Demonios en la Edad Media

Escrito por Moisés Garrido Vázquez el . Publicado en Muy interesante

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Visiones demoniacas en la Edad Media.

En los antiguos tratados de demonología y en las actas inquisitoriales nos encontramos con casos de apariciones de demonios y de posesiones. ¿realmente son visiones que hemos de tomar literalmente? ¿o son más bien escenas arquetípicas y proyecciones de nuestra mente? Repasemos algunas de esas crónicas medievales…

El mal es una fuerza poderosísima que, a lo largo de la historia, ha sido atribuida a la acción de espíritus malignos que acechan al hombre para destruir su moral y conducirlo hacia el camino de la perdición. Eso sí, siempre se ha dicho –en nuestro contexto judeocristiano– que es Dios quien mediante la tentación del mal pone a prueba al ser humano. En ese caso, el demonio –palabra derivada del griego daimon– no dejaría de ser un instrumento usado por el Creador para llevar a cabo sus inescrutables designios. Leemos en el Catecismo de la Iglesia católica: “Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio”. Y una gran contradicción, añadiría yo, pues ¿cómo se puede concebir que el Dios todopoderoso y bondadoso incluyera en su creación a un enemigo tan destructivo que se rebela contra el Padre y ejerce la iniquidad contra los hombres?

Dejando a un lado este irresoluble dilema teológico, lo cierto es que, desde los inicios del Cristianismo, monjes, eremitas y hasta obispos no tardaron en sufrir las tentaciones del maligno, a veces en forma de bellas y seductoras mujeres desnudas –Lilith, demonio de origen sumerio y el más antiguo de los súcubos, también seducía con sus encantos a los hombres–. Fue el caso de san Hipólito, Clemente de Alejandría y del abad Equitio, por citar algunos ejemplos. Como siempre, el sexo es una de las armas más utilizadas por Satán –cuya primera mención aparece en Job I, 6– y sus secuaces para tentar al hombre, sobre todo a quienes hacen votos de castidad y renuncian a los placeres de la carne, mortificando sus cuerpos con castigos autoinfligidos para purgar sus pecados –es evidente que los diablos son símbolos que personifican los elementos no sublimados de nuestra vida instintiva–.

Sea como fuere, la Edad Media se convirtió en la era dorada de la brujería, los aquelarres –del euskera aker, cabrón, y larre, prado: “prado del macho cabrío”– y los pactos con el diablo. Las brujas invocaban a las huestes infernales para conseguir sus favores y, de paso, tener comercio carnal. En diversas regiones españolas, francesas e italianas, se celebraron numerosos aquelarres en la Edad Media. Pierre de Rostegny, señor de Lancre y juez investigador sobre causas de brujería, recoge en su obra Tableau de l’inconstance des mauvais anges et des démons, el sumario de los procesos que élmismo presidió. En sólo cuatro años, llevó a la hoguera a 600mujeres acusadas de practicar la brujería y establecer contacto con el diablo. “El aquelarre se asemeja a una feria demercaderes, en la que todos se entremezclan enfurecidos ymedio enloquecidos, formando una muchedumbre de hasta cienmil devotos de Satanás que llegan de todos los rincones”, aseveró. No sabemos quién era más diabólico en su crueldad, si el propio diablo o los inquisidores que torturaron y asesinaron a tantísimas personas –la caza de brujas se convirtió en una locura colectiva y cualquier extraño lunar, cicatriz o anormalidad en el cuerpo del acusado era signo inequívoco de su trato con Satán, el sigillum diaboli–, muchas de ellas inocentes de las acusaciones de brujería. No obstante, encontramos pormenorizados relatos sobre visiones diabólicas e infernales. La descripción de los demonios que leemos en algunos tratados de demonología, como De Daemonialitate, et incubus et succubus, de Ludovico Maria Sinistrari, sorprende sobremanera. En esa época de oscurantismo y superstición, las bulas contra la brujería se sucedieron para luchar contra aquellos que pactaban con el diablo y se dejaban seducir por sus maquiavélicas artes sombrías. En Super illius specula, elaborada por el papa Juan XXII en 1326, leemos: “Hemos sabido con profunda pena, que muchas personas, que son cristianas sólo de nombre, han pecado. Se relacionan con la muerte y establecen alianzas con el infierno ya que ofrecen sacrificios a sus demonios. Les adoran, hacen imágenes de ellos, anillos, espejos, frascos, o cualquier otro objeto donde encierran a los demonios por arte de magia; les interrogan, obtienen respuestas, piden ayuda para satisfacer sus deseos perversos, se declaran esclavos fétidos en los fines más repugnantes. ¡Oh, dolor! Es un mundo de hechos realmente insólitos que poco a poco va contagiando a los rebaños de Cristo…”.

