Las últimas mujeres jirafa

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Las llaman las mujeres de cuello de jirafa, las cuello largo, o las padaung, su nombre en birmano, calificativo que detestan. En realidad pertenecen a la etnia kayan, y se sienten orgullosas de su cultura.

Según el folclore de sus tribus, arribaron a la zona central de Myanmar (antigua Birmania) hace alrededor de 2.000 años, procedentes del desierto de Gobi, en lo que es ahora la República de Mongolia. Más tarde los birmanos los obligaron a desplazarse a las montañas de Myanmar oriental y hoy, las últimas 12 aldeas de los kayan están situadas en el estado de Kayah, entre la capital, Loikau, y el lago Inle.

En los últimos años he hecho cuatro intentos para entrar en el estado de Kayah con el fin de visitar algunas de estas aldeas y documentar con fotos una cultura aparentemente única y a punto de desaparecer. Empleo el término intentos porque está prohibida la entrada de extranjeros en la zona. Varios grupos insurrectos llevan 42 años combatiendo contra el Gobierno central de Myanmar para establecer un estado independiente en la zona meridional del país. Uno de estos grupos, el Partido Nacional Progresista Karenni y su brazo armado, el Ejército Karenni, goza del apoyo de la mayoría de los miembros de la etnia kayan y de otras tribus del estado de Kayah. Por consiguiente, la zona es un hervidero de actividad rebelde.

En 1988, intenté entrar por primera vez en lancha motora, navegando por el lago Inle. Poco después, realicé un segundo intento, esta vez en autobús desde Kalaw a Loikau. Más tarde, lo hice a pie desde la región de Kalaw, y en otra ocasión crucé la frontera entre Tailandia y Myanmar con un grupo de insurgentes de la etnia karenni.

Yo estaba dispuesto a correr el riesgo de ser detenido, pero mis guías locales corrían un peligro aún mayor, y de hecho, desistí en otros dos intentos porque ellos me lo pidieron. También decidí no acompañar en sus incursiones a los bien armados rebeldes karenni, consciente de que, de toparnos con una patrulla del Ejército de Myanmar, no podría pretender ser el típico turista que no está al tanto de la situación.

Refugiadas.

Después de fallar en mis intentos, llegó a mis oídos que un grupo de mujeres kayan se habían instalado en una aldea de Tailandia, cerca de la frontera. Me dirigí a la provincia de Mae Hong Sohng y permanecí tres días en la aldea, situada cerca del río Pai. Las autoridades tailandesas toleraban el grupo de refugiados y les permitía llevar a cabo cierta actividad comercial. Los agentes de viajes de Tailandia ya habían comenzado a organizar excursiones a la aldea de las mujeres jirafa de Myanmar. Incluso los mismos kayan y el Gobierno karenni en el exilio reconocían el potencial comercial de esta nueva tribu de las montañas.

Muy pronto comenzaron a llegar grupos de turistas. Los gruesos collares que emplean las mujeres kayan para estirarse el cuello eran los causantes de tanto interés. Los turistas se peleaban por hacerles fotos y un guía karenni respondía a las típicas preguntas de los curiosos. Era obvio que los guías adornaban la historia de los collares para fomentar el interés de los visitantes.

Si bien era una gran ocasión para fotografiarlas -las cuatro mujeres del campamento estaban más que dispuestas a continuar con sus quehaceres diarios mientras los intrusos sacaban foto tras foto-, la aldea no era lo que se dice tradicional, según los propios criterios de los kayan; el hecho de que las mujeres llevaran relojes de pulsera y pañuelos de colores brillantes junto con sus trajes tradicionales era claLas autoridades tailandesas toleraban el grupo de refugiados y les permitía llevar a cabo cierta actividad comercial. Los agentes de viajes de Tailandia ya habían comenzado a organizar excursiones a la aldea de las mujeres jirafa de Myanmar. Incluso los mismos kayan y el Gobierno karenni en el exilio reconocían el potencial comercial de esta nueva tribu de las montañas.

