Barcos voladores

Escrito por Lorenzo Fernandez Bueno el . Publicado en Muy interesante

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“ASTRONAUTAS EN APUROS”

De esta manera tan sugerente y un tanto irónica, los folkloristas y ufólogos Jacques Valley y Chris Aubeck enumeraron sucintamente varios curiosos sucesos medievales en su obra Wonders in the Sky. Lo cierto es que estamos ante unos relatos francamente originales, protagonizados por unos no menos inesperados barcos voladores capaces de surcar los cielos de las Islas Británicas ante el asombro de poblaciones enteras. Pero lo más extravagante de estos avistamientos consignados como verídicos por sus cronistas, es la insólita conducta de sus respectivas tripulaciones. Un comportamiento tan surrealista como difícil de explicar por historiadores y antropólogos modernos.

Ya en 1184, el cronista francés Geoffrey, prior de San Pedro de Vigeois, registró la aparición de un barco flotante que había dejado caer su ancla en el centro de Londres. Pero más extraordinario resulta otro incidente parecido y recopilado varios lustros después. Entonces, Gervasio de Tilbury (1155 -1234) cronista inglés de eventos y curiosidades históricas, reseñó el avistamiento de un navío volador en su obra Otio Imperialia del año 1211 donde ahondaba en pormenores: “Sucedió un día de fiesta en Inglaterra, mientras la gente estaba saliendo de la iglesia parroquial después de escuchar la misa mayor. El día estaba muy nublado y bastante oscuro a causa de las densas nubes. Para estupefacción de los presentes, el ancla de un barco se vio atrapada en una lápida dentro de los muros del cementerio, con su cuerda estirada y colgando de las nubes. La gente daba diversas opiniones al respecto, aunque después de un tiempo, vieron el movimiento de la cuerda como si se estuviera intentando liberar el ancla. Al ver que no cedía rápidamente, desde el aire húmedo se escucharon agitadas voces como si los marineros forcejearan entre sí para recuperar el ancla que habían arrojado. Pronto, tras ver que sus esfuerzos eran vanos, los marineros enviaron a uno de los suyos hacia abajo. Utilizando la misma técnica que nuestros marineros terrenales, el individuo agarró la cuerda del ancla y se descolgó por ella, balanceándose con una mano detrás de la otra. Apenas había tocado el ancla, cuando fue capturado por los presentes. Sin embargo, falleció en manos de sus captores, asfixiado al respirar la humedad de nuestro aire denso como si se estuviera ahogando en el mar. Los otrosmarineros desde arriba esperaron una hora y, luego, concluyeron que su compañero se había ahogado. Cortaron la cuerda y navegaron lejos, dejándose atrás su ancla. Así, enmemoria de este evento, se decidió oportunamente que el hierro de esa ancla debía ser utilizada para hacer unos ornamentos forjados sobre la puerta de la iglesia, y todavía ahí permanecen para que todos los vean”.

Unos cuarenta años más tarde, otro texto recogía un relato de similares características aunque incluyendo algunas diferencias importantes. La acción se situaba en el monasterio irlandés de Clonmacnoise y fue registrada por un autor anónimo en su obra Speculum Regale, elaborada hacia 1250. Según esta versión, en dicha ciudad de Clonmacnoise “había una iglesia dedicada a la memoria de un santo llamado Kiranus. Un domingo, mientras el pueblo estaba celebrando la misa, cayó un ancla desde el cielo como si hubiera sido lanzada desde un barco; estaba unida a una cuerda y uno de sus extremos quedó atrapado en el arco superior de la puerta de la iglesia. Toda la gente salió de la iglesia y se maravillaron mucho cuando siguieron con sus ojos la cuerda hacia las alturas.

Entonces vieron un barco flotando al final de la cuerda del ancla; y pronto contemplaron cómo un hombre saltaba por la borda y buceaba hasta el ancla para liberarla. Los movimientos de las manos y los pies y todas sus acciones parecían las de un hombre nadando en el agua. Cuando bajó al ancla, trató de aflojarla, pero la gente de inmediato corrió y consiguieron apoderarse del marino. Esta iglesia donde quedó fijada el ancla, cuenta con cátedra para el obispo. Y el obispo estaba presente cuando esto ocurrió. Él prohibió a sus fieles detener al hombre porque, dijo, podría resultar fatal al igual que le pasa a quien se mantiene demasiado tiempo bajo el agua. Tan pronto como el hombre fue puesto en libertad, se apresuró a regresar a la nave; y cuando llegó, la tripulación cortó la cuerda y el barco navegó hasta perderse de vista. Pero el ancla se ha mantenido en la iglesia desde entonces como testimonio de este suceso”.

Clonmacnoise fue uno de los monasterios más importantes y prestigiosos de Irlanda entre los años 700 y 1200. Debido a su posición estratégica en un fecundo nudo de comunicaciones, sufrió repetidos ataques, saqueos e incendios vikingos y, a partir del siglo XIII, entró en decadencia hasta ser abandonado completamente ya en el siglo XVIII. Hoy sus solitarias ruinas apenas dan cuenta del esplendor perdido, cuando la vida cultural, comercial y religiosa florecía en su seno hasta límites imposibles de reconocer actualmente. Prueba de ello son las nueve iglesias que llegó a tener en sus años de mayor bonanza.

No obstante, la primera vez que este próspero enclave monástico se vio envuelto en un prodigio de tales características quedó anotada en los Anales del Ulster. Allí se dice muy escuetamente que, el año 749, “barcos con sus tripulaciones fueron vistos en el aires sobre Clonmacnoise”.