Tengamos presente que las visiones de seres divinos e infernales han existido siempre, desde las culturas más arcaicas. “El perpetuo drama del mal, de los sufrimientos y de la muerte se reflejan en mitemas demoníacos en todas las culturas”, sostiene Alfonso M. di Nola en su documentada obra Historia del diablo (1987). No hay religión en la que no hayan surgido historias sobre apariciones y revelaciones sobrenaturales. Lo numinoso forma parte intrínseca del acervo religioso y, por ende, de la naturaleza humana. El Cristianismo es rico en este tipo de experiencias visionarias. Místicos y endemoniados hablan de encuentros con diablos e incluso confiesan haber viajado en espíritu a las puertas del infierno. Muchos textos medievales de carácter teológico y demonológico narran tales contactos con el lado oscuro.

LOS MIL ROSTROS DEL DIABLO

“Vi al pie de mi cama un pequeño monstruo de forma humana. Tenía el cuello delgado, la cara seca, los ojos muy negros, la frente estrecha y arrugada, la nariz chata, una boca enorme, los labios hinchados, el mentón corto y afilado, una barba de macho cabrío, las orejas rectas y puntiagudas, los cabellos tiesos y en desorden, unos dientes de perro, el occipucio puntiagudo, corcovado de pecho y espalda, los vestidos sórdidos; el monstruo se agitaba furiosamente”.

Así describe el monje Raoul Glaber en su libro Histoires, escrito a finales del siglo X, su visión de un demonio. Relatos de este tipo no son nada infrecuentes. Hoy, los casos de apariciones al borde de la cama, sean de rasgos angelicales o diabólicos, son interpretados desde la psicología como alucinaciones hipnagógicas durante la fase crepuscular. “La ciencia actual, sobre todo la psicológica, trata de buscar una causa explicable para todo fenómeno. Y, en este sentido, se deduce que la aparición de Satán y de sus demonios a los anacoretas podría ser una especie de alucinación, producida por ciertos estados orgánicos de agotamiento físico o por un excesivo celo religioso y una represión a ultranza”, afirma Frederik Koning, especialista en demonología.

Quizá sea así, o quizá no… ¿quién sabe? Hay visiones muy complejas, bastante vívidas, que vienen acompañadas de fenomenología paranormal. Pero, al margen de posibles explicaciones racionales, lo cierto es que las descripciones son tan detalladas, contienen tantos elementos arquetípicos y generan una intensidad emocional tan considerable que, tengan el origen que tengan, el perceptor vive dichas visiones como si fuesen reales. El terror que les produce es absoluto. “Los ojos del Diablo son como la estrella matutina. Del hueco de su boca salen lámparas encendidas y hogares de fuego. El humo de un horno inflamado por las brasas de fuego llamea en las ventanas de su nariz. Su aliento es de carbón y de su boca salen llamas”, narra el obispo Atanasio en su obra Vida de Antonio, de enorme difusión gracias a una traducción al latín en el año 388. Este libro, que gozó de una gran influencia durante la Edad Media, relata visiones y ataques diabólicos sufridos por el célebre ermitaño san Antonio. El diablo se le manifestaba, en ocasiones, con el aspecto de una mujer lasciva. Aunque había veces que le atacaba una jauría de demonios zoomorfos –serpientes, lobos, leones, toros…–: Otros eremitas como Macario y Evagrio Póntico también fueron asaltados por pequeños y pérfidos diablos que habitan en el aire. San Cesario, prior del monasterio de Heisterbach, fallecido en 1240, aseguraba que “el diablo puede aparecer en forma de caballo, gato, perro, buey, simio y oso, pero también puede adoptar los rasgos de un hombre bien vestido, de un soldado elegante, de un campesino vigoroso o de una hermosa muchacha”.

