La odisea del Essex

Escrito por Xabier Armendáriz el . Publicado en Muy interesante

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La terrible odisea del ballenero Essex. En 1820, un barco ballenero fue hundido por un cachalote en medio del océano Pacífico. Los tripulantes emprendieron un desesperado viaje a bordo de botes hasta la costa de América.

Muerte a los que viven, /larga vida a los que matan. /Éxito a las esposas de los marineros / y grasienta suerte a los balleneros ».Así brindaban a principios del siglo XIX los habitantes de Nantucket, la pequeña isla del noreste de Estados Unidos, entre Boston y Nueva York, que por entonces era el centro mundial de la caza de ballenas. Diezmados los cetáceos del Atlántico Norte, las decenas de buques-factoría que amarraban en la isla se habían lanzado a esquilmar los caladeros de América del Sur y el Pacífico. Cada expedición traía de vuelta cientos de barriles del preciado aceite de ballena, un material muy cotizado como lubricante, así como el no menos valioso ámbar gris, una secreción del sistema digestivo del cachalote usada en la elaboración d eperfumes o sustancias medicinales. Pero,además de eso, los marinos tenían audiencia asegurada para sus historias de persecuciones de cetáceos que culminaban con el golpe certero de los arponeros a bordode las balleneras, los botes de la época.

Sin embargo, la historia del ballenero Essex fue muy distinta a las demás. El navío partió de Nantucket el 12 de agosto de 1819 para una expedición que se preveía que durara dos años y medio y en la que alcanzaría el centro del océano Pacífico. Al mando se encontraba el recién estrenado capitán George Pollard, de 28 años, que tenía como primer oficial al arponero Owen Chase y como segundo oficial a Mathew Joy. La tripulación se completaba con otros dieciocho hombres, entre marineros, arponeros y grumetes, incluidos adolescentes como Owen Coffin, primo del capitán, o el grumete Thomas Nickerson. Siete de los marineros eran de raza negra.

Más tarde se recordaría que una extraña sensación de fatalidad flotaba en el ambiente en los muelles de Nantucket. Sus habitantes, mayoritariamente cuáqueros, parecían ser presa de la superstición. Durante el mes de julio un cometa había cruzado los cielos, una plaga de langostas asoló los cultivos comunales y una «extraordinaria serpiente marina de ojos negros y cuerpo de quince metros» fue vista en la costa. Los tripulantes más jóvenes e impresionables, como Coffin o Nickerson, se preguntaron «si era el mejormomentopara cruzar el cabo de Hornos», en el camino al océano Pacífico. Pero el ansia de riquezas fue más fuerte que los malos augurios y se tomóla decisión de zarpar.

La estela de las ballenas

Ya en el tercer día de travesía, una violenta tormenta golpeó el Essex. El barco escoró y el aparejo crujía de forma tan sobrecogedora que la tripulación vio cerca su final. El capitán Pollard estuvo a punto de dar la orden de regresar a Nantucket, pero Chase le convenció de continuar adelante. En Cabo Verde, donde arribaron a finales de septiembre, consiguieron reparar y sustituir las balleneras, hacer aguada y comprar algunos víveres. Pusieron proa a América del Sur, y a la altura de Brasil, en los 30º de latitud sur, cazaron su primer cachalote, a costa de perder una ballenera en el lance. A finales de año cruzaron el cabo de Hornos y luego bordearon varios meses la costa chilena sin encontrar ballenas. Su suerte cambió al llegar a Perú. En estas latitudes cazaron un cachalote cada cinco días, lo que les permitió llenar 450 barriles de aceite. Sin embargo, el estado de la mar les obligó a dirigirse al oeste, a la conocida como Pesquería de Alta Mar. En una última escala en las Galápagos cargaron tortugas gigantes y se internaron en la inmensidad del océano Pacífico.

Cuando se hallaban a más de 2.400 kilómetros de Perú, a las ocho de la mañana del 20 de noviembre de 1820, los marinos del Essex avistaron una manada de cachalotes liderada por un gran macho. Botaron las tres balleneras al mando del capitán y los oficiales. Al poco se hicieron varias presas, pero una cría de ballena golpeó el bote de Chase y éste tuvo que acercarse al barco para repararlo. Entonces el grumete Nickerson observó algo por la amura de babor del Essex: un enorme cachalote de casi 26 metros de largo y ochenta toneladas, que «venía por nosotros desde el banco en el que habíamos herido a tres de sus compañeras, como empujado por el deseo de vengarlas».

