás al prójimo como a ti mismo», que goza de universal nombradía y seguramente es más antiguo que el cristianismo, a pesar de que éste lo ostenta como su más encomiable conquista; pero sin duda no es muy antiguo, pues el hombre aún no lo conocía en épocas ya históricas. Adoptemos frente al mismo una actitud ingenua, como si lo oyésemos por vez primera: entonces no podremos contener un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien, es preciso que éste lo merezca por cualquier título. (Descarto aquí la utilidad que podría reportarme, así como su posible valor como objeto sexual, pues estas dos formas de vinculación nada tienen que ver con el precepto del amor al prójimo.) Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. En cambio, si me fuera extraño y si no me atrajese ninguno de sus propios valores, ninguna importancia que hubiera adquirido para mi vida afectiva, entonces me sería muy difícil amarlo. Hasta sería injusto si lo amara, pues los míos aprecian mi amor como una demostración de preferencia, y les haría injusticia si los equiparase con un extraño. Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir? Examinándolo con mayor detenimiento, me encuentro con nuevas dificultades.

Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio. No parece alimentar el mínimo amor por mi persona, no me demuestra la menor consideración. Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona. Más aún: ni siquiera es necesario que de ello derive un provecho; le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona, y cuanto más seguro se sienta, cuanto más inerme yo me encuentre, tanto más seguramente puedo esperar de él esta actitud para conmigo. Si se condujera de otro modo, si me demostrase consideración y respeto a pesar de serle yo un extraño, estaría dispuesto por mi parte a retribuírselo de análoga manera, aunque no me obligara a ello precepto alguno. Aún más: si ese grandilocuente mandamiento rezara «Amarás al prójimo como el prójimo te ame a ti», nada tendría yo que objetar. Existe un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible y que despierta en mí una resistencia más violenta: «Amarás a tus enemigos». Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero”. (Sigmund Freud  El malestar en la Cultura, V, (1930). Alianza editorial. Madrid 1970, p.50-52: negritas nuestras).

EL AMOR AL PRÓJIMO EN NIETZSCHE.

“Una crítica del concepto cristiano de Dios obliga a sacar idéntica conclusión. -Un pueblo que continúa creyendo en sí mismo continúa teniendo también su Dios propio. En él venera las condiciones mediante las cuales se encumbra, sus virtudes, -proyecta el placer que su propia realidad le produce, su sentimiento de poder, en un ser al que poder dar gracias por eso. Quien es rico quiere ceder cosas; un pueblo orgulloso necesita un Dios para hacer sacrificios. …Dentro de tales presupuestos la religión es una forma de gratitud. Uno está agradecido a sí mismo: para ello necesita un Dios.  Tal Dios tiene que poder ser útil y dañoso, tiene que poder ser amigo y enemigo, -se lo admira tanto en lo bueno como en lo malo. La antinatural castración de un Dios para hacer de él un Dios meramente ddel bien estaría aquí fuera d todo lo deseable. Al Dios malvado se lo necesita tanto como al bueno; la propia existencia no la debe uno, en efecto, precisamente ala tolerancia, a la filantropía… (Qué importaría un Dios que no conociese la cólera, la venganza, la envidia, la burla, la astucia, la violencia? , ¿al que tal vez no le fuesen conocidos ni siquiera los deliciosos ardeurs [ardores] de la victoria y de la aniqúilación? A tal Dios no se lo comprendería: ¿Para qué se debería tenerlo?  Ciertamente: cuando un pueblo se hunde; cuando siente desaparecer de modo definitivo la fe en el futuro, su esperanza de libertad; cuando cobra consciencia de que la sumisión es la primera utilidad, de que las virtudes de los sometidos son las condiciones de conservación, entonces también su Dios tiene que transformarse. Ese Dios vuélvese ahora un mojigato, timorato, modesto, aconseja la «paz del alma», el no-odiar-más, la indulgencia, incluso el «amor» al amigo y al enemigo. Ese Dios moraliza constantemente, penetra a rastras en la caverna de toda virtud privada, se convierte en un Dios para todo el mundo, se convierte en un hombre privado, se convierte en un cosmopolita. …En otro tiempo representó un pueblo, la fortaleza de un pueblo, todas las tendencias de agresión y de sed de poder nacidas del alma de un pueblo: ahora es ya meramente el Dios bueno. …De hecho, no hay ninguna otra alternativa para los dioses: o son la voluntad de poder -y mientras tanto serán dioses de un pueblo -o son, por el contrario, la impotencia de poder -y entonces se vuelven necesariamente buenos. …”. (F.Nietzsche El Anticristo, 16; negrita nuestra).