Aunque en los primeros siglos del Cristianismo, Satán –el príncipe de este mundo que mantendrá su dominio hasta el retorno de Cristo al final de los tiempos– es representado generalmente como lo que es, un ángel expulsado del cielo –según ciertas versiones medievales, los ángeles caídos alcanzaron la cifra de 133.306.668 y estaban divididos en jerarquías–, no es hasta el siglo X, coincidiendo con ciertos conflictos sociales, brotes de fanatismo religioso, expectativas escatológicas y temores milenaristas que recorrieron toda Europa, cuando ya se fueron configurando sus rasgos más horripilantes, adoptando la apariencia de una figura monstruosa, híbrida entre humano deforme y animal, con mirada amenazante, colmillos afilados, cuernos y demás atributos repulsivos. Un ser con especial fijación hacia la lujuria. Ya decía Freud que el diablo personifica pulsiones inconscientes y remueve los componentes sexuales.

Como a veces el demonio solía manifestarse a modo de figura humana, había que buscar ciertos rasgos para identificarlo. El jesuita belga Martin Antoine del Río, en su obra Disquisitionum Magicarum (1599), nos los detallaba: “El hombre debe ser negro, viejo rijoso y mal oliente. Ha de ser gigantesco, y si tiene alguna malformación, mucho mejor. También puede ser muy moreno y barbudo, con la nariz deforme, o al menos muy aguileña. La boca ha de estar abierta y muy rasgada. Los ojos han de ser brillantes y muy hundidos, manos y pies ganchudos como los de los animales, brazos y muslos delgados y peludos, piernas de asno o de cabra, pies como pezuñas y estatura o demasiado alta o demasiado pequeña, y contrahecho”.

