Alemania en gráficos

Escrito por Maldito Insolente el . Publicado en Reportajes gráficos

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La historia de Alemania en gráficos.

La historia de Alemania comienza en una tierra de bosques, costas azotadas por el viento y montañas habitadas por tribus celtas y germánicas, que lucharon contra legiones romanas en la periferia del mundo entonces conocido. En el s. IX, las regiones al este del Rin desarrollaron su propia identidad y, por primera vez, se pudo hablar de gobernantes “alemanes”, de los cuales el más ilustre fue Carlomagno. Pero la región permaneció durante largo tiempo atomizada en cientos de ducados, principados, ciudades libres, territorios de órdenes militares y otras estructuras, en un complejo y difícil equilibrio bajo la autoridad más teórica que real del Sacro Imperio Romano Germánico. La Edad Media estuvo marcada por este complejo y enorme entramado, que incluía grandes regiones de la Europa central, como las actuales Austria y Bohemia, gran parte de lo que hoy es Polonia o el norte de Italia. En la época destacaron, empero, relevantes figuras que intentaron superar las diferencias entre los muchos territorios imperiales, como Enrique I el Pajarero o Federico I Barbarroja. Ya en la edad moderna, la profunda revolución que supusieron las tesis de Lutero condujeron a graves enfrentamientos políticos que llevaron a la devastadora Guerra de los Treinta Años. El poderoso Otto von Bismarck unificó el país bajo el poder de Guillermo I, rey de Prusia y primer emperador de Alemania. El II Reich alemán era un Estado federal que con la supremacía de Prusia inició un tortuoso camino que le llevó a la Gran Guerra. El Tratado de Versalles, con sus humillantes condiciones, sentó las bases para el ascenso de Hitler y el nazismo, previo el breve y ambivalente interludio de la República de Weimar. El III Reich llevó al país a la II Guerra Mundial, al desastre y a una nueva humillación. La Guerra Fría volvió a dividir Alemania; esta vez en el dictatorial este comunista y en el opulento y capitalista oeste, protagonista del llamado “milagro económico alemán” de las décadas de 1950 y 1960. Esta riqueza y poder industrial, y la reunificación que siguió a la caída del Muro de Berlín, son las raíces del país actual.

TRIBUS Y ROMANOS

Los primeros habitantes de lo que hoy es Alemania fueron los celtas, a los que siguieron las tribus germánicas. En la Edad del Hierro (a partir del 800 a.C. aprox.), los clanes germánicos de la meseta septentrional alemana y de las tierras altas centrales ocupaban los márgenes de las regiones celtas, por lo que recibieron la influencia cultural de este pueblo, si bien nunca llegaron a integrarse en él. Hoy en día aún pueden encontrarse muestras claras de dicho influjo en Thale, en el macizo del Harz.

A partir del 100 a.C., las tribus germánicas del este del Rin y los romanos iniciaron una cruenta lucha por el control del territorio al otro lado del río hasta el año 9 d.C., cuando el general romano Quintillo Varo perdió tres legiones (unos 20 000 hombres) en la sangrienta batalla del Bosque de Teutoburgo y los romanos abandonaron sus planes de extenderse hacia el este. Hacia el año 300 se habían formado ya cuatro grupos fundamentales: germanos, francos, sajones y godos.

EL REINO FRANCO

El reino franco, asentado en la orilla occidental del Rin, se convirtió en el principal poder político europeo durante la Alta Edad Media. Esto se debió en parte al rey merovingio Clodoveo [482-511], que unificó las diversas poblaciones. En su época de máximo apogeo, el reino franco llegó a comprender Francia, Alemania, los Países Bajos y la mitad de la península italiana. Algunos misioneros como san Bonifacio (675-754), considerado el padre del cristianismo alemán, cruzaron el Rin para convertir a los paganos.

Cuando en el s. VII estallaron las luchas entre los clanes aristocráticos, los merovingios fueron reemplazados por los carolingios, que introdujeron la estructura jerárquica de la Iglesia. La Kloster Lorsch (abadía de Lorsch), hoy Hesse, es una extraordinaria reliquia de aquella época. Desde su grandiosa residencia en Aquisgrán, Carlomagno [768-814], el rey más importante de la monarquía franca, conquistó Lombardía, se apropió de parte de Baviera, sostuvo una guerra de 30 años contra los sajones del norte y fue coronado emperador por el papa en el año 800. Las tornas cambiaron en el s. IX, cuando los ataques de los daneses, los sarracenos y las tribus nómadas del este generaron el caos en el oriente del imperio de Carlomagno, zona de la que surgieron cuatro ducados: Baviera, Franconia, Suevia y Sajonia.

El entierro de Carlomagno en la catedral de Aquisgrán convirtió la que fuera capilla de la corte en un importante lugar de peregrinaje hasta la fecha. El Tratado de Verdún (843) provocó la progresiva división del reino, y cuando Luis el Niño [900-911], nieto del hermano de Carlomagno, murió sin descendencia, los ducados francos del este (es decir, los alemanes) eligieron un rey entre los suyos: Conrado I de Alemania.

BAJA EDAD MEDIA

El fuerte regionalismo de la Alemania actual tiene sus raíces en el mosaico de cambiantes territorios autónomos, en continuas disputas e intrigas, dominados durante la Edad Media por duques, príncipes, obispos y órdenes militares, y apenas controladas por el ineficaz Estado imperial.