La fe salva y condena. —Un cristiano que se extraviase en razonamientos prohibidos podría preguntarse alguna vez, ¿es, pues, necesario que haya realmente un Dios, y también un cordero que lleve los pecados de los hombres, si la fe en la existencia de semejantes seres es suficiente ya para producir los mismos efectos? ¿No serían seres superfluos aun en caso de que pudieran existir? Pues todo lo que la religión cristiana proporciona al alma de bienhechor, de consuelo y de perfección, así como todo lo que ensombrece y destruye, proviene de esa creencia y no del objeto de esa creencia. Aquí sucede lo mismo que en este caso célebre: podemos afirmar que jamás hubo brujas, pero los terribles resultados de la creencia en la brujería han sido los mismos que si verdaderamente hubiera habido brujas. En todas las ocasiones en que el cristiano espera la intervención inmediata de un Dios, la espera en vano —porque Dios no existe—, pero su religión es lo bastante inventiva como para encontrar subterfugios y razones tranquilizadoras: en esto es realmente una religión muy ingeniosa. A decir verdad, la fe no ha conseguido aún transportar verdaderas montañas, aunque ésto se haya afirmado no se por quién; pero sabe colocar montañas donde no las hay”.

(Friedrich Nietzsche Humano demasiado humano II: Primera parte: Miscelánea de opiniones y sentencias, §225, 1879; negrita nuestra).

“Ahora bien, para aumentar esta impresión de una farsa espantosa, no hay que olvidar que ninguno de los axiomas que se discutían entonces en Ratisbona poseía sombra de realidad, ni el del pecado original, ni el de la salvación por los intercesores, ni el de la justificación por la fe, y que hoy ya no pueden discutirse. — Y, sin embargo, a causa de estos artículos de fe, el mundo ardió a sangre y fuego. Se guerreaba, pues, por opiniones que no correspondían a ninguna cosa ni a realidad alguna” (Nietzsche Miscelánea de opiniones y sentencias, §226: La tragicomedia de Ratisbona).

RELIGIÓN E INFANTILISMO EN NIETZSCHE Y FREUD.

El carácter infantil de la creencia religiosa ha sido un tema que reaparece contínuamente dentro de la filosofía de la religión del movimiento ilustrado, de Frazer a Freud, pasando por Voltaire, se llega a Nietzsche y su condena de la concepción religiosa del mundo como una cobarde escapatoria propia de niños temerosos de gobernarse a sí mismos: “Mi estudio sobre -El porvenir de una ilusión-, lejos de estar dedicado principalmente a las fuentes más profundas del sentido religioso, se refería más bien a lo que el hombre común concibe como su religión, al sistema de doctrinas y promisiones que, por un lado, le explican con envidiable integridad los enigmas de este mundo, y por otro, le aseguran que una solícita Providencia guardará su vida y recompensará en una existencia ultraterrena las eventuales privaciones que sufra en ésta. El hombre común no puede representarse esta Providencia sino bajo la forma de un padre grandiosamente exaltado, pues sólo un padre semejante sería capaz de comprender las necesidades de la criatura humana, conmoverse ante sus ruegos, ser aplacado por las manifestaciones de su arrepentimiento. Todo esto es a tal punto infantil, tan incongruente con la realidad, que el más mínimo sentido humanitario nos tornará dolorosa, la idea de que la gran mayoría de los mortales jamás podrá elevarse sobre semejante concepción de la vida” (Sigmund Freud El Malestar en la Cultura (1930). Alianza editorial. Madrid 1970, p.17; negrita nuestra). El infantilismo como enfermedad de la voluntad o debilidad de la razón, como una de las causas de las creencias religiosas, no dejó de ser un problema señalado por también Nietzsche, en unos términos que nos recuerdan el comienzo del famoso texto de Kant titulado ¿Qué es ilustración? (1784): “La religión y el gobierno. —Mientras el Estado o, más exactamente, el gobierno se sienta obligado a ser el tutor de una masa infantil y se plantee la cuestión de saber si debe mantener la religión, como tiene por costumbre, o eliminarla, es sumamente probable que se decidirá siempre por el sostenimiento de la religión” (Nietzsche Humano demasiado humano I, §472; negrita nuestra).

LA MUERTE DE DIOS.

