Madrid 1766

Escrito por Alvaro Van Den Brule el . Publicado en Muy interesante

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Cien mil personas muy cabreadas y un motín. ¿Tiene derecho el pueblo a sublevarse?

Hay quien se rasga las vestiduras cuando ve arder un contenedor de basura, pero ni se inmuta cuando alguien busca entre los desperdicios.
–Zenk

A comienzos de aquel año y en fecha del 23 de marzo (era Domingo de Ramos), discurría el tiempo de la Semana Santa, y el sistema policial que protegía a Madrid y la Corte había saltado por los aires en un estallido popular sin precedentes hasta entonces. La contención y paciencia del respetable rebasaba todos los límites de tolerancia admisibles y el descontento social era más que patente.

Carlos III, uno de los pocos reyes sabios y con autocrítica suficiente como para enmendar los yerros propios, demostró cintura para gobernar y mano izquierda cuando era necesario. Con clara visión estratégica, supo detectar muchos de los males que aquejaban al reino y a sus súbditos y subsanarlos. Durante su entrenamiento como rey de Nápoles y antes de serlo de España, urbanizó la ciudad (reto que parecía imposible), la empedró, la dotó de alcantarillado e hizo de aquella caótica ciudad un lugar más aceptable. «A solis ortu usque ad occasum» ("Desde la salida del sol hasta el ocaso") era el lema de este ilustre rey que parecía más un competente y eficaz funcionario que un disoluto monarca de los que en su linaje ha habido unos cuantos.

Junto con los marqueses de Esquilache, de la Ensenada y el apoyo del incondicional Sabatini, estableció un paternal Despotismo Ilustrado intentando reciclar las ideas filosóficas de la Ilustración con un escorado marchamo ibérico. Pero la gestión del napolitano Esquilache como ministro del interior era una trasgresión que no sumaba y se hizo notoria por algunos dislates de bulto que por poco no dan al traste con el rey y de paso con la Corona.

La “muerte civil” (falta o merma notable de derechos civiles), por asfixia del pueblo de Madrid en particular, y por extensión la del resto del país, hundía sus raíces en el atropello permanente de los poderes públicos hacia las aspiraciones silenciadas de unos súbditos que no veían contrapartidas en aquella caprichosa deriva económica, mas allá de padecer sobre sus castigadas espaldas las veleidades de una aristocracia sin escrúpulos, que fagocitaba todos los recursos sin reparar en el dolor ajeno. Una música conocida a la que no se le debe dar nunca la espalda.

Mientras la monarquía se nutria del sudor de sus vasallos, algunos atildados extranjeros recibían mercedes sin cuento. La búsqueda del bien común no estaba en las agendas de tan rancios y empolvados personajes, sólo el lucro personal era el leit motiv de aquella patulea de escarpines y botas con hebilla. No había que buscar mucho en la causalidad de los desatinos que a diario goteaban sobre la muchedumbre, ni correr para encontrar a los responsables de la misma. Demasiado abuso de autoridad para soportarlo por encima del hambre, y un zafio insulto a la inteligencia de las gentes que además de lidiar con los cuernos de lo cotidiano, tenía que soportar los frecuentes atentados contra su legítima soberanía. Personas sin mérito calificado, e instaladas en la inacción permanente, vivían de espaldas a las gentes de a pie; mostrando sobrada y reiteradamente su probada incompetencia.

Inquietud en la Corte

Por aquel entonces, el parlamentarismo inglés comenzaba a tener cierto arraigo y benéficas turbulencias asomaban inquietantes por un horizonte turbador. En la Corte había cierta inquietud. Quedaba poco tiempo para que al otro lado del Pirineo un súbdito de aquella corona maquinara para construir un extraño artefacto de expeditiva y macabra función.

Un hecho aparentemente trivial pondría en pie de guerra a los madrileños, bastante hartos de ver circular por sus calles y plazas a indiferentes personajes engolados y perfumados haciendo caso omiso del hambre rampante que campaba por sus respetos en la capitalina ciudad.

Al también llamado Motín de Madrid o de Esquilache le habían precedido varios relativamente cruentos en provincias. El ambiente estaba “calentito”. En paralelo, a la lacra de una gestión política displicente y poco cautivadora para ser recordada, algunos regimientos habían vuelto recientemente de América con la fatiga del viaje todavía sin descargar y algo cabreados por las pagas atrasadas que, por supuesto, no habían cobrado. Poco faltó para que nos adelantáramos unos años a la Revolución Francesa.

Para marzo, el cabreo de la turbamulta parecía estar en el punto de ebullición, en Valencia y Barcelona había habido follones de consideración. Todo apuntaba a que el proceso de precipitación era imparable y se había llegado a un punto de no retorno. Pero junto con el Motín de Madrid (o de Esquilache), al tiempo, en Guipúzcoa, una encendida masa de campesinos y notables se habían conjurado para asaltar San Sebastián, no se sabe si para tomarse una merluza a la koskera o la justicia por su mano. La cosa se estaba poniendo fea.

Para colmo de males y para agravar más las cosas, la orden por antonomasia de la Iglesia Católica, los jesuitas, se habían sumado a la revuelta popular y aquello empezaba a tener tintes dramáticos.

Cuando el alboroto alcanzaba un umbral más que preocupante, tropas acantonadas fuera de Madrid fueron llamadas a patrullar para contener el monumental cabreo de los alterados súbditos. Finalmente, Carlos III recularía sobre lo andado, derogando algunas leyes o indicando diplomáticamente a algún ministro la puerta más próxima a la calle.

Básicamente, entre otras medidas impopulares, Esquilache impuso un bando en el que para evitar las más que frecuentes reyertas que se generaban al calor de las apuestas y el alcohol; prohibía el largo usual, de las capas de la época y el sombrero redondo, con objeto de impedir el porte de armas de fuego y el ocultamiento de la cara. Esto fue la gota que colmó la paciencia de los “gatos”.

La caída de Esquilache fue acompañada por la destitución del gobernador del Consejo de Castilla, don Diego de Rojas y Contreras, que se había aferrado sólidamente a su poltrona. El poder de convicción de la iracunda masa, se dice, le obligó a usar hasta seis documentos y sus correspondientes secantes. Al parecer, le temblaba el pulso de manera ostensible y la tinta no atinaba a firmar el documento del dimisionario.

Defenestrado Esquilache, su sustituto, el conde de Aranda, haría una inmejorable gestión creando lo que seria el embrión del actual Consejo de Ministros promoviendo un par de briefings semanales de carácter obligatorio. La hacienda pública sería depurada de advenedizos y arribistas y se combatiría la corrupción rampante con mano dura. La purga alcanzaría varios estamentos del estado y algunos ministerios con más cosmética que contenidos.

A la postre, Esquilache intentó reivindicar su honor desde Nápoles en reiteradas ocasiones; después de unos años de silencio en torno a su figura, le sería concedida una aristocrática y peculiar embajada en Venecia.

P.D. Como apuntaba Locke, ¿tiene derecho el pueblo a sublevarse cuando se contravienen sus mas básicos intereses?

Alvaro Van Den Brule

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