Sin innovación

Escrito por Mark Buchanan el . Publicado en Muy interesante

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La innovación pierde fuelle. La invención de técnicas completamente nuevas es cada vez menos frecuente.

En un estimulante artículo publicado en agosto de 2012, el economista Robert Gordon, de la Universidad Noroccidental de EE.UU., se preguntaba si el rápido crecimiento económico y tecnológico de los últimos siglos no habrá sido un fenómeno transitorio que ha llegado ya a su fin —una tesis en clara contradicción con la creencia actual en la naturaleza desbordantemente creativa y «disruptiva» de las industrias tecnológicas de hoy.

Lo cierto es que un crecimiento de ese tipo no ha sido la norma a lo largo de la historia. Hasta 1700, los humanos estuvieron viviendo más o menos de la misma forma que hacía miles de años. Llegó entonces la Revolución Industrial, con sus oleadas de cambio en la ciencia y la técnica. Hoy nos encontramos en el frente posterior de esa explosión, y casi todo el mundo espera que continúe, quizás incluso que se acelere, y nos impulse hacia un futuro que apenas podemos imaginar. Pero cabe también dentro de lo posible, apuntaba Gordon, que los últimos doscientos años hayan sido el reflejo de nuestra expansión intelectual a través de un campo abierto donde abundaban los descubrimientos hasta cierto punto fáciles y que cada vez resulte más difícil inventar técnicas realmente revolucionarias.

Pensemos en el transporte. Hacia 1800, la manera más rápida de viajar la proporcionaba el caballo; llegaron luego el tren de vapor y los vehículos a motor, y todavía después los aviones de hélice y los reactores. A mediados de los años cincuenta se alcanzaron velocidades de 800 kilómetros por hora. Hoy, la velocidad se ha estancado e incluso ha disminuido por la necesidad de ahorrar combustible.

Un equipo dirigido por Hyejin Youn, de la Universidad de Oxford, ha estudiado el ritmo de la innovación a partir de las patentes estadounidenses concedidas a lo largo de más de doscientos años. A tenor de sus resultados, quizá no le falte razón a Gordon.

La Oficina de Patentes y Marcas de EE.UU. protege los inventos por medio de patentes y los define como «conjuntos de capacidades técnicas ligadas». Cada patente se etiqueta con una ristra de códigos que describen las capacidades técnicas que el invento asociado emplea. El trabajo de Youn muestra algunas tendencias interesantes. En el siglo xix, casi la mitad de las patentes correspondían a inventos de código simple, es decir, basados en una sola técnica. Esta proporción declinó paulatinamente a lo largo del siglo xx y hoy ronda el 12 %. Los inventos por combinación, en cambio, se han convertido en la norma. Al menos durante el siglo pasado, hemos creado inventos más deprisa que técnicas.

El paso a la innovación combinatoria se manifiesta también en la evolución del número total de patentes, de códigos y de combinaciones de códigos. Desde 1790, los tres crecieron exponencialmente durante ochenta años, período (estrechamente ligado a los comienzos de la Revolución Industrial) donde la mayoría de los inventos guardaba relación con técnicas nuevas. Las cosas cambiaron a partir de 1870, cuando el crecimiento del número de códigos de técnicas se frenó y quedó por detrás del crecimiento del número de patentes y del de combinaciones nuevas. En otras palabras, la naturaleza de la invención cambió a partir de 1870: se fueron inventando nuevas técnicas más despacio, pero siguieron creándose nuevos inventos tan deprisa como antes, coordinando viejas técnicas de nuevas maneras. Desde entonces, la invención ha sido esencialmente combinatoria y ha seguido un patrón bastante regular: un 40 % de los inventos han reutilizado una combinación ya existente de técnicas, mientras que un 60 % han introducido una combinación completamente nueva.

Aun así, la invención ha sido más creativa en unos períodos que en otros. Valiéndose de los códigos de técnicas, es posible calcular, en un período dado, la proporción de inventos que se crearon coordinando técnicas muy dispares y la de los que mezclaban técnicas pertenecientes a un solo dominio. A los primeros se los podría llamar inventos «amplios»; a los segundos, «estrechos». Los datos muestran que, antes de 1930, las combinaciones amplias correspondían a la mitad de los inventos; en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial (de las que suele decirse que fueron particularmente creativas para la economía estadounidense), ese porcentaje aumentó de golpe al 70 %, y, a partir de 1970, disminuyó de nuevo hasta el 50 %.

En resumidas cuentas, la invención de técnicas nuevas desempeña hoy un papel mínimo en la innovación, lo que concuerda con la idea defendida por Gordon de que los avances técnicos serán cada vez más lentos o, al menos, graduales. Si ello es cierto, entrañará enormes consecuencias para las economías actuales, que requieren que la innovación vaya deprisa.

Pero quizá estemos a punto de irrumpir en algún dominio nuevo de la ciencia, radicalmente diferente de nada que podamos hoy imaginar y donde las innovaciones fáciles serán de nuevo posibles (no cabe duda de que hay campos prometedores, como la biología sintética o la nanociencia). O quizás encontremos la innovación rápida donde más la necesitamos de verdad: no en física ni en ingeniería, sino en las técnicas para abordar problemas sociales y estimular la cooperación ante los problemas globales. Sería toda una sorpresa.

Mark Buchanan, físico teórico, es escritor y columnista de Nature Physics (Artículo original publicado en Nature Physics vol. 11, enero de 2015. Traducido con el permiso de Macmillan Publishers Ltd. © 2015) - Investigación y Ciencia

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