Vigo y Julio Verne

Escrito por Mariano F. Urresti el . Publicado en Muy interesante

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Quien visite Vigo y pasee por los Jardines de Montero Ríos se sorprenderá ante una escultura en bronce que representa al escritor Julio Verne, sentado sobre un gigantesco calamar. ¿Qué relación tuvo éste con la ciudad de Vigo, y Vigo con 20.000 leguas de viaje submarino?

Se ha escrito con frecuencia que el creador de los Viajes Extraordinarios apenas movió su trasero de su casa de Amiens, donde vivió buena parte su vida –primero, en el Bulevar Longeville, hoy, Bulevar Julio Verne, adonde regresó para morir; y en ese tiempo intermedio, en el número 2 de la calle Charles Dubois, donde hoy abre sus puertas un museo en su honor–. Sin embargo, esa creencia es falsa, porque Julio Verne viajó, y mucho.

Su pasión por el mar hizo que fuera propietario de tres yates. A todos los bautizó como Saint Michel, tal vez como homenaje a su único hijo –Michel Jean Pierre-, que nació en la noche del 4 al 5 de agosto de 1861. Si fue así, resulta irónico dicho homenaje, puesto que padre e hijo mantuvieron una tormentosa relación.

A bordo de aquellos yates, el creador del capitán Nemo surcó los mares en repetidas ocasiones, y en dos de aquellas singladuras echó amarras en Vigo, circunstancia ésta que aproveché para construir buena parte de la trama de mi novela La tumba de Verne.

En la primavera de 1878, el novelista disfrutaba de su elegante Saint Michel III, con el que zarpó desde el Canal de la Mancha, y fue bordeando la costa bretona hasta Brest. Al llegar a Nantes, subieron a bordo su hermano Paul y Jules Hetzel, el hijo de su editor, entre otros amigos. Y todos juntos, reanudaron un viaje que les obligó a superar una durísima tormenta, refugiados en La Trinité-sur-Mer. Más tarde, reanudaron el viaje cruzando el Golfo de Vizcaya hasta recalar en Vigo en el mes de junio. Según el propio Verne escribió en una carta, tenían el viento y el mar en contra, y, de haber seguido adelante, habrían dado mil bandazos.

Para su regocijo, la ciudad de Vigo estaba en fiestas, y gracias a las gestiones del cónsul francés, pronto se supo que el famoso escritor acababa de echar amarras en el puerto. La gente se arremolinó para conocerlo, hubo bailes regionales en su honor e incluso pudieron admirar los fuegos artificiales y divertirse con la música al aire libre.

La bahía de Vigo tuvo siempre un atractivo especial para el genial bretón, como demostró en una de sus novelas inmortales: 20.000 leguas de viaje submarino.

El capítulo VIII de esa novela lleva por título “La bahía de Vigo”, y en él leemos el resumen de un capítulo de la historia de España que realiza el capitán Nemo al profesor Aronnax. Sitúa su narración en 1702, cuando el reinaba en España el duque de Anjou, con el nombre de Felipe V. Menciona un grupo de galeones cargados de oro y plata que, procedentes de América, se dirigían a España escoltados por una flota francesa de veintitrés buques comandada por el almirante Chateau-Renaud. España y su aliada por entonces, Francia, temían un ataque de la coalición integrada por Inglaterra, Holanda y Austria, según el relato de Nemo.

El convoy debía dirigirse al puerto de Cádiz, prosigue el personaje ideado por Verne, pero al tener noticia de que los ingleses rondaban aquellas aguas, el comandante decidió dirigirse a un puerto francés. Esta orden fue cuestionada por los marinos españoles, que impusieron su criterio de echar amarras en Vigo. Pero, añade Nemo, “desgraciadamente forma esta bahía una rada abierta”, lo que favoreció un ataque de la marina británica el 22 de octubre de 1702, antes de que hubiera desembarcado el oro.

Los buques, concluyó Nemo, fueron hundidos, y las riquezas que transportaban eran las mismas de las que él se nutría para poder llevar su extraordinaria vida, en el fondo del mar y lejos de los hombres.

MISTERIOSO ATENTADO

La seducción que Vigo ejerció sobre Julio Verne quedó patente seis años más tarde, en 1884, cuando el día 13 de mayo se embarcó en Nantes en el Saint Michel III dirigiéndose hacia el sur, bordeando la costa.

Al llegar a la bahía de Vigo, una vez más hizo escala y aprovechó para reparar una pequeña avería. Junto a Verne viajaba su hermano Paul, y también uno de sus hijos, posiblemente el misterioso Gaston, que por entonces tenía veinticuatro años de edad. El mismo que, dos años más tarde, disparó sobre su tío a la puerta de su casa de Amiens. Una de las balas no dio en el blanco, pero la otra se alojó en un pie del escritor dejándolo cojo para el resto de su vida. Jamás se esclarecieron las causas de aquel atentado.

EL VIAJE CONTINÚA

Tras visitar la bahía de Vigo, el Nautilus prosigue su viaje, según leemos en la famosa novela. Y no muy lejos de allí, Nemo invita a Aronnax y a los otros personajes que ha convertido en rehenes a emprender una excursión submarina que les conduce hasta los restos de la Atlántida. El profesor Aronnax describe de este modo lo que pudo ver: “aparecía ante mi vista una ciudad arruinada, con sus techos hundidos, sus templos derruidos, sus arcos dislocados, las columnatas caídas en tierra, donde aún podían reconocerse las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana…”.

Mariano F. Urresti - Enigmas

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