El núcleo simbólico del poder era la catedral de Aquisgrán, convertida desde el 936 en sede de la coronación y entierro de decenas de emperadores alemanes. Inauguró la tradición Otón I, que en el 962 renovó la promesa de Carlomagno de proteger al Papado, a lo que el papa correspondió con un voto de lealtad al emperador. Esto convirtió a ambos poderes en una extraña y a menudo reñida coalición durante los siguientes 800 años y supuso el nacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico, un nebuloso entramado estatal que sobrevivió hasta 1806.

La lucha de poder entre el papa y el emperador, que además debía lidiar con los nobles y obispos locales, fue causa de muchas revueltas durante la Edad Media. El llamado Conflicto de Investidura tuvo lugar durante el mandato del emperador sálico Enrique IV [1056-1106], cuando el papa prohibió la práctica de la simonía (compraventa de prebendas y beneficios eclesiásticos). El rey, excomulgado y arrepentido, viajó a Canossa (Italia) donde pasó tres días descalzo en la nieve a la espera del perdón papal. Fue absuelto, pero como consecuencia sus dominios se vieron sacudidos por una guerra civil de casi 20 años, finalmente resuelta por el Tratado de Worms (Renania-Palatinado) en 1122.

Durante el reinado de Federico I Barbarroja [1152-1190], Aquisgrán se convirtió en capital del imperio, y en 1165, año de la canonización de Carlomagno, se le otorgaron sus derechos de libertad. Entretanto, Enrique el León, miembro de la Casa de los Güelfos, con especial interés en Sajonia y Baviera, extendió su influencia hacia el este mediante campañas destinadas a germanizar y convertir a los eslavos que poblaban buena parte de la actual Alemania oriental, donde hoy en día aún puede encontrarse una minoría eslava, los sorbios. Enrique, que estaba bien relacionado (su segunda esposa inglesa, Matilde, era la hermana de Ricardo Corazón de León), no sólo fundó Brunswick (donde se halla su tumba), sino también Munich, Lubeca y Luneburgo. En su momento de mayor apogeo, su reino se extendía desde el norte y las costas bálticas hasta los Alpes, y desde Westfalia hasta Pomerania (hoy Polonia).

El imperio ganó territorio al este y en Italia, pero pronto volvieron los problemas como consecuencia de las muertes prematuras, disputas entre la Casa de los Güelfos y los Hohenstaufen, y la elección de un rey y un antirrey respaldado por el papa. En aquella época, el emperador era elegido por los Kurfürsten (príncipes electores), pero era el papa quien los coronaba, sistema que precisaba del respaldo del Papado. En 1245, el imperio se vio sumido en el llamado Gran Interregnum, en que el papa Inocencio IV depuso al emperador, se multiplicaron los reyes y la autoridad central se desmoronó.

Aunque el poder real del Imperio era ya una entelequia, la expansión hacia el este no se vio afectada. A mediados del s. XII, las tierras situadas al este del río Oder (actual frontera oriental de Alemania) fueron ocupadas por campesinos y ciudadanos alemanes. En el s. XIII, los caballeros teutones siguieron avanzando hacia el este, levantando a su paso ciudades fortaleza como Königsberg (hoy Kaliningrado, Rusia). En su momento de máximo apogeo, los dominios de la Orden Teutónica se extendían desde el Oder hasta Estonia. Más adelante, en el s. xvii, una franja considerable de estas tierras se convertiría en parte de Brandeburgo-Prusia.

LA CASA DE HABSBURGO

En 1273, la dinastía de los Habsburgo, surgida en el ducado de Suabia (hoy Suiza), logró concertar un oportuno matrimonio que le granjeó el dominio sobre la actual Austria. Desde esa modesta base, y en solo dos generaciones, los Habsburgo consiguieron hacerse con el trono imperial y, en posteriores alianzas matrimoniales (Maximiliano I logró Borgoña y los Países Bajos tras casarse con María de Borgoña, y el nieto de ambos, Carlos V, el de España y todas sus posesiones gracias a sus padres, Felipe el Hermoso y Juana la Loca), lograron una posición preeminente en media Europa hasta principios del s. XX.

La llegada al trono de Rodolfo I [1273-1291] puso fin al Gran Interregno y, por la Declaración de Rhense (1338), se prescindió finalmente del papa en la coronación del emperador. A partir de entonces, el káiser, elegido por los Kurfürsten, dejó de precisar el respaldo del Papado. En 1356 la Bula de Oro, un decreto promulgado por el sacro emperador Carlos IV, estableció precisas normas para las elecciones y se definió la relación entre el emperador y los príncipes, lo que supuso cierta estabilidad, si bien el poder real del Imperio sobre los diferentes principales continuó siendo meramente nominal.

No obstante, los alemanes de a pie no tenían precisamente motivos para festejar: se enfrentaban a terribles hambrunas, persecuciones antisemitas y escasez de mano de obra, todo ello desencadenado por la peste (1348-1350), que acabó con un 25% de la población europea. Mientras la muerte hacía mella en el pueblo, se creaban universidades por todo el país. La primera fue la de Heidelberg, en 1386.

UNA CUESTIÓN DE FE

La religión alemana está cortada por el patrón de la Reforma del s. XVI. En 1517, en la ciudad universitaria de Wittenberg, el profesor de teología Martín Lutero (1483-1546) publicó sus 95 tesis, que cuestionaban la práctica papal de vender indulgencias para perdonar los pecados. Lutero, amenazado con la excomunión, no quiso retractarse, renegó de la Iglesia católica y fue proscrito por el emperador, tras lo cual se ocultó en el castillo de Wartburg (a las afueras de Eisenach, en Turingia) donde tradujo el Nuevo Testamento al alemán.