BRUJAS Y SEXO

Así pues, surgieron las misas negras y muchas brujas aseguraron ver y tocar a Satán. En los akelarres –sabbat o reuniones nocturnas de brujas–, hacía acto de presencia como macho cabrío. Y las brujas lo llamaban Martinet. “El macho cabrío poseía el doble valor de ser la encarnación del diablo, de las fuerzas ocultas diabólicas y símbolo de la lujuría. Reunía en sí las dos finalidades del akelarre, reales o imaginarios: adorar al diablo y dar vía libre a las más bajas pasiones”, explica Joaquín Grau en su obra El diablo (1962). Y así es como lo veía la bruja María Lescoriera. Aunque fuera del akelarre, lo percibía como un perro negro. “Pocas veces lo vi como un hombre”, reconoció. Unas adeptas confesaban que tenía el pene detrás; otras decían que era bifurcado, mientras que algunas declaraban que estaba cubierto de escamas; pero todas coincidían en que el miembro era frío como el hielo, igual que el semen. A pesar de que Satán les parecía repugnante –se materializaba, a veces, con dos caras, una en el trasero, tal y como lo vio una joven bruja vasca llamada María Azpileta–, sentían una extraña atracción hacia él hasta el punto de sucumbir a sus más bajos instintos. Durante la penetración, no era placer lo que sentían, sino dolor. A veces, sufrían hemorragias, pero lo aceptaban con sumisión. En ocasiones, el demonio se hacía súcubo, tomando el semen del hombre, para transformarse luego en íncubo y eyacular en la mujer. Es lo que contaban a los inquisidores durante sus interrogatorios. Y no sólo hablaban de Satán, sino también de Lucifer, Belcebú, Astharot… Jeanette d’Abadie, una muchacha de 16 años, declaró durante un interrogatorio que en el akelarre todos cometían incesto y que había sido desflorada por Satán, además de haber tenido sexo con un familiar suyo y otros hombres. Afirmó que “temía copular con el diablo, porque su miembro era escamoso y me causaba un dolor extraordinario, además su semen era sumamente frío”. Otra acusada, Marguerite Bremen, reconoció que su madre y ella volaron por los aires con una escoba entre las piernas hasta llegar a un lugar boscoso en el que se encontraron con otras mujeres y seis demonios. Tras el baile, los demonios copularon con ellas. ¿Se trataba de mujeres que daban riendas sueltas a sus fantasías sexuales en un contexto religioso de represión sexual y bajo el consumo de ciertas drogas alucinógenas? Sus testimonios nos dejan perplejos. ¿Acaso las adoradoras del diablo mentían deliberadamente sobre sus desenfrenados encuentros con demonios? Ulrich Molitor, canónico por la Universidad de Padua, se hizo experto en la cuestión hasta el punto de ser requerido por el archiduque Segismundo de Austria para publicar su dictamen. Así, en 1489 sacó a la luz una obra titulada De lamiis et pythonicis mulieribus. En su opinión, “en el sueño y en el estado de vigilia, pueden presentarse imágenes tan vívidas que el hombre cree verlas o estar actuando en la realidad. También, a veces, el diablo fascina a los ojos y encanta los demás sentidos de los hombres, que imaginan ver o hacer tal o cual cosa. Estas apariciones por imágenes o representaciones son operadas por el artificio del diablo, y es así por lo que los hombres imaginan o creen que sus sentidos físicos han sido testigos de una presencia real”. Más crítico fue Giovan Battista della Porta, quien en Magia naturalis sive de miraculis rerum naturalium (1589), sostuvo que los ungüentos empleados por las brujas provocaban pérdida de la conciencia y efectos alucinatorios con asombrosas escenas oníricas de contenido demoníaco y sensación de volar. Para él, lo que describían sobre el akelarre era fruto de la perturbación mental y una extraordinaria fantasía.

Aun así, los teólogos seguían sosteniendo en sus obras que los demonios existen y se manifiestan ante los hombres, aunque carecen de cuerpo material, creando la ilusión de tenerlo, como apuntaba Ambrogio de Vignati en su Tractatus de haereticis –lo cual contradice la opinión de algunos padres apologetas, quienes consideraban que los demonios tenían cuerpo hecho de materia, pero no de carne–. En el II Concilio de Nicea –año 787–, se concluyó que “aunque no son corporales del mismo modo que nosotros, que estamos hechos de los cuatro elementos, es imposible decir que los ángeles, los demonios y las almas son incorporales, pues han sido observados muchas veces, en su propio cuerpo, por aquellos a los que Dios ha abierto los ojos”. San Basilio sostenía que los cuerpos de los íncubos y súcubos eran encarnaciones compuestas de vapores condensados, lo cual les permitía hacerse visibles o invisibles, además de poder copular con humanos. Por su parte, los ilustres doctores de la Iglesia Agustín de Hipona, Alberto Magno y Tomás de Aquino aseveraron con rotundidad que los demonios son reales, poseen corporalidad y flotan en el aire en forma de íncubos y súcubos, hasta que se celebre el Juicio Final y sean enviados al infierno eternamente.

