Geghard

Escrito por Esteban Ruiz A. el . Publicado en El dedo de Dios

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EL MONASTERIO DE LA LANZA

En la región de Kotayk, rodeado de profundos acantilados, se levanta –o más bien se sumerge en la dura roca– el impresionante monasterio de Geghard, un enclave único para la meditación y el retiro, pero también para guardar muchos secretos…

Ya no es lo que fue; no al menos en lo que a soledad y silencio se refiere, porque dependiendo de la fecha en la que acudamos hasta allí, la avalancha de turistas puede ser desagradable. Aún así merece la pena pisar este rincón de Armenia rodeado de montañas descomunales, tan grandes que el gran monasterio se encoge hasta casi mimetizarse con la piedra y la excasa vegetación. Pero tiene historia, y con sólo acceder a su interior es fácil imaginar los intensos pasajes que aquí se han desarrollado.

Geghard, en armenio, significa “lanza”. Por tanto su nombre, Geghardavank, se traduce literalmente como “monasterio de la lanza”. La cuestión es sencilla: la tradición asegura que durante siglos en su interior se custodió uno de esos carismáticos objetos sagrados: la lanza del inefable cayo Casio Longinos.

Ya se ha evidenciado que a Adolf Hitler le obsesionó –más que ninguna otra cosa– conseguir la pieza que se encontraba en la cámara acorazada del palacio Hofburg de Viena, donde se encerraba a cal y canto el tesoro real de los Habsburgo. Quizás por eso no prestó atención a esta otra, convencido de que la que utilizó el centurión romano para atravesar el costado de Cristo crucificado era la que él había observado en 1910, cuando apenas era un pintor bastante mediocre que vagabundeaba por las calles de la ciudad austriaca, y que en 1939 sería trasladada al Museo de la Guerra de Núremberg, una vez Alemania se anexionó la patria de Hitler. Sea como fuere, la tradición otorgaba a ambas –y a otras dos que igualmente se veneran y que se encuentran en el Vaticano– un poder ilimitado para quien la poseyera, aunque al parecer el poder de la armenia era discreto y por eso pasó más desapercibida.

Cuentan las crónicas no escritas que quien llevó el sagrado objeto hasta este rincón perdido de las montañas armenias fue un apóstol llamado Judas, más conocido como el Tadeo, que llegó hasta esta tierra lejana con un buen puñado de reliquias que habían estado en contacto con el nazareno. Con los años la lanza pasó por diferentes enclaves, para terminar hoy día formando parte del tesoro de Ejmiatsín, la ciudad santa para los católicos armenios, entre otras cosas porque aquí se encuentra su máxima autoridad, el katholikos. Y es que Armenia adoptó el catolicismo antes que nadie, apenas iniciado el siglo IV.

Sobre el monasterio hay que decir que en su interior se respira una atmósfera mágica, densa y antigua. Porque no en vano, pese a que la carcasa que ahora observamos se empezó a construir en 1215, desde el tiempo del santo Gregorio el Iluminador, allá por el siglo IV, que además fue fundador de la iglesia armenia, ya existía en el lugar una cueva sagrada que era venerada desde tiempos anteriores. Por tanto, algo tiene el agua cuando la bendicen… y algo tenía este lugar que desde la más remota antigüedad había atraído la atención de aquéllos que decidían retirarse y darse a la meditación, estuviera ésta auspiciada por la religión que fuese. Y ya que hablamos de agua, es posible que el enclave fuera escogido por los precatólicos que hicieron de éste su lugar santo, porque al fondo de la cueva todavía hoy emana el agua de un caudal natural, que ha sido destacado por dos columnas bellamente ornamentadas, arrancadas a la piedra por la mano paciente de quienes pasaron en su interior, ocultos por una oscuridad eterna, más años de los aconsejados.

Hoy día se accede al recinto ascendiendo por una cuesta tan empinada como empedrada. Al atravesar un arco, al otro lado se encuentra el monasterio, abrazado armónicamente a la piedra. Y es precisamente entonces cuando la tradición manda que hay que lanzar pequeños guijarros contra una de sus paredes, en cuyas alturas surgen oquedades en las que han de quedar asidos. Si lo logramos, esa misma tradición asegura que tendremos suerte de por vida. De lo contrario, no pasará nada, salvo que el pedrusco, como ha ocurrido en alguna ocasión, caiga sobre la cabeza de alguno de los curiosos que se amontonan a sus pies…

Esteban Ruiz A. - Enigmas

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