El animal golpeó brutalmente al barco dos veces, escorándolo cada vez más a babor. Los hombres tuvieron tiempo de salvar algunos víveres y reunirse todos en tres balleneras antes de que el Essex se hundiera. El capitán Pollard preguntó a un abrumado Chase: «Dios mío, señor Chase, ¿qué ha pasado?». «Un cachalote nos ha hundido», respondió confuso el primer oficial. Los náufragos se hallaban a 0º 40’ sur y 119º oeste, tan lejos de cualquier tierra conocida como se pueda estar. Hicieron recuento de los víveres salvados: cerca de 300 kilos de galleta, varios toneles de agua y algunas tortugas que habían nadado hasta las chalupas. Cada oficial tomó el mando de una ballenera. Pollard propuso ir a las Marquesas o a las islas de la Sociedad, adonde calculó que podrían llegar en 30 días, pero Chase, hombre de carácter más fuerte, y el inexperto Joy impusieron su criterio demarchar a América del Sur.

Canibalismo en alta mar

Gracias a que se salvó el baúl del capitán, éste y Chase dispusieron de instrumentos de navegación, por lo que decidieron que Joy debía limitarse a seguirlos. Fijaron rumbo a los 26o sur con la esperanza de encontrar brisas que les empujasen hacia la costa americana. El grumete Nickerson,en su diario de viaje hallado en 1960, escribiría que pronto se dieron cuenta «del delgado hilo del que pendían nuestras vidas». Los oficiales racionaron la galleta, según calculó Chase, a unas exiguas 500 calorías diarias, pero el agua escaseaba y se convirtió en el principal problema. Un mes después, a punto de morir de sed, alcanzaron la isla Henderson, un desolado islote coralino, refugio de algunas aves y con un manantial de agua tan escaso como salobre. En pocos días acabaron con la mayor parte de las aves de la isla. Para no sucumbir al hambre decidieron partir, aunque tres hombres optaron por quedarse.

La sed y el implacable sol pronto terminaron con los más débiles: el segundo oficial Joy, que fue sustituido por Hendricks al mando del tercer bote, y Peterson, en el bote de Chase. Sus compañeros arrojaron los cadáveres al mar, pero en los días siguientes el hambre y la sed los hicieron comprender que no podían desperdiciar aquella fuente de alimentación. De modo que, cuando murió uno de los marineros de raza negra –quizá por el déficit alimentario anterior al viaje que éstos sufrían–, fue descuartizado y asado sobre una piedra plana en el fondo de la embarcación. Comenzaba una espiral de antropofagia que les llevaría al borde de la locura. Además, todos los botes acabaron separándose, y del de Hendricks y sus compañeros nunca volvió a saberse. Pero la escena más dramática se produjo en la ballenera del capitán Pollard. Allí, cuando sólo quedaban cuatro hombres, el capitán fue persuadido de echar a suertes a quién matar para que los otros sobrevivieran. El elegido fue el primo de 18 años del capitán, Owen Coffin. El muchacho se resignó a su suerte y murió a manos de Ramsdell, el marino que había propuesto la idea.

El 23 de febrero de 1821, tres meses después del incidente con el cachalote, la tripulación del Dauphin avistó una ballenera repleta de huesos humanos blanqueados por el sol, donde dos hombres famélicos roían y chupaban asustados el tuétano de los huesos. Se trababa de Pollard y Ramsdell. El otro bote, con Chase, Lawrence y Nickerson, había sido rescatado por otro barco días antes, en condiciones parecidas. Los tres hombres que permanecieron en la isla Henderson serían encontrados el 5 de abril y rescatados con vida.

El capitán Pollard volvió a embarcarse al mando de un ballenero y naufragó en arrecifes desconocidos; terminó sus días como un anónimo guarda de seguridad. En cuanto a Owen Chase, murió medio loco, años después, obsesionado por esconder comida en el desván de su casa.

Xabier Armendáriz - Historiador marítimo - National Geographic

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