“El propio Satán, hábil para transformarse en ángel de luz, se apodera de la mente de cualquier mujer, la somete a la increencia y, con los otros demonios, se transforma y toma los aspectos y las apariencias de varias personas”, explica el Canon Episcopi, que data del siglo X y es considerado el índice primordial de los futuros tratamientos jurídicos de la brujería en los procesos inquisitoriales hasta el siglo XVIII. En dicho texto, se cuestiona la realidad de los akelarres, pero se acusa a las brujas de sustituir la fe en Dios por la fe en Satán, siendo un gravísimo pecado. En 1259, el papa Alejandro IV aprueba el uso de la tortura en los tribunales inquisitoriales y en 1274 se condena por primera vez a la hoguera a una mujer acusada de brujería. Se trató de Angela de Lebarthe, de 56 años, que dio a luz a un niño monstruoso, con cabeza de lobo y rabo semejante a una serpiente. Confesó, bajo tortura, haber mantenido relaciones sexuales con un demonio. Por su parte, Magdalena de la Cruz, monja franciscana y abadesa del convento de Santa Isabel de los Ángeles (Córdoba), que afirmaba tener abundantes visiones celestiales y realizar prodigios –se descubrió que eran falsos–, confesó finalmente que “copulaba desde la edad de 12 años con los íncubos Balbán y Patonio, y también con un demonio de espantosa lubricidad con piernas de macho cabrío, torso de hombre y rostro de fauno”. La inquisición la condenó a cadena perpetua. Se libró por poco de ser quemada. Sólo en 1350, en Carcassonne y Toulouse, fueron quemadas 600 personas acusadas de brujería. La caza de brujas resultó muy difícil de erradicar, favorecida por la superstición y el miedo. La inició oficialmente el papa Inocencio VIII con su bula Summis desiderantes aectibus, promulgada en 1484. Dos años más tarde, en 1486, se publica Malleus maleficarum –o Martillo de las brujas–, obra de los fanáticos dominicos alemanes Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, designados por el citado pontífice para emprender una feroz cruzada contra Satán y sus esbirros. Se considera el manual por excelencia para inquisidores. Su uso provocó una auténtica paranoia, viéndose demonios en cada esquina. Las denuncias por brujería se multiplicaron tras la difusión de esa nefasta obra, así como las posesiones, los exorcismos y los crímenes inquisitoriales. Según el historiador francés Gerald Messadié, autor de El diablo (1993), con la Edad Media “el mundo occidental entraba en la tiniebla espesa e infecta que bien podríamos titular la Era del Diablo, un akelarre auténticamente atroz, el de la creencia casi animal y patológica en la realidad del Diablo, paradójicamente alimentada por los mismos que sentaban la pretensión de moderarla. Principiaba una racha de homicidios perpetrados en nombre de Dios, es decir, absolutamente blasfematorios, pero provistos de todas las bendiciones papales: la más larga que haya conocido la historia de la humanidad (…)”.

VIAJES EXTÁTICOS A LAS TINIEBLAS

Las sombras destructivas que subyacen en este drama psicológico que supone la lucha entre el bien –Dios– y el mal –Satán–, desencadenaron, obviamente, toda una alienante y siniestra mitología diabólica, acentuada por la influencia ejercida por los pintores de la época, sobre todo, a partir del siglo XIII. Imágenes terroríficas de diablos torturando y desmembrando a una multitud de pecadores ardiendo en el fuego eterno del infierno o demonios gigantes devorando a sus víctimas retorcidas de dolor. Giotto, El Bosco, Brueghel… La iconografía diabólica se hizo muy popular. Y a la Iglesia, qué duda cabe, le vino bien usarla como un elemento más para ejercer su poder opresor. “La oscura conciencia colectiva de la Europa medieval constituyó un extraordinario campo abonado a la imaginación. Fue una época de magia y de renovado interés por los misterios de la Alquimia, la Cábala y los campos del saber que más tarde se convertirían en las protociencias. En unmedio semejante, ángeles y demonios eran invocados por los fieles o seguidores del diablo (…)”, escribe Malcolm Godwin en su obra Angels (1990). Aunque sean figuras imaginarias, los diablos son imágenes proyectadas de una gran carga mítica que representan nuestros temores más ocultos. Como aduce el psicoanalista Ernest Jones, la historia del diablo coincide con la historia del miedo propio de los psiquismos personales.

