Malinche

Escrito por Alvaro Van Den Brule el . Publicado en Muy interesante

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La amante del invasor. ¿Madre de la patria mexicana o traidora? La verdadera historia de la Malinche.

“La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran”.
Paul Valéry

Aquí, en este solar patrio tan desdibujado por el viento de la historia, acude hoy a mí cabeza el recuerdo de una mujer extraña y extraordinaria, y del servicio que supuso a la Corona española por su bien hacer y compromiso en los momentos iniciales en la colosal aventura de la conquista, y por lo que podría ser uno de los primeros actos de mestizaje documentados como tal según el cronista Bernal Díaz.

Cuando el tiempo no había comenzado a ser contado, Sudamérica había sido visitada profusamente por orientales del lado oeste del PacÍfico. Ocurría que no solían ser muy aficionados a las gestas, y los registros épicos los dejaron en manos de los más narcisistas occidentales ávidos de heroicas conquistas.

Es bueno recordar que estos barbudos aborígenes que habitaban en el Mar de Nadie, en su tiempo fueron parte de una de las familias fundadoras de la condición humana y unos de los primeros padres de la historia más remota que conocemos. De la noche a la mañana, comenzaron a ver su vasto y colosal entorno líquido, convertido en una gran avenida repoblada con velas y otros marinos a lomos de grandes naves, también como ellos barbudos e igualmente desaliñados.

En la mayoría de los casos, la impetuosa avalancha de creyentes y aventureros procedentes de la península usaban aquel eslogan redentor del a Dios rogando y con el mazo dando, lo que redundaría eficazmente en la mente de los descolocados nativos en conversiones multitudinarias so pena de ver sus frondosas barbas chamuscar. Al final acabarían todos clamando al No Presente a coro, y con una extraña entonación mediterránea que habrían importado de las “ceremonias de los de las velas “y de sus persuasivos métodos, que los clérigos aplicaban profusamente a los disidentes con frecuencia y fruición hasta hacerles pensar con una entonación más acorde con los nuevos tiempos. Esto ocurría hasta que fray Bartolomé de las Casas puso un poco de orden en aquel desaguisado.

Debemos de recordar hoy que la tierra había dejado de ser plana hacia un rato, y que la realidad como creación sostenible para aguantar el tirón se podía modificar en diez minutos con una buena sesión de potro y unos persuasivos latigazos, para redimir de sus errores a los incautos que tuvieran pensamientos divergentes.

Pero para cuando aparecimos los españoles, el reloj ya llevaba algún tiempo funcionando sin la asistencia de las mediterráneas costumbres, y mientras crecía con desmesura la afición de perseguir a las féminas locales; en los momentos de asueto, nos anexionábamos como quien no quiere la cosa, algún estado perdido tras la ingente e impenetrable maleza, o lo que es lo mismo, entre el hábito de conquista entrenado durante más de ochocientos años con escasos break y mientras se retozaba con las indígenas, algún adelantado se despistaba y se hacía con una nación entera sin despeinarse. Y esta es la historia de Cortés y sus seiscientos.

Un día muy señalado

Pero en el mundo más prosaico y cercano existían algunas criaturas que asombraban a los navegantes, criaturas que descolocaban a cualquier mortal, crecían por aquí y por allá en libertad y con una desnudez embriagadora por lo que la colonización sufría de vez en cuando algunos contratiempos.

Cortés sabÍa de todo esto y también intuía que si su gente se apoltronaba en la comodidad, el censo demográfico iba a subir exponencialmente y todavía no era el momento de pasar a esa fase, por lo que manejó los tiempos y situaciones complejas con verdadera habilidad y liderazgo probado.

Cuando los españoles llegamos no es que aquello fuera un paraíso, pero se le parecía. Bien es cierto que algunos pueblos en aquel tiempo se comían a sus adversarios sin más preámbulos a pesar de las reticencias que ponían los cautivos; pero no es menos cierto que también tenían avances asombrosos en astronomía e ingeniería por no seguir haciendo mención a la riqueza productiva de sus campos y la fertilidad que habitaba en ellos. Se podría casi decir que mientras que allá se jugaba al frontón con algunas cabezas de despistados interfectos que no estaban ese día en el sitio adecuado, aquí le dábamos vuelta y vuelta a algún hereje recalcitrante para equilibrar desatinos. No éramos muy diferentes.

Un día muy señalado en los albores del siglo XVI, inscrito en el calendario de los que escriben la historia y aciago para los que la padecen, cerca de seiscientos hombres revestidos de refulgentes corazas desembarcaban en Cozumel, una remota playa poblada de palmeras, aguas límpidas y con una brisa cautivadora donde las haya. Además, venían con ellos enormes canes y otros canes todavía diez veces más grandes con un ser animado encima. Ciertamente los locales quedaron alucinados.

Todo este conjunto de visitantes no esperados causaron una honda impresión en unas gentes que iban a su aire, pescaban en aguas cristalinas, tenían una sociedad administrativa y culturalmente avanzada, y que un par de veces al año le declaraban la guerra al enemigo para después de capturarlo vivo, llevarlo al altar sacrificial y allá darle matarile en medio de las espeluznantes danzas y gritos que los oficiantes proferían presididos por una cerril resistencia de aquellos cautivos de ojos extraviados que inútilmente manifestaban su contrariedad ante aquel aquelarre local.