Las iglesias católica y luterana no convivieron en condiciones de igualdad hasta 1555, año en que Carlos V [1520-1558] firmó la Paz de Augsburgo, por la que los príncipes podían escoger la religión de sus principados. Los más seculares del norte adoptaron las enseñanzas luteranas, mientras que los señores clericales del sur, del suroeste y de Austria permanecieron fieles al catolicismo.

Sin embargo, el problema religioso no se extinguió, sino que degeneró en la sangrienta Guerra de los Treinta Años, a la que se unieron Suecia y Francia hacia 1635. Volvió la calma con la Paz de Westfalia (1648), firmada en Münster y Osnabrück, si bien el imperio, constituido entonces por más de 300 estados y 1000 territorios más pequeños, quedó convertido en una organismo nominal e impotente. Suiza y los Países Bajos lograron independizarse, Francia se hizo con fragmentos de Alsacia y Lorena, y Suecia se adueñó de las desembocaduras de los ríos Elba, Oder y Weser.

DE LA ILUSTRACIÓN A LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

En el s. XVIII, la Ilustración dio nueva vida a Alemania e inspiró a multitud de príncipes autócratas la construcción de magníficos palacios y jardines por todo el territorio alemán. El Schloss Charlottenburg de Berlín, el Sanssouci Park de Potsdam y el Zwinger de Dresde son buenos ejemplos del espíritu de aquella nueva era. Entretanto, se dieron a conocer Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel, y una ola de Hochkultur (“hipercultura”) se apoderó de la minoritaria clase alta.

Como consecuencia de la adquisición de los territorios de los antiguos caballeros teutones, los monarcas Hohenzollern Federico Guillermo I, el Rey Soldado, y su hijo, Federico II el Grande [1740-1786], llevaron a Prusia a la preeminencia nacional. Tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763) contra Austria, Prusia se anexionó Silesia (hoy en Polonia) y se convirtió en una potencia europea.

Entre 1801 y 1803, durante las guerras napoleónicas, una delegación imperial secularizó y reconstituyó el territorio alemán por orden del emperador francés Napoleón Bonaparte. En 1806, la Confederación del Rin erradicó un centenar de principados. El emperador Francisco II [1792-1806], ante la inminente caída del Sacro Imperio Romano Germánico, se trasladó a Austria, donde se autoproclamó Francisco I de Austria y abdicó del trono imperial. Ese mismo año, Prusia cayó en manos de los franceses, si bien la humillante derrota propició reformas como la concesión del estatus de igualdad a los judíos o la abolición de la mano de obra esclava.

En 1813 el avance de las tropas rusas sobre las francesas en Leipzig provocó la mayor de las derrotas de Napoleón. En el Congreso de Viena se respaldó la creación de la Confederación Alemana, formada por 35 estados. Con una ineficaz asamblea legislativa (Reichstag) con sede en Fráncfort, que apenas representaba a los Estados más populosos, la asamblea no supuso obstáculo alguno al dominio austro-prusiana.

Mediado el s. XIX los motores de la moderna era industrial ronroneaban ya por todo el país y un nuevo movimiento proletario urbano reclamaba la centralización del gobierno al tiempo que los escritores de la llamada Junges Deutschland (Joven Alemania) publicaban pasquines en los que exigían la creación de un Estado central.

En 1848 Berlín, como casi todo el suroeste, se convirtió en un nido de revueltas que incitaron a los líderes alemanes a reunir en la iglesia de San Pablo (Paulskirche) de Fráncfort a la primera delegación parlamentaria elegida libremente. Entretanto, Austria separaba definitivamente su camino del resto de Alemania y aprobando su propia Constitución, aunque no tardó en volver al absolutismo monárquico. En plena efervescencia revolucionaria, en 1850 el rey prusiano Federico Guillermo IV redactó una Constitución que permanecería en vigor hasta 1918.

EL CANCILLER DE HIERRO

La creación de una Alemania unificada con Prusia al mando era la gloriosa ambición de Otto von Bismarck (1815-1898), ex miembro de la asamblea legislativa (Reichstag) y primer ministro prusiano. Bismarck, militar de la vieja guardia, se sirvió de complejas artimañas diplomáticas y de una serie de guerras con las vecinas Dinamarca y Francia para lograr sus objetivos. Alemania no se unificaría hasta el tardío año de 1871, con Berlín como orgullosa capital del mayor Estado de Europa occidental. Por aquel entonces, Alemania se extendía desde Memel (Klaipeda, en la actual Lituania) hasta la frontera holandesa, e incluía Alsacia y Lorena (al suroeste; hoy Francia) y Silesia (al sureste, hoy Polonia). El 18 de enero de 1871, en Versalles, el rey prusiano fue coronado emperador de un Estado bicameral con una monarquía constitucional, y Bismarck se convirtió en su Canciller de Hierro.

El poder de Bismarck se basaba en el apoyo de los comerciantes y de los Junker, la pequeña nobleza terrateniente prusiana. Otto, habilidoso diplomático y mediador político, alcanzó muchos de sus objetivos amañando tratos con las potencias europeas. Después de 1880 obsequió tardíamente al imperio de Guillermo I con la adquisición de valiosas colonias en África central, suroccidental y oriental, además de numerosos paraísos en el Pacífico, como las islas Tonga.

Bajo presión y en contra de su verdadera naturaleza, Bismarck hizo algunas concesiones al creciente y cada vez más antagónico movimiento socialista, y puso en marcha las primeras reformas sociales modernas de Alemania.

