Así nació España

Escrito por Alberto de Frutos el . Publicado en Muy interesante

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El concepto de España como unidad administrativa no es tan antiguo como pudiera parecer. Hay que partir de la colonización romana que dio a la Península el nombre de Hispania. Esta provincia surtió de personalidades muy destacadas al Imperio Romano: emperadores como Trajano, Adriano o Teodosio I, representantes de la cultura como Quintiliano, Séneca, Lucano, Marcial o el historiador Orosio, y religiosos como el obispo Osio nacieron dentro de los límites peninsulares.

El nombre de Hispania se mantuvo bajo la dominación visigoda, la cual, debido a sus escasos efectivos, fue incapaz de aglutinar a todo el territorio español. Así, la minoría visigoda tuvo que asimilar a la población hispanorromana para poder sobrevivir y maniobrar. Tras la anexión del reino suevo (Galicia), este pueblo germánico, que se había beneficiado del colapso del Imperio Romano, dio un paso de gigante para forjar una cierta idea de unidad entre los distintos territorios hispánicos. Y, sin salirnos de estas coordenadas, preciso es apuntar que uno de los gérmenes de la unificación peninsular se produjo durante los reinados de Leovigildo y Recaredo, que, entre otras cosas, llevaron a cabo un intento de unificación legislativa y religiosa necesaria para ahondar en el concepto de nación. No en vano afirma Luis A. García Moreno, tras estudiar la Crónica Mozárabe del 754, que “España constituía el ámbito territorial específico del reino godo de Toledo”.

En el año 711 tuvo lugar un hecho trascendental para el porvenir del territorio hispánico. Tras su victoria en la batalla del Guadalete, los musulmanes se adentraron en la Península sin encontrar apenas resistencia en el frágil reino de los visigodos. Como cabía esperar, no todos los territorios sufrieron el mismo grado de islamización, de la misma forma que tampoco habían sufrido el mismo grado de romanización. Así, hubo regiones que mantuvieron una cierta independencia con respecto al poder que empezaba a imperar en el resto de Hispania.

Los reinos cristianos se marcaron como objetivo expulsar a los invasores, un proceso dilatado en el tiempo y conocido, bastante más tarde, como Reconquista. Fue el empeño de los reinos cristianos el que condujo –no de forma inmediata, por supuesto– a la futura idea de España, con figuras de cohesión como el rex ibericus Sancho III de Navarra, una de las mayores personalidades hispanocristianas allá por el siglo XI. En uno de los textos fundamentales de la Edad Media, la Estoria de España, compuesta bajo la iniciativa de Alfonso X el Sabio, se atisba ese mismo anhelo merced a una amena síntesis de la historia de España desde sus orígenes bíblicos y legendarios hasta el reinado de Fernando III el Santo, con especial hincapié en el período que siguió a las invasiones germánicas.

Como afirma Miguel Ángel Ladero Quesada, “el término ‘nación española’, que encontramos en tantas y tan variadas fuentes y testimonios de la Baja Edad Media europea, no es el resultado de elucubraciones intelectuales minoritarias, sino el reconocimiento de un hecho nacional”.

Durante los últimos estadios de la Reconquista, la Corona de Castilla y la de Aragón estuvieron gobernadas por la dinastía de los Trastámara, que reinó en la primera entre 1369 y 1504 y en la segunda entre 1412 y 1516. El iniciador de esta dinastía, Enrique II, se mostró partidario de una política de alianzas matrimoniales que fortaleciera su sangre frente a sus enemigos. Así, su hijo, Juan I de Castilla, contrajo matrimonio en 1375 con la infanta Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso, con la que tuvo un hijo, Enrique III el Doliente, que sería, a su vez, abuelo de la reina católica, principal protagonista de esta historia. Bajo el reinado de Juan I se desarrolló, por cierto, una notable labor legislativa, con un gran protagonismo de las Cortes, convocadas con mucha frecuencia, todo lo cual puso las bases para la unificación efectiva de Castilla y la unión posterior con el otro gran reino peninsular, Aragón.

En 1457, cuando Isabel la Católica contaba seis años de edad, su hermanastro, el rey Enrique IV, llamado el Impotente, la prometió al infante de Aragón, Fernando. Pero la situación en ambos reinos era muy compleja. Cinco años después, Juan II de Aragón, que habría de convertirse en el gran ingeniero de esas nupcias reales, se abismaba en una guerra civil en las tierras del Principado, mientras que Castilla sufría el azote de una guerra civil cuyo telón simbólico se había alzado durante la Farsa de Ávila de julio de 1465.

El origen de este último conflicto se cifra en las disputas sucesorias entre Juana la Beltraneja e Isabel la Católica. Juana había nacido en 1462 y muy pronto empezaron a difundirse dudas sobre la paternidad de Enrique IV el Impotente, casado con la reina Juana de Portugal, quien, supuestamente, habría concebido a su hija de una relación con su favorito Beltrán de la Cueva. En consecuencia, el trono debía recaer en alguno de los hermanastros del rey, los pequeños Alfonso o Isabel. La diferencia de edad entre ambos –Alfonso era dos años mayor que Isabel– hizo que se considerara a este el sucesor natural. Sin embargo, Alfonso murió en julio de 1468 en Cardeñosa (Ávila), a la edad de 15 años y como consecuencia de una epidemia de peste que asoló Castilla. Dos meses después, se firmó el pacto de los Toros de Guisando, que reconocía como legítima heredera a Isabel, relegando a Juana la Beltraneja. El pacto implicaba también que el matrimonio de Isabel debía ser aprobado por su hermanastro. Como esta premisa no se cumplió –el Impotente se opuso a que Isabel se desposara con Fernando de Aragón, pues su favorito a la sazón era Alfonso V de Portugal–, el acuerdo perdió su vigencia y Enrique volvió a nombrar heredera a Juana. Los aliados de Isabel en esta guerra fueron Aragón y Navarra, por aquel entonces tutelada por la Corona de Aragón, mientras que a la Beltraneja la apoyaba una parte de la nobleza castellana, así como el reino de Portugal. A la postre, la muerte de Enrique el 12 de diciembre de 1474 dio el pistoletazo de salida al reinado efectivo de Isabel, que cinco años antes se había casado con Fernando.

Pero la muerte del Impotente no zanjó la cuestión dinástica. Antes al contrario, la guerra civil en Castilla se reavivó, puesto que Alfonso V de Portugal anunció su compromiso con Juana la Beltraneja, pero, debido a una serie de pasos diplomáticos en falso, así como a las victoriosas campañas de Fernando el Católico, que había acudido en apoyo de su esposa, la guerra civil se inclinó, finalmente, del lado isabelino.

Autor: Alberto de Frutos – Fuente: Historia de Iberia Vieja

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