Muy pronto comenzaron a llegar grupos de turistas. Los gruesos collares que emplean las mujeres kayan para estirarse el cuello eran los causantes de tanto interés. Los turistas se peleaban por hacerles fotos y un guía karenni respondía a las típicas preguntas de los curiosos. Era obvio que los guías adornaban la historia de los collares para fomentar el interés de los visitantes.

Si bien era una gran ocasión para fotografiarlas -las cuatro mujeres del campamento estaban más que dispuestas a continuar con sus quehaceres diarios mientras los intrusos sacaban foto tras foto-, la aldea no era lo que se dice tradicional, según los propios criterios de los kayan; el hecho de que las mujeres llevaran relojes de pulsera y pañuelos de colores brillantes junto con sus trajes tradicionales era clara prueba de que se trataba de un montaje.

Las autoridades birmanas se percataron del interés de los medios de comunicación por el grupo y solicitaron su repatriación al Gobierno de Tailandia. Lo que al final se produjo, no sin que antes un astuto empresario tailandés llevara a un par de estas mujeres por avión a Bangkok, donde las empleó como reclamo publicitario en la apertura de un supermercado. Incluso un equipo de filmación de una cadena japonesa pidió al Gobierno de Tailandia autorización para presentarlas en Japón, aunque les denegaron el permiso.

Yo visité la aldea en tres ocasiones, y cada vez permanecí varios días. Con cada visita poco a poco se iban rompiendo las barreras a las que se enfrentaba el típico turista, y con el tiempo llegué a sentir que las sonrisas de estas mujeres eran sinceras. Ninguno de los kayan exiliados en Tailandia habla inglés, de modo que toda la información sobre ellos, así como su historia, proviene de los guías nombrados por el Gobierno karenni. Por consiguiente, escuché distintas interpretaciones de la historia de los kayan y de la tradición de los collares.

No obstante, en mi última visita, en marzo de 1990, pude hablar con el padre Angelo Dei Meoy y con monseñor Gabbiato. Ambos son sacerdotes italianos que llevan 40 años en Myanmar trabajando en el estado de Kayah. Conocen los idiomas que se hablan en Kayah, de modo que pudieron darme información sobre la cultura de los kayan.

Para empezar, me aclararon que las mujeres no comenzaron a llevar sus típicos collares para protegerse de los ataques de los tigres, lo que parece lógico, ya que los tigres suelen lanzarse al cuello de sus víctimas, y los propios sacerdotes me confirmaron que se han producido casos de mujeres muertas tras ser atacadas por tigres mientras recolectaban leña en el bosque.

Por otro lado, tampoco habían escuchado nunca la historia de que empleaban los collares para evitar ser esclavizadas por los asaltantes birmanos, ya que, su gran peso, les impide realizar tareas pesadas, lo que reduce su valor como esclavas. Los sacerdotes italianos me aseguraron que, pese a sus adornos, las mujeres kayan eran muy trabajadoras.

Muestra de riqueza.

Monseñor Gabbiato me dijo que los collares se consideraban joyas. Cuanto más largos, mayor el atractivo de la mujer, puesto que, aparte de resaltar la belleza de quien lo llevaba, era prueba de que provenía de una familia rica.

Hoy en día, quedan unas 120 mujeres kayan que llevan collares enteros, así como aros en las manos y en los pies. Muchas de las más jóvenes sólo llevan algunos collares, puesto que no se deciden a llevar una carga de más de diez kilos en adornos por el resto de la vida.

Una mujer kayan llegó a ponerse 27 collares, una marca todavía inigualada, que pesaba unos nueve kilos y que estiraba su cuello unos diez centímetros. En un artículo de National Geographic, publicado en 1979, se mostraba la radiografía de una mujer kayan, en la que se apreciaba que los collares no aumentaban la separación entre las vértebras del cuello, sino que oprimía hacia abajo la clavícula y la cavidad de las costillas, creando así el efecto de un cuello muy estirado.

Hoy en día, sólo un puñado de ancianas kayan conoce la técnica para cambiarse los collares, lo que suele hacerse en celebraciones organizadas en noches de luna llena. En mi segunda visita a la aldea de refugiados kayan en Tailandia, una mujer realizó la operación delante de mí.