En 1888 la nación se vio de pronto gobernada por un nuevo emperador, Guillermo II, dispuesto a ampliar la reforma social, y un Canciller de Hierro empeñado en promulgar leyes antisocialistas más estrictas. Dos años después, la poderosa mano imperial se deshizo de Bismarck y, tras desenmarañar la brillante diplomacia heredada de este, Alemania, rica, unificada e industrialmente poderosa, se adentró en el nuevo siglo donde le esperaban dos fatídicas guerras.

LA I GUERRA MUNDIAL

Los avances tecnológicos y el fortalecimiento de Europa por medio de sus imperios coloniales hicieron del primer enfrentamiento mundial cualquier cosa menos una “gran guerra”. El conflicto se inició con el asesinato del heredero al trono austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, en 1914, y pronto se amplió a Europa y Oriente Medio: Alemania, Austria-Hungría y Turquía contra Gran Bretaña, Francia, Italia y Rusia. En 1915 el ataque de un submarino alemán a un buque de pasajeros británico causó la muerte de más 1000 personas, incluidos 120 ciudadanos estadounidenses; dos años después, EE UU entró también en la guerra.

Las semillas de acritud y humillación que más tarde darían lugar a la II Guerra Mundial se sembraron en el armisticio de paz de la I Guerra Mundial. Alemania, destruido su ejército, al borde de la revolución y atrapada entre la monarquía y la democracia moderna, firmó el Tratado de Versalles (1919), que la hacía responsable de las pérdidas sufridas por sus enemigos. Se retrajeron sus fronteras y se vio obligada a afrontar elevadas compensaciones económicas. Para facilitar las negociaciones, se nombró un canciller que por primera vez debía responder ante el Parlamento y no directamente ante el emperador. En 1919, un motín de marineros en el bullicioso puerto de Kiel desencadenó una revuelta obrera y una revolución en Berlín. Fue el amargo fin del Imperio alemán. Guillermo II abdicó del trono y huyó a los Países Bajos.

WEIMAR Y EL ASCENSO DE HITLER

El fin de la guerra no supuso estabilidad para Alemania. Los partidos socialista y socialdemócrata luchaban encarnizadamente mientras que la radical Liga Espartaquista (Spartakusbund, de la que surgió el partido comunista alemán, KPD, con la incorporación de otros grupos políticos en 1919) se proponía crear una república marxista. Tras la sangrienta neutralización de una revuelta en Berlín, se arrestó a los fundadores de la Liga, Rosa Luxemburgo (1871-1919) y Karl Liebknecht (1871-1919). Los Freikorps (“cuerpos libres”, grupos de voluntarios paramilitares y protofascistas) los asesinaron camino de la prisión.

Entre tanto, en julio de 1919, se aprobó en Weimar (ciudad del estado de Turingia donde buscó refugio la asamblea constituyente ante el caos de Berlín) la Constitución federal de una nueva república democrática.

El gobierno de la llamada República de Weimar (1919-1933) estaba formado por una coalición de partidos de izquierdas y de centro presidida por Friedrich Ebert, del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD; Partido Socialdemócrata Alemán) hasta 1925 y después, por el mariscal de campo Paul von Hindenburg, valeroso monárquico de 78 años. Sin embargo, la república no complacía ni a los comunistas ni a los partidarios de la monarquía.

El nuevo Gobierno sufrió su primer golpe en 1920, cuando los militantes de derechas ocuparon por la fuerza el barrio gubernamental de Berlín durante el fallido Kapp Putsch. En 1923 la hiperinflación sacudía la república. Ese mismo año, Adolf Hitler (1889-1945), voluntario austriaco del ejército alemán en la I Guerra Mundial, instigó el Putsch de Munich, un fallido intento de golpe Estado preparado en una cervecería de Munich, con ayuda de los miembros de su Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP). Hitler fue condenado a cinco años de prisión en la fortaleza de Landsberg, aunque solo cumplió nueve meses, tiempo que empleó para redactar Mein Kampf. Al salir, empezó a reconstruir el partido.

El NSDAP de Hitler obtuvo un 18% de los votos en las elecciones de 1930, lo que lo impulsó a competir contra Hindenburg por la presidencia en los comicios de 1932, con un resultado final del 37%. Un año después, Hindenburg nombró canciller a Hitler y lo puso a la cabeza de un gabinete de coalición formado por nacionalistas (conservadores, antiguos aristócratas e industriales poderosos) y nacionalsocialistas. Cuando el Reichstag de Berlín se incendió misteriosamente en marzo de 1933, Hitler encontró la excusa para solicitar poderes de emergencia que le permitieran arrestar a todos los oponentes comunistas y liberales y forzar la aprobación del Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del Estado, que conculcaba diversos derechos ciudadanos consagrados en la Constitución. La dictadura nazi había empezado. A la muerte de Hindenburg, un año más tarde, Hitler fusionó los cargos de presidente y canciller para convertirse en Führer del III Reich.

Nazis en el poder

El “Reich de los mil años”, en palabras de Hitler, tan solo duro 12 años, pero fue tiempo más que suficiente para aplastar cualquier atisbo de oposición. Políticos, intelectuales y artistas contrarios al régimen fueron asesinados u tuvieron que exiliarse. La paranoia y el terror inundaron la sociedad alemana y la rica herencia judía europea se vio notablemente diezmada en uno de los más demenciales exterminios programados de la historia.

En abril de 1933, Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, anunció un boicot a los negocios judíos. Poco después, estos fueron expulsados de la Administración y se prohibió la presencia de individuos de “raza no aria” en muchas profesiones, empresas e industrias. Por las Leyes de Núremberg (1935) se privó a los no arios de la ciudadanía alemana y se les prohibió casarse o mantener relaciones sexuales con arios; cualquiera que incumpliera estas leyes se enfrentaba a la pena de muerte.