“El más grande de los acontecimientos recientes —que «Dios ha muerto», que la creencia en el Dios cristiano se ha desacreditado— empieza ya a proyectar sus primeras sombras sobre Europa. (….) —Y sobre todo, cuántas cosas, una vez socavada esa fe, tendrán que desmoronarse por estar fundamentadas sobre ella, adosadas a ella, trabadas con ella: por ejemplo, toda nuestra moral europea. Esa larga plenitud y sucesión de demolición, destrucción, hundimiento y cambio que ahora se avecina (….). En efecto, los filósofos y «espíritus libres», al enterarnos de que «ha muerto el viejo Dios», nos sentimos como iluminados por una aurora nueva” (Nietzsche La gaya ciencia. Libro 5º: Nosotros los intrépidos; §343; negrita nuestra).

“¡Será posible! -exclama Nietzsche- ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto!” (Nietzsche Así habló Zaratustra, Prólogo, 2; negrita nuestra).

“Nosotros hemos trastrocado lo aprendido. Nos hemos vuelto más modestos en todo. Al hombre ya no lo derivamos del «espíritu», de la «divinidad», hemos vuelto a colocarlo entre los animales. El es para nosotros el animal más fuerte, porque es el más astuto: una consecuencia de esto es su espiritualidad. Nos defendemos, por otro lado, contra una vanidad que también aquí quisiera volver a dejar oír su voz: según ella el hombre habría sido la gran intención oculta de la evolución animal. El hombre no es, en modo alguno, la corona de la creación, todo ser está, junto a él, a idéntico nivel de perfección. … Y al aseverar esto, todavía aseveramos demasiado: considerado de modo relativo, el hombre es el menos logrado de los animales, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos- ¡desde luego, con todo esto, también el más interesante! -En lo que se refiere a los animales, Descartes fue el primero que, con una audacia digna de respeto, osó el pensamiento de concebir el animal como una machina (máquina): nuestra fisiología entera se esfuerza por dar una demostración de esa tesis. Nosotros, lógicamente, no ponemos aparte tampoco al hombre, como todavía hizo Descartes: lo que hoy se ha llegado a entender del hombre llega exactamente hasta donde se lo ha entendido como una máquina, En otro tiempo al hombre se le daba, como dote suya procedente de un orden superior, la «voluntad libre»: hoy le hemos quitado incluso la voluntad, en el sentido de que ya no es lícito entender por ella una facultad. La vieja palabra «voluntad» sirve únicamente para designar una resultante, una especie de reacción individual que se sigue necesariamente a una muchedumbre de estímulos en parte contradictorios, en parte concordantes: -la voluntad ya no «actúa», ya no «mueve». …En otro tiempo veíase en la consciencia del hombre, en el «espíritu», la prueba de, su procedencia superior, de su divinidad; para hacer perfecto al hombre se le aconsejaba que, al modo de la tortuga, retrayese dentro de sí los sentidos, interrumpiese el trato con las cosas terrenales, se despojase de su envoltura mortal: entonces quedaba lo principal de él, el «espíritu puro». También sobre esto nosotros hemos reflexionado mejor: el cobrar-consciencia, el «espíritu», es para nosotros cabalmente síntoma de una relativa imperfección del organismo, un ensayar, tantear, cometer errores, un penoso trabajo en el que innecesariamente se gasta mucha energía nerviosa, -nosotros negamos que se pueda hacer algo de modo perfecto mientras se lo continúe haciendo de modo consciente. El «espíritu puro» es una pura estupidez: sí descontamos el sistema nervioso y los sentidos, la «envoltura mortal», nos equivocamos en la cuenta- ¡nada más! …”. (F.Nietzsche El Anticristo, §14).

“Ni la moral ni la religión tienen contacto, en el cristianismo, con punto alguno de la realidad. Causas puramente imaginarias ( «Dios», «alma», «yo», «espíritu», «de voluntad libre» -o también «la no libre» ); efectos puramente imaginarios ( «pecado», «redención», «gracia», «castigo», «remisi6n de los pecados»). Un trato entre seres imaginarios ( «Dios», «espíritus», «almas» ); una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica; completa ausencia del concepto de causas naturales); una psicología imaginaria (puros malentendidos acerca de sí mismo, interpretaciones de sentimientos generales agradables o desagradables, de los estados del nervus sympathicus [nervio simpático] , por ejemplo, con ayuda del lenguaje de signos de una idiosincrasia religioso-moral, -«arrepentimiento», «remordimiento de conciencia», «tentación del demonio», «la cercanía de Dios» ); una teleología imaginaria ( «el reino de Dios», «el juicio final», «la vida eterna»). -Este puro mundo de ficción se diferencia, con gran desventaja suya, del mundo de los sueños por el hecho de que este último refleja la realidad, mientras que aquél falsea, desvaloriza, niega la realidad. Una vez inventado el concepto «naturaleza» como anticoncepto de «Dios», la palabra para decir «reprobable» tuvo que ser «natural», -todo aquel mundo de ficción tiene su raíz en el odio a lo natural ( -¡la realidad! -), es expresión de un profundo descontento con lo real. ….Pero con esto queda aclarado todo. (Quién es el único que tiene motivos para evadirse, mediante una mentira, de la realidad? El que sufre de ella. Pero sufrir de la realidad significa ser una realidad fracasada. …La preponderancia de los sentimientos de displacer sobre los de placer es la causa de aquella moral y de aquella religión ficticias: tal preponderancia ofrece, sin embargo, la fórmula de la décadence (decadencia)…”.