De cualquier modo, los relatos difundidos por algunos místicos durante sus vuelos extáticos son sumamente descriptivos, como los de la teóloga sueca del siglo XIV santa Brígida, que visitó las moradas infernales estando en trance. En su visión, vio un torrente hirviendo chorreando un terrible fuego, con un hedor más amargo que la bilis y peor que el sulfuro. Parecidas visiones tuvo la monja Hildegarda de Bingen, que vivió en el siglo XII. En su obra Revelaciones, cuenta que Satán se le manifestó en forma de bestia con una monstruosa cabeza negra, con ojos que expulsan llamas, orejas de asno y fauces enormes con colmillos de hierro. También la escritora y mística inglesa Juliana de Norwich, que murió en 1416, dijo enfrentarse a Satán. Otro de estos visionarios fue Tundale, quien tras ingerir un brebaje que, al parecer, contenía veneno, enfermó gravemente durante tres días y fue conducido hasta el infierno, donde pudo presenciar al mismísimo Satán. El relato, escrito por un monje irlandés en el año 1149, es extraordinariamente preciso: “Vio al Príncipe de las Tinieblas, el enemigo de la humanidad, el Diablo, cuya corpulencia eclipsaba a cualquier especie de animal. No fue capaz de encontrar una corpulencia comparable (…). Aquella bestia era muy negra, como el azabache, con un cuerpo de forma humana de la cabeza a los pies, excepto que tenía muchas manos y rabo. Aquel monstruo horrible tenía como mínimo mil manos, cada una de las cuales medía mil codos de longitud y diez codos de anchura. En cada mano había veinte dedos; tenían éstos unas largas garras con mil puntas, todas de hierro, y en los pies las mismas garras. Además, poseía un pico muy largo y grande; su cola era larguísima, afilada, preparada para herir a las almas con sus puntas aguzadas (…)”.

No crean que la cosa ha cambiado demasiado. En pleno siglo XXI se mantienen arraigadas muchas creencias medievales sobre el demonio. Hay misas negras, posesiones, exorcismos y visiones diabólicas. Y siguen existiendo brujas. En 1974, Pablo VI subrayó que “el diablo existe no solamente como símbolo del mal, sino como realidad física”. Una idea defendida por un buen número de creyentes. Mientras exista el mal y permanezca junto a nosotros, necesita ser personificado. Y la figura de Satán cumple perfectamente tal función. A su vez, la Iglesia saca provecho de todo ello. Cierto es que tenemos una parte oscura en nuestra naturaleza humana que, cuando emerge, es tan destructiva que preferimos creer que un poderoso espíritu maligno nos influye, nos tienta o nos posee. Pero como decía Carl G. Jung, “los demonios son intrusos procedentes del inconsciente, irrupciones espontáneas de complejos del inconsciente en la continuidad del proceso de nuestra conciencia. Los complejos son comparables a demonios que hostigan caprichosamente nuestro pensamiento y nuestra acción. Es por ello que, en la antigüedad y en la Edad Media, las perturbaciones neuróticas agudas eran consideradas como una consecuencia de la posesión”.

ANEXOS

BRUJERÍA Y PSIQUIATRÍA

“El concepto de enfermedad mental es análogo al de brujería. En el siglo XV se creía que algunas personas eran brujas. En el siglo XX, se piensa que algunos seres humanos están locos y que su modo de comportarse se debe a la enfermedad mental que padecen”, afirmó el psiquiatra Thomas S. Szasz en su obra The manufacture of madness (1970). Los actuales conocimientos médicos y psiquiátricos intentan arrojar luz sobre el origen de las visiones demoníacas y los casos de posesión. Freud ya publicó un trabajo pionero titulado Una neurosis demoníaca en el siglo XVII, en el que analiza bajo la lupa del psicoanálisis el caso del pintor Cristóbal Haitzmann, que tenía visiones del diablo y firmó un pacto de sangre con él. El reputado psiquiatra J.J. López Ibor, autor de ¿Cómo se fabrica una bruja? (1976), remarcó en su día que en la Edad Media “los enfermos fueron tratados como endemoniados, brujas, asesinos, asociales y enemigos de la sociedad. Se les encarceló en torres y jaulas. Se les maltrató y quemó en la hoguera. Fueron llamados herejes y embrujados cuando no eran sino pobres enfermos”. Según su opinión, la bruja no necesitaba ser “loca”. “En la mayoría de los casos se trataba de neuróticas, histéricas, deprimidas, personalidades psicopáticas y algunas débiles mentales”, adujo. Aunque mucho antes, Philippe Pinel, médico francés nacido en el siglo XVIII, ya había considerado que las brujas eran enfermas mentales. Por su parte, Charcot las calificó de histéricas. Con razón, el historiador de la medicina Henry Sigerist, apunta a que la moderna psiquiatría surgió como disciplina médica de un cambio de actitud con respecto a la brujería. No es de extrañar, pues, que para el psicoanalista Gregory Zilboorg, el Malleus Maleficarum fuese un extraordinario tratado de psiquiatría. Interesante, en este sentido, fue también la aportación realizada por el neuropsiquiatra francés Jean Lhermitte, autor de En poder del demonio (1956), quien consideraba las pseudoposesiones diabólicas como estados que corresponden a afecciones mentales, perfectamente individualizadas y, por tanto, identificables por el médico especialista.