Hitler obtuvo mucho apoyo de las clases medias mediante la inyección de grandes sumas de dinero en programas de empleo, muchos de ellos destinados a cubrir las nuevas necesidades de las industrias pesadas y de rearmamento. En Wolfsburgo (Baja Sajonia), la primera fábrica de Volkswagen, fundada en 1938, empezó a producir vehículos asequibles.

Ese mismo año, las tropas de Hitler fueron bien recibidas en Austria. Con el fin de evitar otra guerra sangrienta, los gobiernos internacionales aceptaron la anexión de Austria. Después de todo, siempre había sido un territorio alemán. En esta línea contemporizadora, en septiembre de 1938, Hitler, Mussolini (Italia), Neville Chamberlain (Reino Unido) y Eduardo Daladier (Francia) firmaron el Acuerdo de Múnich por el que se entregaban a Hitler los Sudetes de Checoslovaquia, en su mayoría de etnia germana. En marzo de 1939 ya se había anexionado también Bohemia y Moravia.

LA II GUERRA MUNDIAL

Los primeros años

En agosto de 1939, Hitler y la URSS de Stalin firmaron un pacto de no agresión por el que el eje Tokio-Berlín-Roma se expandía para incluir a Moscú (Hitler ya había firmado acuerdos con Italia y Japón). Un protocolo secreto soviético-alemán que dividía el este de Europa en esferas de interés garantizaba la neutralidad soviética.

A finales de agosto, el falso ataque a una emisora de radio alemana en Gleiwitz (Gliwice, hoy Polonia) organizado por las SS proporcionó a Hitler una excusa para invadir Polonia, incidente que desencadenó la II Guerra Mundial: tres días después, el 3 de septiembre de 1939, Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania.

Polonia cayó ante el gigante germano, seguida rápidamente por Bélgica, los Países Bajos y Francia. En junio de 1941, Alemania incumplió el pacto de no agresión firmado con Stalin y atacó la URSS. Sin embargo, la Operación Barbarroja, inicialmente exitosa, terminó siendo un infierno para las tropas alemanas. La derrota del Sexto Ejército en Stalingrado (hoy Volgogrado) el invierno siguiente elevó notablemente la moral soviética.

La solución final

A petición de Hitler, en la Conferencia del Wannsee (Berlín) de enero de 1942, se ideó un protocolo envuelto en jerga administrativa por el que se sentaban las bases del asesinato en masa de millones de judíos. El Holocausto, la Shoá como se conoce en hebreo, fue un genocidio sistemático, burocrático y meticulosamente documentado, llevado a cabo por 100 000 alemanes, pero con el acuerdo tácito de muchísimos más.

Las tropas de las SS aterrorizaban y ejecutaban sistemáticamente a las poblaciones judías de las zonas ocupadas. Hitler envió a los judíos a campos de concentración de Alemania (Sachsenhausen, Buchenwald y Mittelbau Dora, entre otros) y el este de Europa. También las minorías gitanas, los oponentes políticos, los sacerdotes, los homosexuales, los que luchaban en la resistencia y los delincuentes habituales fueron encarcelados en una red de 22 campos, la mayoría en Europa del este. Unos 165 campos de trabajo (como el de Auschwitz-Birkenau en Polonia) proporcionaban mano de obra a las grandes industrias, entre ellas IG Farbenindustrie AG, productora del llamado Zyclon B, compuesto de ácido cianhídrico utilizado en las cámaras de gas para el exterminio de más de tres millones de judíos. De los aproximadamente 7 millones de personas enviadas a los campos nazis, solo 500 000 sobrevivieron.

La poderosa maquinaria de terror nazi aplastaba inmediatamente cualquier resistencia a Hitler, pero esta nunca se desvaneció por completo. El 20 de julio de 1944, Claus Schenk Graf von Stauffenberg y otros oficiales de alto rango protagonizaron un intento fallido de asesinar al Führer por el que fueron ejecutados. Se distribuyeron panfletos antinazis en Múnich y otras ciudades por “la Rosa Blanca”, grupo de universitarios la mayoría de los cuales fueron ejecutados.

DERROTA Y OCUPACIÓN

Tras la invasión de la región francesa de Normandía en junio de 1944 y el despliegue aliado en el continente europeo, comenzó el bombardeo sistemático de ciudades alemanas. El grueso del ataque cayó sobre la población civil; la iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche) en Dresde, la mayor iglesia protestante de Alemania, fue destruida, al igual que la mayor parte de la ciudad, durante un ataque aéreo británico en febrero de 1945 en el que murieron 35 000 personas, muchas de ellas refugiados. Hoy la iglesia ha sido minuciosamente reconstruida, después de que sus ruinas constituyeran durante mucho tiempo un símbolo de la capacidad destructora de la guerra.

Ante el avance soviético sobre Berlín, el Führer, derrotado y paranoico, y su novia, Eva Braun, se suicidaron el 30 de abril de 1945 después de casarse en su búnker berlinés. El 7 de mayo de 1945 Alemania capituló; la paz se firmó en el cuartel general estadounidense de Rheims y de nuevo en Berlín en el actual Museum Berlin-Karlshorst.

En la Conferencia de Yalta (febrero de 1945), Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin acordaron dividir Alemania y Berlín en cuatro zonas de ocupación controladas por el Reino Unido, EE UU, la URSS y Francia. En julio de 1945, Stalin, Clement Attlee (que reemplazó a Churchill tras una sorprendente victoria electoral) y el sucesor de Roosevelt, Harry S. Truman, se reunían en el Schloss Cecilienhof de Potsdam (Brandeburgo) para detallar cuidadosamente el plan a seguir. Por insistencia de Stalin, Francia recibió su pedazo del pastel, y las zonas situadas al este de los ríos Oder y Neisse (donde se encuentra hoy la frontera) se entregaron a Polonia como compensación por los territorios polacos que se había anexionado la URSS.