(F.Nietzsche El Anticristo, §15).

“Allí donde, de alguna forma, la voluntad de poder decae, hay también siempre un retroceso fisiológico, una décadence. La divinidad de la décadence, castrada de sus virtudes e instintos más viriles, se convierte necesariamente, a partir de ese momento, en Dios de los fisiológicamente retrasados, de los débiles. Ellos no se llaman a sí mismos los débiles, ellos se llaman «los buenos». …Se entiende, sin que sea necesario siquiera señalarlo, en qué instantes de la historia resulta posible la ficción dualista de un Dios bueno y de un Dios malvado. Con el mismo instinto con que los sometidos rebajan a su Dios haciendo de él el «bien en sí», borran completamente del Dios de sus vencedores las buenas cualidades; toman venganza de sus señores transformando en diablo al Dios de éstos. –El Dios bueno, lo mismo que el diablo: ambos engendros de la décadence. -(Cómo se puede hoy seguir haciendo tantas concesiones a la simpleza de los teólogos cristianos, hasta el punto de decretar con ellos que es un progreso el desarrollo ulterior del concepto de Dios, desarrollo que lo lleva desde «Dios de Israel», desde Dios de un pueblo, al Dios cristiano, a la síntesis de todo bien? -Pero hasta Renan hace eso. ¡Como si Renan tuviera derecho a la simpleza!. A los ojos salta, sin embargo, lo contrario. Cuando del concepto de Dios quedan eliminados los presupuestos de la vida ascendente, todo lo fuerte, valiente, señorial, orgulloso, cuando Dios va rebajándose paso a paso a ser símbolo de un bastón para cansados, de un ancla de salvación para todos los que se están ahogando, cuando se convierte en Dios-de-las-pobres-gentes, en Dios-de-los-pecadores, en Dios-de-los-enfermos Par excellence [por excelencia] , y el predicado «salvador», «redentor», es lo que resta, por así decirlo, como predicado divino en cuanto tal: ¿de qué habla tal transformación? , ¿tal reducción de lo divino? -Ciertamente con esto «el reino de Dios» se ha vuelto más grande. En otro tiempo Dios tenia únicamente su pueblo, su pueblo «elegido». Entre tanto, al igual que su pueblo mismo, él marchó al extranjero, se dio a peregrinar, desde entonces no ha permanecido ya quieto en ningún lugar: hasta que acabó teniendo su casa en todas partes, el gran cosmopolita, -hasta que logró tener de su parte «el gran número» y media tierra. Pero el Dios del «gran número», el demócrata entre los dioses, no se convirtió, a pesar de todo, en un orgulloso Dios de los paganos: ¡siguió siendo judío, siguió siendo el Dios de los rincones, el Dios de todas las esquinas y lugares oscuros, de todos los barrios insalubres del mundo entero! …Su reino del mundo es, tanto antes como después, un reino del sub mundo, un hospital, un reino-sub-terráneo, un reino-ghetto. ..y él mismo, tan pálido, tan débil, tan décadent [decadente] …De él se enseñorearon hasta los más pálidos de los pálidos, los señores metafísicos, los albinos del concepto. Estos estuvieron tejiendo alrededor de él su telaraña todo el tiempo preciso, hasta que, hipnotizado por sus movimientos, él mismo se convirtió en una araña, en un metaphysicus [metafísico] .A partir de ese momento él tejió a su vez la telaraña del mundo sacándola de sí mismo -sub specie Spinozae [en figura de Spinoza], a partir de ese momento se transfiguró en algo cada vez más tenue y más pálido, se convirtió en un «ideal», se convirtió en un «espíritu puro», se convirtió en un absolutum [realidad absoluta] , se convirtió en «cosa en sí»… Ruina de un Dios: Dios se convirtió en «cosa en sí»…”.

(F.Nietzsche El Anticristo, §17).