“Actualmente, ya no se duda de la existencia real de ‘falsos posesos demoníacos’, es decir: enfermos mentales, cuya conducta anormal puede justificarse mediante una interpretación racional”, manifestó. Aunque también hay médicos que admiten la posesión, como el doctor Alfred Lechter, quien en 1948 escribió: “No me cabe la menor duda de que las posesiones se producen realmente, incluso en nuestros días, aunque es algo que pocas veces se admite. Yo mismo he visto un cierto número de casos a lo largo de mi carrera que no se podrían explicar adecuadamente en términos de psicología o psiquiatría”.

COITO DIABÓLICO

¿Es posible que una mujer pudiese quedar fecundada por un íncubo?, se preguntaron los teólogos durante siglos. Miguel Psellos, en su obra De Daemonibus, afirmó: “Si los demonios eyaculan semen, a éste le falta, como al cuerpo de quien procede, tanto calor que nada puede ser más incapaz y menos apto para la procreación”. Nicolás Rémy, autor de Daemonolatreiae libri tres, estaba de acuerdo respecto a la imposibilidad de que el demonio utilice semen de un cuerpo para fecundar: “Tampoco es posible que un demonio, actuando como súcubo, pueda obtener semen de un hombre vivo, ya que la vagina de un súcubo es fría como el hielo, y no puede, por tanto, estimular suficientemente el sistema nervioso del hombre, cosa necesaria para lograr una eyaculación”. Thomas Malvenda, sin embargo, manifestó en De Antichristo: “Para los demonios es muy fácil procurarse dicho semen, pues no tiene más que elegir hombres ardientes y robustos cuyo semen, por naturaleza, es muy copioso, y con los cuales tienen, como súcubos, comercio carnal, y entonces eligen mujeres de la misma constitución y copulan con ellas como íncubos, procurando que el hombre y la mujer tengan un orgasmo más intenso que el normal, pues cuanto mayor es la excitación sexual, más abundante es el semen”. Según algunos demonólogos, los niños engendrados por demonios presentan malformaciones, son muy glotones, chillan por la noche y mueren a temprana edad. También postulaban que el Anticristo nacería de la unión sexual entre Satán y una mujer virgen…

Belladona:

Conocida también como “la droga de las brujas”, es una planta de la familia de las solanáceas que contiene un alcaloide, la atropina, que en pequeñas dosis provoca alucinaciones, delirios, pérdida de memoria y, en algunos casos, la muerte.

Código Teodosiano:

Texto que promulga por primera vez una ley contra la práctica de la brujería en el año 429, al menos de manera oficial, porque había un precedente: en el Concilio de Ancira, en el 314, se declara que matar a través de un conjuro es pecado y obra del demonio. Wicca: Religión neopagana, vinculada con la brujería y otras creencias antiguas. Desarrollada en Inglaterra en las primeras décadas del siglo XX, su personaje más emblemático es Gerald Gardner, que la presentó al público en 1954.

Moisés Garrido Vázquez - Enigmas

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