GUERRA FRÍA

En 1948 EE UU puso en marcha un paquete de ayudas económicas, el Plan Marshall, con el que sentaron las bases del Wirtschaftswunder (milagro económico) de la Alemania occidental. Entretanto, las ciudades alemanas renacían de entre los escombros y se daban los primeros pasos para reestablecer un Gobierno electo. Estos avances aumentaron el distanciamiento entre las zonas aliadas y las soviéticas; en estas últimas, la inflación seguía presionando las economías locales, la escasez de alimentos afectaba a la población y el Partido Comunista Alemán (KPD) y el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) se vieron obligados a unirse en el Sozialistische Einheitspartei Deutschlands (SED; Partido Socialista Unificado).

El momento decisivo tuvo lugar en junio de 1948, cuando los aliados introdujeron el Deutschmark (marco alemán) en sus zonas de ocupación. La URSS lo interpretó como una violación del acuerdo de Postdam, según el cual todas las potencias ocupadoras debían considerar Alemania una sola zona económica, por lo que puso en circulación su propia moneda y anunció inmediatamente un bloqueo económico absoluto de Berlín occidental. Para garantizar la provisión de alimentos en esta zona de la capital, los aliados respondieron con el célebre puente aéreo de Berlín, gracias al cual pilotos estadounidenses, británicos, canadienses e incluso australianos lograron llevar diariamente hasta el aeropuerto berlinés de Tempelhof el contenido de 22 trenes de mercancías de 50 vagones a intervalos de 90 segundos.

ESTE Y OESTE

En septiembre de 1948, en medio de la fría relación entre este y oeste, la ciudad de Bohn reunió a los representantes del Gobierno de Alemania occidental con el fin de redactar una Constitución para la nueva República Federal Alemana (RFA). Un año más tarde, Konrad Adenauer (1876-1967), alcalde de Colonia durante los años de la República de Weimar, fue elegido, a sus 73 años, primer canciller de la RFA. Bonn, ciudad natal de Adenauer, fue la candidata natural como capital provisional del nuevo Estado.

La URSS correspondió aprobando otra propia Constitución y creando la República Democrática Alemana (RDA). Sobre el papel, garantizaba a sus ciudadanos la libertad de prensa y religión, y el derecho a huelga, pero en la práctica dichas libertades se vieron fuertemente limitadas. En Berlín, su capital, se estableció un sistema bicameral (una de las cámaras fue abolida más tarde) y Wilhelm Pieck pasó a ser el primer presidente del país. Sin embargo, desde el principio, el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED), dirigido por Walter Ulbricht, dominó la política económica, judicial y de seguridad.

Como consecuencia de la política centralista, los estados orientales de Sajonia, Mecklenburgo-Antepomerania, Sajonia-Anhalt y Turingia se dividieron en 14 regiones administrativas, y en 1950 se creó el célebre Servicio de Seguridad del Estado, la infame Stasi, para garantizar la lealtad al SED. Los trabajadores empezaron a depender económicamente del Estado debido a la colectivización de las granjas y la nacionalización de la producción, como fue el caso de la fábrica de automóviles Horch de Zwickau, cerca de Leipzig (que más tarde fabricó el automóvil Trabant).

En las zonas soviéticas, el exterminio de los nazis fue, en general, rápido y cruel. En la zona occidental, los aliados celebraron juicios por crímenes de guerra en el juzgado 600 de Núremberg (actualmente abierto a los visitantes).

LA DÉCADA DE 1950

La planificación del economista bávaro Ludwig Erhard (1897-1977) desató el milagro económico de la RFA. Entre 1951 y 1961, la economía del país alcanzó un índice de crecimiento anual medio del 8%.

Erhard fue ministro de Economía y después vicecanciller durante el Gobierno de Konrad Adenauer. Sus medidas fomentaron la inversión e impulsaron la actividad económica con el fin de sustentar el sistema occidental capitalista del Estado del bienestar. Ayudó a crear la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, destinada a regular la producción de carbón y acero en Francia, Italia, la RFA y los países del Benelux, y logró la adhesión de la RFA, en 1958, ala Comunidad Económica Europea (la actual UE). El profundo temor de Adenauer a la URSS le llevó a perseguir una implacable política de integración con Occidente.

En la RDA, la muerte de Stalin en 1953 despertó esperanzas de reforma nunca satisfechas. La extrema pobreza y las tensiones económicas tan solo alentaron al Gobierno a establecer objetivos de producción más elevados. El descontento latente se tradujo en violencia el 17 de junio de 1953, cuando un 10% de los trabajadores de la RDA se echó a las calles. Las tropas soviéticas aplastaron la revuelta, con un resultado de cientos de muertos y el arresto de 1200 personas. Las diferencias económicas se convirtieron en militares cuando la RFA entró a formar parte de la OTAN en 1955 y la RDA se adhirió al Pacto de Varsovia.

EL MURO

El éxodo de jóvenes trabajadores bien formados de la RDA a la RFA en busca de una vida mejor sacudió hasta tal punto la economía de la RDA que el Gobierno, con el consentimiento soviético, decidió levantar un muro para contenerlos. El Muro de Berlín, el símbolo más notable de la Guerra Fría, dividió Berlín en dos mitades la noche del 12 de agosto de 1961. La frontera interna quedó vallada y minada.

