Henrietta Lacks y sus células inmortales

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Henrietta Lacks murió de cáncer hace medio siglo en Estados Unidos, pero las células que la mataron siguen misteriosamente vivas… y han salvado a millones de personas. Esta es la increíble historia de una mujer prácticamente analfabeta cuyos tejidos son investigados por todos los laboratorios del mundo.

Una lluviosa mañana de enero de 1951, David Lacks, un afroamericano que trabajaba en un astillero de Baltimore (EE.UU.), aparcó su viejo Buick bajo un roble en los alrededores del hospital John Hopkins, el único de la ciudad que admitía a pacientes de color. Su mujer, Henrietta Lacks, de 31 años y madre de cinco hijos, se tapó la cabeza con una chaqueta y corrió bajo el aguacero. «Tengo un nudo ahí abajo. ¿Puede mirármelo un médico?», le dijo a la recepcionista del ala para negros. Durante un año había estado quejándose de dolores vaginales. La habían estado tratando con penicilina, sospechando que David le hubiese contagiado la sífilis. Pero los dolores no remitieron. Una fuerte hemorragia la asustó.

Así comienza la historia más rocambolesca de la medicina moderna. La periodista Rebecca Skloot ha investigado durante diez años lo que sucedió con esta mujer y con su familia, ninguneadas por los científicos que se aprovecharon de su legado. El resultado es un libro explosivo: The immortal life of Henrietta Lacks, que está arrasando en Estados Unidos. Los ingredientes: ciencia, ética, negocio y racismo.

Acostada en el quirofanillo, Henrietta se sometió al examen de un ginecólogo que, ayudado de un espéculo, descubrió una pequeña dureza de un intenso color púrpura y tan delicada que sangraba al más mínimo roce. El médico cortó un pedacito y mandó la biopsia al laboratorio patológico. Una semana más tarde, los resultados: un tumor maligno. Henrietta no dijo nada a su familia. Siguió cuidando de los suyos mientras pudo. Tres meses más tarde, la dureza había crecido hasta convertirse en un carcinoma que crecía a un ritmo aterrador. Era del tipo invasivo. El peor. Fue ingresada para someterla a radioterapia.

En el John Hopkins trabajaba un matrimonio de investigadores, los doctores George y Margaret Gey. Llevaban treinta años persiguiendo una quimera: cultivar células malignas fuera del cuerpo, confiando en que algún día sirvieran para curar el cáncer. Pero la mayoría de las células moría rápidamente. Sin embargo, los Gey eran tenaces. Estaban obsesionados con lograr la primera línea celular inmortal humana. No les importaba de qué tejido la extraerían. Otros médicos del hospital les enviaban las biopsias de sus pacientes.

Durante su primera sesión de radioterapia, Henrietta fue anestesiada y colocada en una mesa de operaciones, con las piernas abiertas y atadas a unos estribos. El cirujano Lawrence Wharton dilató su cuello uterino y lo preparó para insertarle un tubo de un metal radiactivo envuelto en gasas, al tiempo que conectaba un catéter a su vejiga para que pudiese orinar. Mientras la enferma estaba inconsciente, Wharton cogió un bisturí y cortó dos pedacitos de cérvix del tamaño de una moneda: uno del tumor y otro de tejido sano. Luego los colocó en una placa de Petri y los envió con una enfermera al laboratorio de George y Margaret Gey.

Con ayuda de un escalpelo, las biopsias fueron troceadas en rebanadas de un milímetro cuadrado, insertadas en una pipeta y mezcladas con una gota de sangre de pollo. Los cultivos fueron repartidos en varios tubos de ensayo y etiquetados con la leyenda HeLa, por el nombre y apellido de la donante.

Durante varios días estuvieron en una incubadora hasta que una mañana, examinados al microscopio, aparecieron unos anillos con forma de huevo frito. Las células tumorales habían sobrevivido. Y no sólo eso, se estaban reproduciendo a una velocidad pasmosa. A la mañana siguiente hubo que repartir el contenido de cada tubo en dos para que tuviesen espacio donde seguir creciendo. Después, en cuatro tubos; más tarde, en ocho… George y Margaret no podían creerlo. Cada 24 horas las células de Henrietta se duplicaban. Esas células crecían con igual ímpetu en el laboratorio y en el cuerpo de su dueña, que en pocos meses tenía metástasis en todos sus órganos.

Henrietta Lacks murió el 4 de octubre de 1951. La casualidad quiso que, ese mismo día, el doctor George Gey anunciase ante las cámaras de televisión el descubrimiento de las primeras células capaces de sobrevivir sin el soporte vital del cuerpo y que, además, no envejecían. Era el comienzo de una nueva era en la investigación biomédica.

El matrimonio Gey comenzó a enviarlas por correo a sus colegas. Gratis. Todo, por el bien de la ciencia. La demanda aumentó. Al año siguiente estaban mandando 20.000 tubos semanales de HeLa a todo el mundo, unos seis billones de células. En la actualidad, casi no existe laboratorio que no tenga. Hay tantas que, puestas una detrás de otra, darían la vuelta al mundo tres veces. Los Gey fueron de los pocos que no se aprovecharon comercialmente de las células de Henrietta, que desde entonces se venden y compran en todas partes. Existen más de 17.000 patentes relacionadas con esta línea celular. Los ingresos para las compañías farmacéuticas han sido milmillonarios, pero también los beneficios para la humanidad.

Fuente: XLSemanal

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