Otra historia similar aconteció en Teltown. El Book of Ballymote escrito en el siglo XIV, pero inspirado en un texto latino de Nennius redactado hacia el siglo X, cuenta cómo estando cierto día el rey Congalach de Irlanda, hijo de Maelmithig y fallecido hacia 956, en la feria de Teltown, vio un barco surcando el cielo. Uno de sus tripulantes había lanzado su arpón a un salmón. El arpón cayó ante la asamblea reunida en la villa y un hombre saltó detrás del pez ensartado desde el navío: “Mientras el hombre que vino de arriba tomaba el extremo del arpón, otro hombre de aquí abajo le agarró. Entonces, el que vino de arriba dijo: ‘Me estoy ahogando’. Y el rey Congalach ordenó: ‘Dejadle ir’. Así se le permitió subir y se marchó de los demás nadando”.

DIFÍCIL EXPLICACIÓN

A pesar de sus variaciones y tal y como ha señalado el historiador irlandés Michael McCaughan, estas crónicas tienen características comunes y comparten una serie de rasgos que son fácilmente identificables. Los avistamientos extraordinarios son considerados como acontecimientos históricos reales y se transmiten durante toda la Edad Media como un hecho verídico, sin ficción alguna, con independencia de su evidente dimensión sobrenatural. Además, los eventos son contemplados por numerosas personas, ya sean laicas. como en Teltown, o religiosas, como en el monasterio de Clonmacnoise. Por otro lado, se da un curioso juego de espejos o conflicto de perspectivas. Desde el suelo, los barcos están surcando los cielos por encima de sus observadores. En cambio, desde los navíos voladores, el aire que separa a la embarcación de la tierra se percibe como unmundo submarino donde los marineros pueden pescar salmones, nadar o bucear. En consecuencia, para quienes habitan las alturas, la atmósfera se concibe como agua demar y losmarineros terminan por ahogarse si se mantienen en ellamás de la cuenta.

El sentido de esta historia es un verdadero quebradero de cabeza para los folkloristas y estudiosos de la mentalidad medieval.Habitualmente, los prodigios de esta naturaleza se inspiran en fuentes clásicas o populares cuya influencia puede ser rastreada o deducida con mayor o menor pericia. Otras veces, esta suerte de narraciones maravillosas son confeccionadas con la evidente intención de ilustrar alguna moraleja piadosa o dar aliento a alguna causa política o religiosa delmomento en el que se difunden. Sin embargo, los avistamientos de barcos flotantes no son fáciles de conectar con ningún precedente literario o motivo interesado. No parecen estar sujetos a un patrón cultural conocido ni tampoco se detecta con claridad el mensaje oculto detrás de tan insólitos portentos, si es que realmente existe.

Una posibilidad que han barajado especialistas como Miceal Ross o el citadoMichael McCaughan, es que tales relatos sirvieran para demostrar la creencia defendida por algunos eruditosmedievales de que el mar terrenal se elevaba en sus extremosmás lejanos e inaccesibles hacia la bóveda celeste y cubría las alturas. Esa disposición de mares terrenales bajo otros celestiales se correspondería con aquel pasaje primigenio del Génesis según el cual Dios separó las aguas al comienzo de la creación dejando el aire enmedio. Por lo tanto, las narraciones de navíos volantes habrían nacido con el propósito de confirmar tal conjetura bíblica. Así,Miceal cita al mencionado cronista Tilbury cuando comienza su relato del ancla caída del cielo afirmando que ese “extraño suceso, es ampliamente conocido, ocurrió en nuestros días pero, no obstante, es causa demaravilla y una prueba de la existencia de unmar superior”.Más adelante, Tilbury, para probar la existencia de esemar superior, aportó otro relato donde un marinero que partió en su barco hacia Irlanda desde las costas de Inglaterra había dejado a su familia en Bristol. Sin embargo, el barco perdió el rumbo y abandonó la ruta prevista adentrándose por latitudes desconocidas del océano. Una noche,mientras elmarinero limpiaba su cuchillo en cubierta después de cenar, el navío se zarandeó e hizo que el cubierto cayera por la borda. Instantes después, cuando la esposa del tripulante estaba junto a sus hijos, vio clavarse en lamesa el cuchillo de su marido, caído del cielo. Lamujer enseguida reconoció aquel cubierto y, cuando regresó su esposo, contrastaron fechas y comprobaron que ambos actos correspondían al mismo incidente: el barco delmarido había surcado los mares superiores justo a la altura de su propia casa.

Conviene reseñar que esta hipótesis explicativa de la creencia en unmar celestial y bíblico, paradójicamente, hace aguas de manera bastante clamorosa. Si algo resulta llamativo en los relatos de los navíos voladores es que sus pilotos no respiran nuestro aire. Su mundo no es el nuestro. Desde luego, no es una mera prolongación física de los océanos terrestres, sino una particular réplica invertida de la realidad, donde nuestra atmósfera funcionaría para ellos como un auténtico océano. Por resumirlo rotundamente, el marinero del cuchillo no es el marinero del ancla o el salmón. El primero no se ahoga al respirar nuestro aire y el segundo sí. No cabe duda de que Tilbury quería demostrar su hipótesis bíblica del mar superior, pero el primer relato escogido por él como prueba –la caída del ancla- era una historia tradicional inglesa que había nacido al margen de toda sesuda reflexión teológica y que el cronista trató de usar en su propio beneficio intelectual. Ahora bien, de ningún modo parece un relato equiparable al del cuchillo caído del cielo.

El misterio continúa.

Lorenzo Fernandez Bueno - Enigmas

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