Después de encerrar tras el Muro al resto de su inquieta población (330 000 alemanes orientales huyeron al lado occidental solo en 1953), la RDA lanzó una nueva política económica destinada a mejorar su situación. Y lo consiguió. El nivel de vida nacional alcanzó el máximo del bloque de países del Este y la RDA se convirtió en su segunda mayor potencia industrial tras la propia URSS.

El nombramiento de Erich Honecker (1912-1994) como presidente en 1971 supuso el inicio del acercamiento a Occidente y la mejora de la aceptación internacional de la RDA. Honecker era afín a la política soviética, pero sus medidas económicas favorecieron un renacimiento que se mantuvo hasta el estancamiento de finales de la década de 1980.

EN EL LADO OCCIDENTAL

Entretanto, la RFA seguía dependiendo de las manos ancianas aunque firmes de Konrad Adenauer, canciller de 1949 a 1963, cuyo ministro de Economía, Ludwig Erhard, había empezado a importar mano de obra extranjera, medida que más tarde lo convertiría también en padre de la sociedad multicultural alemana. Unos 2,3 millones de Gastarbeiter (trabajadores invitados) fueron llegando a la RFA hasta principios de la década de 1970, fundamentalmente de España, Italia, Turquía y Yugoslavia, e inyectando nueva vida a la cultura alemana. Mientras la mano de obra extranjera llegaba, los alemanes jóvenes salían de vacaciones a Italia en sus vespas de importación para traerse a casa su propio trocito de Europa.

En 1963, Ludwig Erhard, por entonces también vicecanciller de Adenauer, logró que este abandonara su puesto, pero en 1966 la fluctuante economía empezó a menoscabar notablemente la credibilidad de Erhard; a resultas de ello se formó el primer gran Gobierno de coalición de cristianodemócratas (CDU/CSU) y socialdemócratas (SPD), con Kurt Georg Kiesinger (CDU; 1904-1988) como canciller y Willy Brandt (SPD; 1913-1992) como vicecanciller. La ausencia de oposición parlamentaria favoreció el incremento de demandas radicales de reforma social por parte del movimiento estudiantil.

El cambio decisivo tuvo lugar en 1969, cuando el SPD de Willy Brandt formó un nuevo Gobierno con el Partido Liberal Democrático (FDP). El Premio Nobel de la Paz (1971), nacido en Lubeca, había pasado los años de poder de Hitler trabajando como periodista exiliado en Escandinavia, donde se le privó de la ciudadanía por sus escritos antinazis. Su prioridad fue la normalización de las relaciones con la RDA (la Ostpolitik, “política de acercamiento”), y en diciembre de 1972 se firmó el Tratado Básico, que preparó el terreno para la incorporación de ambas Alemanias a las Naciones Unidas en 1973. El tratado garantizaba la soberanía en asuntos nacionales e internacionales, si bien no resolvía el problema del reconocimiento oficial porque lo imposibilitaba la Constitución de la RFA.

En 1974 Helmut Schmidt sustituyó a Brand como consecuencia de un monumental escándalo público (uno de los principales asesores de Brandt resultó ser espía de la Stasi). Durante la década de 1970 adquirió fuerza el movimiento antinuclear y ecologista de Los Verdes, que contó con la oposición del nuevo canciller y que finalmente consiguió representantes en el Parlamento de Bohn en 1979. En 1974 la RFA entró a formar parte del G8. Pero esta década también fue una época de terrorismo, en la que la Facción Anticapitalista del Ejército Rojo asesinó a varias figuras destacadas del ámbito político y empresarial.

El sueño de entente este-oeste de Brand continúo con el canciller Helmut Kohl que, con la ayuda de su Gobierno de coalición conservador de 1982, pulió las relaciones entre ambas Alemanias al tiempo que desmantelaba algunas conquistas del Estado del bienestar. En 1987, Kohl recibió en la capital de la RFA a su homólogo de la RDA, Erich Honecker, con todos los honores.

REUNIFICACIÓN

En su fuero interno, los alemanes del este hacía tiempo que anhelaban un cambio, pero los acontecimientos que llevaron a la reunificación tomaron por sorpresa incluso a los observadores políticos más avezados.

El llamado Wende de Alemania (el cambio que supuso la caída del comunismo) y su reunificación llegaron de la forma más alemana posible: un rápido desarrollo que culminó en un gran estallido. Los alemanes del este, que recordaban la situación de Berlín en la década de 1950, empezaron a abandonar el país en tropel. Esta vez no tuvieron que atravesar la línea de hormigón y alambradas que separaba el este del oeste, sino que cruzaron las reabiertas fronteras de Austria y Hungría. El SED no pudo contener la avalancha de ciudadanos que deseaban marcharse, algunos de los cuales buscaron refugio en la embajada de la RFA en Praga. Más o menos por la misma época, los alemanes del este empezaron a tomar las calles y a manifestarse todos los lunes después de la misa de la iglesia de San Nicolás, en Leipzig, y de otras iglesias de la RDA, sabiendo que la Iglesia apoyaba su demanda de un mayor respeto por los derechos humanos.

La propagación e intensificación de las manifestaciones hizo que Erich Honecker aceptara lo inevitable y cediera su puesto a Egon Krenz. Y entonces llegó el estallido. La noche del 9 de noviembre de 1989, un funcionario del Partido Comunista, Günter Schabowski, informó por error a los ciudadanos de la RDA que podían viajar directamente al oeste con efecto inmediato. De inmediato, 10 000 berlineses se congregaron en los puntos fronterizos del Muro ante unos incrédulos guardias que no pudieron hacer nada sino dejarlos pasar.