Cortés estaba advertido y sabía a quienes se enfrentaba. Más que militar, era un diplomático armado. Sabía cuando había que esgrimir el arma y cuando seducir a su oponente; ora enrocándose sin concesiones, ora abriendo su mano generosa cuando procedía. Un día afortunado en su camino se presentó inesperadamente su oportunidad de oro que unida a sus habilidades inusuales en el campo de batalla, le procuraron un sitial en la historia.

De esclava a amante

La Malinche, en nahuatl ‘malintzin’ o lo que es lo mismo “hierbita”, era según la definen las crónicas, como una criatura de Dios con poderes mágicos para convertir a cualquier ateo en creyente contumaz. Aquel que tenía la fortuna de mirarla, como poco entraba en una especie de trance catatónico. Su espectacular presencia producía un silencio turbador y diretes a media voz. Su potente presencia llevaría a Cortés a firmar con las dos manos lo que esta criatura le hubiera solicitado. Una vez que su amistad y predicamento en la zona noble de la tienda del extremeño se consolidó, y su enigmática presencia convirtiera su nombre en susurros, del Capitán español se puede decir que empezaría a gestar su leyenda.

La incondicional posición de esta mujer para con Cortés y las complejas situaciones que le ayudó a resolver no deben de dormir entre los legajos de la historia, ya que fueron esenciales para la consolidación de nuestros primeros conquistadores. Fue una diplomática de primer nivel que ha pasado a la posteridad por un papel muy incomprendido e incómodo que no es otro que el de ser la amante del invasor, o lo que es lo mismo para los locales, una renegada.

En origen esta mujer nacida princesa fue convertida a la esclavitud y como esclava fue ofrecida por uno de los líderes mayas a Cortés, que a su vez se la endosó a uno de los capitanes de la tropa, Alonso Hernández. Más tarde, al descubrir que manejaba el idioma maya y el náhuatl con fluidez, crearía un tándem perfecto como traductora asociada a Jerónimo de Aguilar, uno de los más famosos náufragos de la historia , que a su vez en una expedición anterior a la de Cortés, había sido también esclavizado.

La Malinche, no solamente actuaría como interprete sino que además cubriría labores de inteligencia mientras asesoraba sobre las costumbres locales a los españoles. Tuvo un hijo de Cortés y enfermó mortalmente de viruela a sus tempranos veintisiete años. Fue una de las pocas afortunadas que pudo huir de la capital mexica en la Noche Triste, en la que Pedro de Alvarado se debió de arrepentir de aligerar de sus joyas a las mujeres locales. Es sabido que incontables españoles fueron pasados a cuchillo en lo que posiblemente fuera uno de los mayores desastres militares provocados por la estulticia de un ambicioso sujeto. Poca altura moral para llevar dignamente un uniforme que se merecía otro tratamiento.

Una figura muy controvertida

¿Fue traidora a los aztecas o simplemente un chivo expiatorio para lavar la incompetente imagen del inhábil Moctezuma? Opino desde la ambigüedad de la especulación, que la segunda opción es la más acertada. Posiblemente su dignidad fuera atropellada a temprana edad y su reacción muy natural en aquel contexto. Es muy difícil aceptar que un pueblo de varios millones de habitantes fuera derrotado por seiscientos hombres y para ello había que culpar a alguien.

Sobre esta princesa posiblemente de origen Txacalteca o Totonaca, que eran dos de los estados tapón que los Mexicas usaban como colchón ante posibles invasiones, se sabe hoy que fue vendida como esclava por su progenitora para proteger la primogenitura de su hermanastro, pues su madre se casó en segundas nupcias.

En el paquete de indemnizaciones que los españoles exigieron a los líderes aztecas como garantía de que no les iban a hacer la guerra, más allá del oro, piedras preciosas y otras zarandajas, iban en el lote una veintena de mujeres entre las cuales estaba la Malinche. La Malinche y las noticias del desastre de Cholula, en el que perecieron cinco mil mexicas en menos de cinco horas. Todo suma.

Hay certeza probada de que facilitó las negociaciones entre Cortés y los líderes indígenas, entre quienes fueron claves los tlaxcaltecas, cabreados con las brutales exigencias de los aztecas que año tras año veían desaparecer a sus más jóvenes doncellas y guerreros en aras de un cuestionable tributo basado en salvajes sacrificios humanos.

Lo que sí es cierto es que fue leal a Cortés y desahuciada por su propio pueblo. Más allá de todo esto, es fácil de comprender que después de su dura trayectoria como esclava, quisiera tener un futuro como liberta, por lo que no se le puede criticar su adaptación a las costumbres españolas. Lo que no deja ningún género de dudas es que fue una parte instrumental esencial de la estrategia española.

En vez de ser denostada –como todavía hoy ocurre en el imaginario popular–, podría pasar por ser la madre de la actual nación mexicana pues con ella probablemente se inicia el mestizaje.

Una mujer de altura, destruida por una difamante leyenda.

La Malinche, un enigma.

Alvaro Van Den Brule

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