Según viejos documentales sobre la región, en el procedimiento se emplea una reacción química que en teoría se guarda con mucho celo. Sin embargo, vi cómo le quitaban un collar a una chica y está claro que se consigue ensanchando a la fuerza el aro hasta lograr sacarlo hacia arriba por la cabeza. Durante toda la operación la chica no dejó de tocarse el cuello, señal de que sentía molestias, mientras se cubría la parte desnuda con una toalla.

A continuación, la anciana hizo una hoguera y colocó el collar sobre el fuego. Al ponerse al rojo vivo perdió la forma de muelle. A la mañana siguiente se limpiaron los aros y se frotaron primero con un pasta y después con limones. Acto seguido, lo colocaron sobre la cabeza de la niña y estuvieron doblándolo lentamente durante una hora hasta que fue adquiriendo su forma original. Sólo hizo falta emplear la fuerza para acomodar el extremo.

El último aro lo colocaron golpeándolo ligeramente con la parte sin filo de un largo cuchillo. Por último, ajustaron el collar plano, que va sobre los hombros, seguido de otro que insertaron por detrás del cuello como se mete una llave en un llavero, de modo que quedó en ángulo recto en relación a los demás aros.

En otra ocasión vi a las mujeres limpiando los collares y los brazaletes. Sentadas en el cauce del río, se echaban agua entre el cuello y los collares. Luego enjabonaban los aros y les sacaban brillo frotándolos con manojos de hierba.

Era evidente que la chica a la que le habían quitado los collares padecía alguna enfermedad. Tenía grandes bultos en el cuello, aunque no parecían infectados.

La mayoría de las mujeres se recogen el cabello en un moño con una larga aguja de metal y de vez en cuando la introducen entre los collares para rascarse.

Monseñor Gabbiato afirma que a los hombres kayan probablemente no les molesta que sus mujeres lleven tantos collares, porque sin duda les resta movilidad y las obliga a permanecer más tiempo dentro de casa.

Ambos sacerdotes me confirmaron que las ancianas correrían peligro de asfixia si les retiraran los collares, ya que los músculos del cuello quedan tan atrofiados que no pueden mantener la cabeza erguida. No obstante, no conocían la historia del marido que mató a su mujer adúltera quitándole los collares para que muriera asfixiada.

En cualquier caso, los kayan castigan el adulterio con la muerte. Presencié la ejecución de un hombre casado, que fue ajusticiado por el Ejército karenni, por haber seducido a una chica de 14 años. El secretario general del Frente Nacional Progresista Karenni me informó de que el veredicto había sido emitido por el consejo de ancianos.

Otra tribu karenni suele enterrar a la pareja de adúlteros hasta el cuello y golpearlos hasta la muerte.

Aislamiento.

Es posible que los kayan, conscientes de que el principal objetivo de los sacerdotes es la cristianización del estado de Kayah, los hayan mantenido al margen de sus ritos más espantosos.

La mayor parte de los soldados karenni exhibe crucifijos colgados del cuello. Antes que ser budistas, como sus enemigos los bárbaros birmanos, prefieren ser cristianos.

Los sacerdotes me confirmaron que está desapareciendo la costumbre de llevar los collares. El bronce, el material de que están fabricados, escasea y es cada vez más caro. Es posible que ello se deba a la política no oficial del Gobierno birmano de birmanizar a las tribus de las montañas. Por consiguiente, intentan impedir que obtengan los artículos y los materiales necesarios para continuar con sus ritos y costumbres.

Durante mi primera visita al campamento tuve oportunidad de presenciar un nacimiento. Es decir, me permitieron sentarme en la valla que rodeaba la casa donde se iba a producir el alumbramiento.

Después del parto, pasé al interior de la casa, donde la partera me mostró al recién nacido cubierto con toallas. La madre estaba tumbada de costado, con la cabeza apoyada en una dura almohada, aparentemente en la posición en la que suelen dormir las mujeres kayan.