La figura sin duda más destacada de la reunificación y de la década de 1990 fue Helmut Kohl, cuya coalición del CDU/CSU y el FDP resultó reelegida en los primeros comicios de la Alemania unificada, celebrados en diciembre de 1990.

Bajo el liderazgo de Kohl, se privatizaron las propiedades del este de Alemania y las industrias estatales supersubvencionadas sufrieron recortes importantes, se vendieron o se liquidaron por completo; también se modernizaron las infraestructuras (en algunos casos incluso se construyeron) para generar el boom de la unificación por el que el este del país experimentó un crecimiento de hasta el 10% anual hasta 1995. Sin embargo, esta bonanza disminuyó notablemente en la segunda mitad de la década, y el resultado fue una Alemania oriental dividida en vencedores y vencidos por efecto de la unificación. A los que tenían trabajo les fue bien, pero el índice de desempleo era alto y la falta de oportunidades en regiones como el macizo del Harz o en ciudades como Magdeburgo y Halle (ambas en Sajonia-Anhalt) siguieron haciendo que muchos jóvenes del este de Alemania buscaran suerte en el lado oeste o en ciudades en rápido desarrollo como Leipzig. Berlín era la excepción. A pesar de su inestabilidad económica, muchos funcionarios públicos de Bonn se trasladaron a la capital para ocupar puestos administrativos similares y su vibrante escena cultural atrajo a jóvenes de todo el país.

Helmut Kohl también se esforzó por llevar ante los tribunales a los dirigentes de la RDA, como Erich Honecker, que había huido tras dimitir y llevó una existencia nómada hasta su muerte en Chile en 1994. Su caso se sobreseyó antes de su muerte como consecuencia de su delicada salud.

El legado de Helmut Kohl con respecto a la unificación es incuestionable. Sin embargo, su implicación en el escándalo por soborno con fondos del partido a finales de la década de 1990 casi arruinó económicamente a su propio partido y le privó del cargo honorario vitalicio de presidente de la CDU. En 1998, una coalición formada por el SPD y Bündnis 90/Die Grünen (Alianza 90/Los Verdes) derrotó a la coalición cristianodemócrata liberal (CDU-CSU/FDP) hasta entonces en el poder.

EL NUEVO MILENIO

Con la formación de un Gobierno de coalición con el SPD y Alianza 90/Los Verdes en 1998, Alemania alcanzó un nuevo hito. Era la primera vez que un partido ecologista accedía a un Gobierno nacional (en Alemania y en todo el mundo). Dos figuras dominaron este Ejecutivo de coalición que se mantuvo en el poder siete años: el canciller Gerhard Schröder y el vicecanciller de Los Verdes y ministro de Asuntos Exteriores Joschka Fischer. El modelo de conducta de Schröder era Willy Brandt; el de Fischer, al ser el primero de su partido en ser ministro, fue por necesidad él mismo. A pesar de su pasado como okupa en Fráncfort del Meno en la década de 1970, gozó de amplia popularidad entre la población alemana de todas las tendencias políticas.

Bajo el liderazgo de Gerhard Schröder, Alemania empezó a adoptar un enfoque más independiente en política exterior, rechazando categóricamente su participación en la invasión de Irak, pero apoyando a EE UU, históricamente su aliado más cercano, en Afganistán y en la guerra de Kosovo. Su postura respecto de Irak, que reflejaba los sentimientos de la mayoría de los alemanes, provocó tensiones en las relaciones con la Administración estadounidense de George W. Bush.

El ascenso de Los Verdes y, más recientemente, de Die Linke (literalmente, “la izquierda”) ha cambiado drásticamente la escena política del país, por lo que ahora a los dos grandes partidos les resulta aún más difícil obtener mayorías absolutas. En el 2005, el CDU/CSU y el SPD formaron una gran coalición liderada por Angela Merkel, la primera mujer (de la antigua RDA, rusohablante y con estudios de física cuántica) que ocupa el cargo.

Cuando sobrevino la crisis financiera en el 2008-2009, el Gobierno alemán inyectó cientos de millones de euros en el sistema financiero para sostener a los bancos. Otras medidas permitieron a las empresas acortar los turnos de los trabajadores sin perder sueldo e inyectaron dinero en la economía para fomentar el consumo.

Las elecciones del 2009 confirmaron la tendencia hacia los partidos más pequeños y un sistema político de cinco partidos. La CDU/CSU obtuvo el segundo peor resultado de su historia (algo menos del 34% de los votos) y el SPD obtuvo el peor en sus casi 150 años de historia (menos del 23%). El apoyo a Die Linke se ha mantenido fuerte en el este de Alemania y su éxito en las elecciones federales de finales del 2009 le permitió establecerse por su cuenta en el Parlamento federal. Die Linke obtuvo cerca del 12% de los votos y es el segundo grupo más fuerte de la oposición, tras el SPD. Se acercó mucho al FDP (por debajo del 15%), mientras que Alianza 90/Los Verdes, a pesar de captar algunos votantes desilusionados del SPD, obtuvo cerca del 11% y pasó a ser el partido más pequeño de la oposición. El resultado de las elecciones generales de Alemania en otoño del 2013 dirá si esta fragmentación se mantiene.

La importancia de su estable economía aumentó al inicio de la segunda década del milenio, pues la crisis derivada de la deuda de la Eurozona se ha extendido desde Grecia y amenaza a todo el sur de Europa. Alemania es clave para mantener la moneda única, pues el colapso del euro podría volver a hundir en la recesión a las economías del mundo.

Lonely Planet

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