“El concepto cristiano de Dios -Dios como Dios de los enfermos, Dios como araña, Dios como espíritu –es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra; tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí! ¡En Dios, declarada la hostilidad a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vida! ¡Dios, fórmula de toda calumnia del «más acá», de toda mentira del «más allá»! ¡En Dios, divinizada la nada, canonizada la voluntad de nada! …”.

(F.Nietzsche El Anticristo, §18; negrita nuestra).

Así habló Zaratustra, Prólogo, 2:

“Yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso”.

Escepticismo cristiano. ¾Se presenta ahora gustosamente a Pilatos, con su pregunta «¿Qué es la verdad?», como abogado del Cristo, y esto para hacer que se sospeche de todo lo que es conocido y digno de conocerse, hacerlo pasar por apariencia, a fin de poder erigir sobre el horrible fondo de la imposibilidad de saber: ¡la Cruz!”. Humano demasiado humano II: primera parte: Miscelánea de opiniones y sentencias §8:

GENIO, ESPÍRITU LIBRE Y SUPERHOMBRE

LOS MANDAMIENTOS DEL ESPÍRITU LIBRE.

Fragmentos póstumos (1876-1878), 19 [77]:

Los diez mandamientos del espíritu libre.

Tú no amarás ni odiarás a los pueblos.

Tú no te dedicarás a la política.

Tú no serás rico, ni tampoco mendigo.

Tú evitarás a las gentes célebres e influyentes.

Tú tomarás mujer de otro pueblo distinto del tuyo.

Tú harás educar a tus hijos por tus amigos.

Tú no te someterás a ninguna ceremonia de la Iglesia.

Tú no te arrepentirás de un error, sino que realizarás en compensación una buena acción de más.

Tú preferirás, para poder decir la verdad, aceptar el exilio.

Tú dejarás, por lo que a ti respecta, que el mundo actúe a su antojo, y harás lo mismo con respecto a él”.

(KSA8[19= UII5 c.Oct-Dic. 1876] )

EL SUPERHOMBRE COMO FRUTO DE LA SUERTE, DE UNA VOLUNTAD COLECTIVA O DE UNA VOLUNTAD INDIVIDUAL.

El Anticristo, §3:

“No qué reemplazará a la humanidad en la serie de los seres es el problema que yo planteo con esto (-el hombre es un final-): sino qué tipo de hombre se debe criar, se debe querer, como tipo más valioso, más digno de vivir, más seguro del futuro. Ese tipo más valioso ha existido ya con bastante frecuencia: pero como caso afortunado, como excepción, nunca como algo querido”.

El Anticristo, §4:

“La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor, o más fuerte, o más alto, al modo como hoy se cree eso. El <progreso> es meramente una idea moderna, es decir, una idea falsa. El europeo de hoy sigue estando, en su valor, profundamente por debajo del europeo del Renacimiento; una evolución posterior no es sin más, por una necesidad cualquiera, una elevación, una intensificación, un fortalecimiento.

En otro sentido se da, en las más diversas culturas, un logro continuo de casos singulares, con los cuales un tipo superior hace de hecho la presentación de sí mismo: algo que, en relación con la humanidad en su conjunto, es una especie de superhombre. Tales casos afortunados de gran logro han sido posibles siempre y serán acaso posibles siempre. E incluso generaciones, estirpes, pueblos enteros pueden representar, en determinadas circunstancias, tal golpe de suerte”.

Zaratustra, Prólogo, 3:

“Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habeís hecho para superarlo? (…) El superhombre es el sentido de la tierra”.

Zaratustra, Prólogo, 4:

“El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, -una cuerda sobre un abismo (…) La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta”.

Zaratustra, Prólogo, 5:

“Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre (…) que todo lo empequeñece”.

Zaratustra, Prólogo, 7:

“Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre”.

Zaratustra, Prólogo, 9:

“Compañeros de viaje vivos es lo que yo necesito (…). Una luz ha aparecido en mi horizonte: ¡no hable al pueblo Zaratustra, sino a compañeros de viaje! (…). Compañeros para su camino busca el creador, y no cadáveres, ni tampoco rebaños y creyentes (…). A los creadores, a los cosechadores, a los que celebran fiestas quiero unirme: voy a mostrarles el arco iris y todas las escaleras del superhombre”.

Zaratustra I, De los trasmundanos:

“Un nuevo orgullo (…): ¡dejad de esconder la cabeza en la arena de las cosas celestes, y llevarla libremente, una cabeza terrena, la cual es la que crea el sentido de la tierra!”.

KGW VI 1: Así habló Zaratustra I: Del camino del creador:

“Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo, y en ese empeño sucumbe”.

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