A su lado había una olla grande en cuyo interior se calentaban al fuego varias piedras del tamaño de un puño. Me explicaron que las piedras se envolvían en toallas y se colocaban en el vientre de la mujer para ayudarle a recuperar su antigua forma.

En Tailandia las tribus viven de los ingresos del turismo, pero en el estado de Kayan cultivan arroz, tabaco y semillas de sésamo. Además, tienen bueyes y un pequeño número de gallinas y cerdos. Las mujeres realizan gran parte de las labores del campo, así como todo el trabajo de la casa. Los hombres se dedican a los cultivos y, cuando se les permite, salen a cazar con sus rudimentarios rifles.

Señores de la guerra.

Muchos de los jóvenes kayan han ingresado en el Frente Nacional Progresista Karenni y forman parte del ejército guerrillero que lucha contra el gobierno central de Myanmar. Los karennis constituyen uno de los grupos insurgentes de menor tamaño. Luchan a la sombra de las fuerzas de los karen, que cuentan con unos 6.000 efectivos, y de los shann, que suman 8.000 hombres al mando de Kun Sa, el rey del opio que controla la mayoría del llamado Triángulo dorado.

Los karenni cuentan con su propio gobierno en el exilio, en Tailandia, y llevan a cabo sus operaciones militares empleando tácticas de guerra de guerrillas. Realizan ataques breves y emprenden la retirada, y siembran los caminos con minas terrestres chinas y trampas de fabricación casera que se activan mediante alambres.

En términos generales, es una estrategia efectiva, que afecta enormemente a la moral de los birmanos, quienes casi nunca logran identificar al enemigo.

En marzo de 1989 acompañé a los karenni durante la operación para retomar la aldea Yaung Wei Yai, donde se realizan actividades de mercado negro. El primer paso fue limpiar de minas antipersonas la carretera principal que da acceso a la aldea. Los karenni realizaron esta tarea con facilidad, ya que los birmanos emplean las minas chinas menos sofisticadas.

Al avanzar sobre la aldea, los rebeldes me mostraron con gran satisfacción los restos de un pie destrozado por una mina, con el talón intacto, que un médico birmano había amputado a la altura del tobillo.

Los karenni quemaron la aldea antes de la llegada de un batallón de infantería birmano. No querían que el enemigo aprovechara las endebles construcciones de bambú y sabían que, de todos modos, los birmanos las quemarían al retirarse.

Los insurgentes emplean tácticas de guerra psicológica, pero lo mismo hacen lo birmanos. Cada vez que organizan una ofensiva contra una zona controlada por la guerrilla reúnen un gran número de montañeses (capturaron entre 400 y 500 en la ofensiva de 1990) con edades comprendidas entre los 16 y 60 años, para emplearlos como porteadores.

Los soldados obligan a los porteadores a marchar al frente para detonar las minas terrestres. Por lo general, el Ejército de Myanmar usa como porteadores a hombres de las mismas tribus contra las que lanzan las ofensivas. Por tanto, los karenni saben que muchas de sus minas acabarán matando o mutilando a su propia gente. El pie destrozado que me mostraron tenía trozos de lona de una bota militar, prueba de que la víctima había sido un soldado, no un porteador.

También cada cierto tiempo los karenni logran hacer blanco con sus morteros caseros en posiciones del Ejército birmano. Sin embargo, dada la escasez de proyectiles, ocurre con muy poca frecuencia, y las bajas por causa de combates directos son mínimas.

Este tipo de guerra se ha prolongado durante más de 40 años, y no parece que ninguno de los bandos logre imponerse definitivamente sobre el otro.

Las mujeres kayan tienen poco que decir en esta sociedad dominada por los hombres. Soportan las penurias que suponen la presencia birmana en sus aldeas, siguen a sus hombres hacia el exilio en Tailandia y contribuyen a la causa posando para los turistas.

Mientras, muchas de las tribus de las montañas, incluidos los kayan, van renunciando poco a poco a sus antiguas tradiciones y costumbres para poder hacer frente a las privaciones y a la lucha que tienen por delante.

Fuente del texto: Karl Amman (El Mundo)

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